Entraba al bar de siempre, siempre diez minutos tarde. El humo del Marlboro cosido con puntadas finas a la solapa de mi abrigo gris. El frío de la noche acurrucado en mi cuello, pegado a mi piel. Las monedas en el bolsillo entrechocándose, provocando algún tipo de melodía que probablemente todos conocíamos, porque escalón tras escalón la magia se arremolinaba a nuestro alrededor y nadie sabía muy bien cómo expresarlo.
Aunque todo quiera ser como de costumbre o al menos simularlo, hay algo diferente en mi vida que la gente ignora por completo. Una tarde de febrero alguien a quien no conozco decidió vender el bar de siempre y mis lunes ya no son lo mismo. Como consecuencia, los martes ya no escribo; es el luto personal que se merece haber perdido el tacto del papel en las yemas de los dedos, los cigarros de terceros y las cenas de madrugada. Dudo, sin embargo, que el duelo me dure siete años, a pesar de que el vigente para mí no está avanzando.
Hace unos días empezaron a reformarlo, quitaron el cartel que tanto lo caracterizaba y mi corazón quiso dejar de reconocer ese lugar. Pasé por la puerta un martes y antes de poder decírtelo mi móvil decidió morir. Pasé por la puerta un martes, estaba entrecerrada y contuve el impulso de colarme, pero puedo decirte con toda seguridad que sin ti ese local está tan triste como yo.
Julia Viqueira Valero