Era una noche tranquila en Nueva Delhi, noche especial para robar el Granate que por tantos meses le había inquietado tener a Devon. Era un ladrón, y esa gema de cristal no se iría de sus manos. Recordó que la única manera de robarla era pasar desapercibido a la vista del guardián, ese gigante formado de cristales tornasol o correría con tal suerte de perecer entre sus manos. Lo hizo de la forma que sabía; desprendería su espíritu de su cuerpo con un viaje astral. Se preparó para ello, y en cuestión de minutos ya estaba volando por el universo. Llegó a la cueva donde una ciudad subterránea, disimulada en el bosque, la cobijaba de la vista, pues algo de un gran valor, debía estar bien resguardado; entró, y comenzó a ir por un túnel hasta llegar a la entrada donde estaba el gigantesco cristalino. Primero pasó muy despacio, y no percibió el gigante su presencia, regresa sobre sus pasos para asegurarse no será descubierto. En un segundo ya tenía en sus manos la gema, que parecía brillaba aún más con el toque. Lo oculta en su pantalón para que su fulgor no lo delate, y simplemente, con toda calma, pasa delante del guardián. No tuvo que luchar con el gigante, seguro que hubiese muerto en sus manos, su cuerpo nunca estuvo en ese lugar, solamente su espíritu que aventurero y ladrón, le enseñó como burlar a cualquier guardián por más grande y cristalino que este fuera.
Rosario de Fátima Avilés Avilés