Me sentía ridículo, solo en la oscuridad, acechando de noche entre los árboles como un delincuente. Ridículo y estúpido. Ella no iba a recordar una promesa hecha en la adolescencia, diez años atrás… Era absurdo. Irrisorio.
Pero yo no pude no cumplir; no pude fallarle a ella y a mí mismo. Ese amor de verano, ese puñado de semanas que tuvimos en la playa fue algo único, mágico… Y aunque el tiempo fue diluyendo lo que sentía, no borró el recuerdo de lo que sentí. Y me prometí honrar ese recuerdo.
Cuando faltaba sólo un día para separarnos hicimos nuestro juramento, desesperados y llorando de impotencia. Que dentro de diez años, ya adultos y en control de nuestras vidas, íbamos a volver a este mismo lugar; nuestro lugar. La arboleda donde nos veíamos de noche y a escondidas, ocultos a los ojos de nuestras familias y del mundo.
Pues ella no apareció… y ya era de madrugada. El frío me terminó de persuadir, y acepté que era hora de marcharme. Había hecho bien en no contarle esta historia a nadie; el ridículo es mejor hacerlo en privado. Sentía la suave satisfacción de haberle sido fiel a nuestro pacto, y la tristeza de que una hermosa etapa de mi vida quedara, ahora sí, definitivamente atrás. Le di la espalda al mar y me alejé, las manos en los bolsillos y la mirada ausente. Y de la oscuridad me llegó esa voz que jamás olvidé, pronunciando incrédula mi nombre.
Román Ignacio Ksybala