
Enclavado en la historia antigua y en el paisaje de Montejícar, y muy cerca de la Torre de Gallarín se alza un testigo silencioso de los intercambios culturales y comerciales que han marcado la comarca durante milenios: el Puente Romano del Barranquillo del Muerto, al que hoy nos acercamos.
El tejido histórico de Montejícar se remonta a épocas inmemoriales, siendo un punto neurálgico en las rutas de comunicación desde hace más de 4000 años. Aunque hoy en día sus calles quizás no resuenen con la misma agitación que antaño, este rincón de la geografía granadina conserva el eco de un pasado bullicioso y vital.
La llegada de la romanización a estas tierras no solo consolidó las arterias viales preexistentes, sino que también dotó a la comarca de infraestructuras impresionantes, entre las que destacan los puentes que desafiaban los caprichos de los ríos y barrancos.
En el municipio de Montejícar, se alzan dos testimonios de la ingeniería romana que resisten imperturbables el paso del tiempo desde el siglo II de nuestra era. Uno de ellos, el Puente de Triana, se erige como guardián del casco urbano de Montejícar, mientras que el otro, el Puente del Barranquillo del Muerto, se alza en las proximidades de la localidad de Arbuniel, en la vecina provincia de Jaén.
El Puente Romano del Barranquillo del Muerto está situado en un entorno natural impresionante y cargado de historia.

El puente forma parte del Cordel del Salado, una antigua vía pecuaria que sigue los trazados de antiguos caminos prehistóricos. Las vías pecuarias, como cañadas, veredas, cordeles, coladas y descansaderos, han sido corredores de paso para los rebaños desde hace siglos. La trashumancia, práctica ancestral de desplazamiento de ganado, seguía una ruta norte-sur. En otoño, los rebaños se dirigían hacia las tierras bajas para aprovechar los pastos invernales, mientras que en primavera ascendían hacia las regiones montañosas donde los pastos eran abundantes en verano.
En el término municipal de Montejícar, se trazan tres de estos corredores milenarios: el Cordel del Salado, con una extensión de 11 kilómetros, que conecta las tierras de Jaén con el valle del río Guadahortuna; la Vereda del Manzanillo, de 9 kilómetros de longitud, que se dirige hacia el suroeste desde Montejícar. Esta vía trashumante se encuentra con la Vereda de Alta Coloma, con una longitud de 3 kilómetros, atravesando la divisoria entre los términos municipales de Montejícar y Campotejar.
La ubicación del puente en la antigua vía romana que conectaba Acci (Guadix) con Cástulo, es un recordatorio tangible de la importancia estratégica de Montejícar en las rutas comerciales y de comunicación de la antigüedad. Ya en el siglo XI, el geógrafo al-Udri nombra el puente, apostillando que es muy antiguo. Tanto los materiales como la estructura del puente hacen pensar a los historiadores que el Puente del Barranquillo del Muerto tiene origen romano. Eso sí, el viaducto ha sufrido, a lo largo de los siglos, numerosas reformas.

El puente está construido en mampostería con mortero. Desde lejos se puede ver su estructura: arco de medio punto , formado por una doble rosca de lajas de piedra que se erige sobre las aguas del río. En el intradós del arco se pueden apreciar las huellas de la cimbra de madera utilizada en su construcción, un testimonio vivo del ingenio humano en tiempos remotos.
Al acercarse al puente impresiona la amplitud y su solidez. Sus piedras gastadas por el paso de milenios hablan de viajeros antiguos que cruzaron su arco, llevando consigo historias, mercancías y sueños.
El puente es tan ancho que por él podrían circular carros sin dificultad. Esto contrasta con la estrechez del sendero actual. A ambos lados del camino se observa una obra de mampostería que sujetaba el antiguo camino.