“Hay un rincón en mi memoria, dónde descorcharía una botella del mejor vino. No es un rincón como tal, o quizás si lo sea, está en la puerta de la calle de la casa de mis abuelos, allí en el pueblo. Me sentaría con ellos una noche de verano a tomar el fresco que se pasea por las inmediaciones del río Darro . Me sentaría con ellos en sillas de mimbre, cómodo y relajado. Atento a la narración de sus vivencias. Ese rincón, dónde se escucha el murmullo de las charlas de los vecinos, y el sonido de los murciélagos sobrevolando las tejas de las casas. Ese rincón junto a un naranjo, dónde colgaría un candil para observar con detenimiento el paso de los años en la cara de mi abuela. Ese rincón empedrado en blanco y negro. Ese rincón de fachada de cal blanca y pura.
Hay un rincón en mi pueblo, más claro y bonito que un rincón que existe en mi memoria. Es un rincón viejo, cartaginés, visigodo, romano, árabe , castellano…y ahora es el rincón de mis abuelos. Lo cuidan y lo engalanan, todos los días del año. Las flores en sus macetas comparten espacio con gatos y lagartijas.
Hay un rincón en mi pueblo dónde quisiera volver y no puedo. Hay un rincón en mi memoria al que suelo ir todos los días”.
Alfonso Delgado Zamora