Conocí su cuerpo voluptuoso en una noche de carnaval, meneaba sus caderas al ritmo de los tambores. Ojos de cristal, mirada de pantera.
En el calor agobiante de Barquisimeto las gotas sudorosas rodaban por su piel morena y resbalaban por el ajustado vestido amarillo de seda.
Me acerqué tímido, casi tembloroso; mostró sus dientes y agitó sus pechos.
El aire se impregnó con el perfume de Araguaney que exudaba su piel morena.
Me tomó de la mano y danzamos en el paraíso.
En un cuarto de hotel pintado de verde recorrí su cuerpo mientras la cortina floreada se bamboleaba al son de la brisa cálida que atropellaba la ventana abierta.
Gustillo a papaya en sus senos turgentes, sabor a guayaba en sus mejillas sudorosas, gusto a toronja en sus partes descendentes.
Con pasión hinqué mis dientes y afloró la pulpa amarilla de semillas abundantes, mi lengua degustó trozos de maracuyá, frescos; saboreé sus brazos de cambur y lamí su cuello de piña.
Bebí el agua de coco de sus cabellos, me hundí en sus profundidades mordiendo mango y chirimoya.
Hastiado y satisfecho me desvanecí enroscado en las sábanas púrpuras.
Por la mañana la puerta de la habitación número 4, cerrada por dentro, fue derribada por la policía, el solitario extranjero fue detenido sin comprender palabra.
En la silla de paja, sobre el respaldo, yacía un vestido amarillo de seda.
Gustavo Eduardo Green Sinigaglia