Llegó del almacén y se encontró limpiando los trastos del desayuno, con la lavadora encendida y una pila de ropa acomodada para planchar frente al televisor, esperando que empezara la telenovela de las once. Se ayudó a acomodar las cosas en la alacena.
―Ignacio tiene turno con el dentista a las tres― dijo mientras sacaba el fajo de dólares de la lata de café y lo guardaba en la cartera. La otra asintió mientras se secaba las manos.
Llenó un bolso con lo imprescindible y, en un santiamén, regresó a la cocina.
―¿A dónde irás? ― preguntó la otra.
―Al Caribe. Aruba― respondió, señalando la postal aplastada por un imán con forma de palmeras en la puerta de la heladera.
La otra se permitió soñar con las playas blancas, la suave brisa que proveían los vientos alisios, el suave oleaje de azul intenso. Un pequeño velero atravesó la playa Malmok en el horizonte que se dibujaba detrás de sus ojos mientras encendía el televisor y enchufaba la plancha.
La vio acomodar la primera camisa mientras pensaba en la arena fina como la seda. Con el bolso al hombro, suspiró aliviada. Era un alivio que no pudiera leerle la mente. No quería que su doble la encontrara.
Viviana M. Hernández Alfoso