En mi ventana da el sol todas las mañanas, bueno, a veces no, pero no es porque él no quiera sino porque no le dejan acompañarme. Él es quien viene a despertarme, me atraviesa los párpados cerrados y acciona el interruptor que despereza a la mente para que me pida café y me obligue a levantarme.
Como veis, se diría que funciono con energía solar; no es fiable en cuanto a horarios pero yo no los necesito. Desde hace tiempo solo necesito horas y cualquiera me vale.
Vivo sola, no tengo gato ni perro, ni nadie a quien acariciar.
Escribo cuentos sobre las casas viejas, bajas y ruinosas de la acera deshabitada de enfrente. Imagino vidas, hogares, amores adolescentes, maduros, fracasos, éxitos, cenas familiares en salones iluminados con tonos cálidos o fríos como las gentes que los comparten. Vendo mis cuentos con facilidad y resuelvo mi economía mientras los promotores inmobiliarios no resuelvan la suya.
Un día derribarán las casas y construirán edificios más altos que el mío en la acera deshabitada.
Me quitarán el sol.
Me quitarán los cuentos.
Me quitarán mi vida tan deshabitada y silenciosa como la acera de enfrente.
Me quitarán cuanto tengo y yo no habré perdido nada.
María Suárez González