En un pequeñísimo bosque, tan mínimo que ni los mapas consintieron en nombrar, nació la flor.
-¡Es inaudita!
-¡Una maravilla!
-¡Lo más hermoso que he visto en mi vida!
Exclamaban quienes, desde los más recónditos lugares, venían a contemplarla.
Sin embargo era una flor común, solo que sus colores contrastaban con los tintes grises y ocres del entorno de tal manera que resultaba de una belleza inusual.
Su fama llegó al punto de despertar la envidia de los demás moradores del bosque.
-¿Qué se ha creído esta presumida?
-¿Pensará que es la mejor?
-¡Le demostraremos que nosotros somos más importantes!
Y las abejas se empeñaron en mejorar sus mieles hasta conseguir la jalea real que desde entonces fue el alimento de los monarcas.
Los gusanos que en su vida habían visto un telar, inventaron la seda con que se vistieron reyes y princesas.
Las otras flores obtuvieron los perfumes más exquisitos.
Hasta los torpes caracoles no sabiendo qué hacer fueron a pedirle ayuda al arcoíris, mas al bajar quedaron enganchados en las copas de los arbustos relumbrando como piedra piedras preciosas.
Así el Bosque de la flor, como todos le llaman, se convirtió en el sitio más famoso del mundo, aunque nadie se marcha sin conocerla pues, según dicen: mieles, perfumes, sedas y joyas, pueden conseguirlas en cualquier mercado, sin embargo la belleza de la flor solo puede apreciarse allí donde ella, ajena a los sentimientos y afanes que provoca, vive muy tranquila y feliz.
Marta Teresita Tarifa Falcón