Un campesino alzaba los ojos al cielo con pesar, porque la sequía se alargaba. Decidió cavar un pozo en sus tierras. En sus ratos libres, comenzó a excavar al lado de un terreno en barbecho.
En cuanto el pozo alcanzó los tres metros de profundidad, brotó el preciado oro líquido. Saltó de satisfacción, ya que el esfuerzo invertido había dado fruto. Reforzó las paredes del pozo, y salvó su cosecha.
Sus vecinos, movidos por la envidia, lo acusaron de brujería y lo mataron.
Rocío García Fernández