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La Leyenda de la Torre de las Infantas

    TORRE DE LAS INFANTAS
    TORRE DE LAS INFANTAS

    Caminas por el Paseo de las Torres de la Alhambra en otoño, cuando el sol se vuelve oblicuo y la muralla este adquiere ese tono melancólico que solo tiene Granada en septiembre. A tu derecha, entre la Torre de la Cautiva y la Torre del Cabo de la Carrera, se alza una estructura compacta, casi discreta: la Torre de las Infantas.

    Su nombre ha generado una confusión historiográfica persistente: muchas fuentes sugieren que Washington Irving lo inventó en 1829. La verdad es diferente. La torre ya se llamaba así desde el siglo XVII—casi doscientos años antes de que Irving llegara a Granada. Consta documentado en el Archivo Histórico de la Alhambra que ya en 1738 se nombraba alcaide a Hipólito Mariano Valdés Fernández de la Canal para esta torre. Sesenta años después, en 1790, José de Elizarde recibía el mismo cargo. Estos nombres prueban que no era un edificio anónimo, sino una estructura importante, administrada por la Corona bajo un nombre que ya era conocido.

    ¿De dónde surgió entonces ese nombre? Probablemente de una leyenda local que circulaba entre los granadinos desde al menos cien años antes de Irving—historias contadas en voz baja en las tabernas cercanas a la Alhambra, entre alcaides y habitantes, pero nunca fijadas en papel. Irving no inventó ese nombre. Lo que hizo fue algo diferente: rescribió la leyenda que ya existía, le dio forma literaria, la inmortalizó.

    La Leyenda Que Precede a su Escritor

    En tiempos del sultán Muhammad VII—llamado el Zurdo—una bella cautiva cristiana de Castilla llegó al harén. El sultán se enamoró de ella con pasión. De esa unión nacieron tres hermosas gemelas: Zaida, Zoraida y Zorahaida. Pero la madre murió poco después del parto, dejando a las niñas bajo el cuidado de Kadiga, una esclava castellana cuyo corazón noble se convirtió en el verdadero corazón de esas tres vidas.

    Los astrólogos advirtieron un peligro: cuando las princesas llegaran a la edad de casarse, enfrentarían grandes amenazas. Por eso Muhammad ordenó que fueran educadas lejos, en el castillo de Salobreña—una fortaleza enclavada en una colina costera que dominaba el Mediterráneo. Allí pasaron los años las tres hermanas, rodeadas de lujos pero prisioneras de la protección paternal.

    Hasta que una mañana cambió todo.

    La Leyenda de la Torre de las Infantas

    Zaida, la curiosa, estaba en una ventana cuando vio una galera que se acercaba a la playa de Salobreña. Desembarcaron soldados moros conduciendo cautivos cristianos. Entre ellos, tres caballeros españoles: jóvenes, nobles, radiantes de juventud. Aunque iban encadenados, caminaban con la arrogancia de quien no ha sido doblegado. Zaida despertó a sus hermanas. Las tres se asomaron cautelosamente tras las celosías, mirando lo que sus ojos nunca antes habían visto: hombres libres en su libertad, incluso cautivos.

    Zorahaida, la menor, guardó silencio. Pero su corazón eligió en secreto al caballero vestido de azul.

    Kadiga vio brillar los ojos de sus niñas y comprendió lo que sucedía. Esa noche fue en busca de Hussein Baba, el capitán barbudo que guardaba los prisioneros cristianos en Torres Bermejas de Granada. Le susurró una propuesta. La moneda de oro cambió de manos. Hussein Baba era un hombre para quien todo tenía precio.

    Al día siguiente, en las horas calorosas del mediodía, mientras los guardias adormilados caían cabeza en los puestos, los tres caballeros bajaron al barranco que se abría bajo la torre de Salobreña. Se sentaron sobre la hierba, desataron una guitarra, y comenzaron a cantar. Melodías españolas que atravesaban el aire del Mediterráneo como mensajes cifrados. Desde sus ventanas, las princesas escuchaban. Habían aprendido español de boca de Kadiga. Cada canción era una confesión.

    La Leyenda de la Torre de las Infantas

    Así pasaron las lunas. La comunicación se hizo más sofisticada. Las princesas enviaban flores mediante Kadiga—flores cuyo lenguaje antiguo ambos bandos comprendían. Un clavel rojo significaba pasión. Una rosa blanca, promesa. Los caballeros respondían con canciones que hablaban de tierra lejana, de amor imposible. En esas noches estivales, bajo un cielo sin nubes, el amor crecía como una enredadera por las grietas de la fortaleza.

    Pero Muhammad notó que sus hijas habían llegado a la edad peligrosa. La edad del matrimonio. La edad en que ya no podían vivir en el exilio de Salobreña. Envió heraldos. Preparó su regreso a Granada. Las traería a la Alhambra, donde podría vigilarlas más cercanamente.

    En el camino, ocurrió lo inesperado. A las márgenes del río Genil , cerca de la capital, Muhammad se topó con un pequeño grupo de soldados moros que conducía un convoy de prisioneros. Los cautivos se arrojaron al suelo. Pero las tres hermanas reconocieron, aunque fuera un instante, los perfiles de tres caballeros en el polvo. El universo, cruel, les permitía verlos nuevamente—solo para mostrarles que seguían atrapados.

    La Leyenda de la Torre de las Infantas

    Los caballeros fueron conducidos a Torres Bermejas. Las princesas fueron conducidas a la Alhambra, a la Torre que sería su nueva prisión. Un espacio más bello, pero no menos una jaula.

    Fue entonces cuando Hussein Baba concibió el plan final. Bajo la Alhambra existían pasadizos subterráneos—vías de escape que los sultanes habían mandado construir para huidas de emergencia. Hussein conocía cada recoveco. Una noche fue fijada. Todo estaba preparado.

    Cuando llegó la hora, Kadiga descendió primero, desatando una escalera improvisada desde el balcón. Zaida, la valiente, saltó sin dudarlo. Zoraida la siguió. Pero Zorahaida se quedó en la ventana, temblando.

    Tal vez vio a su padre en la distancia. Tal vez escuchó los tambores de la Alhambra que marcaban el cambio de guardia. O tal vez, simplemente, sintió el peso de siglos de devoción filial que no podía, con un acto, destruir.

    «¡Baja!» le gritó Hussein Baba desde abajo. «¡Princesa, baja inmediatamente o nos vamos sin ti!»

    Zorahaida intentó. Desató las cuerdas con resolución desesperada y las dejó caer desde la ventana. Pero algo falló. Las cuerdas no llegaban lo suficiente. O quizás ella simplemente no pudo dar ese último paso, ese salto final que la habría separado de su padre para siempre.

    «¡Está decidido!» gritó a través de la noche. «¡Ya no me es posible la fuga! ¡Alá os guíe y os bendiga, queridas hermanas!»

    La Leyenda de la Torre de las Infantas

    Sus hermanas hubieran regresado. Pero Hussein Baba las empujó hacia el pasadizo. La patrulla se acercaba. No había tiempo.

    Corrieron a tientas por el laberinto subterráneo labrado en el corazón de la montaña. Cruzaron una puerta de hierro al exterior. Los caballeros españoles las esperaban, disfrazados como soldados. Cruzaron el río. Galoparon hacia Córdoba. En esa ciudad fueron admitidas en la Iglesia y se casaron con los caballeros que las habían amado en silencio.

    Kadiga, durante la fuga, se aferraba a Hussein Baba mientras galopaba por la vega. Pero cuando cruzó el río a caballo, su cinturón de cuero se desató en la corriente. Desapareció en las aguas. Todos la dieron por muerta. Pero un pescador, recogiendo sus redes río abajo, la sacó a tierra, milagrosamente viva.

    Pero Zorahaida nunca fue a Córdoba. Cuando Muhammad descubrió la fuga de sus hijas, su ira fue terrible. Y su castigo cayó sobre la que se quedó.

    La Leyenda de la Torre de las Infantas

    Zorahaida fue encerrada en esta misma Torre de las Infantas, la que ahora lleva su nombre. Día tras día miraba las montañas en dirección a Córdoba, donde sus hermanas vivían vidas de mujeres libres. De noche, tocaba su laúd y cantaba elegías que atravesaban la muralla—canciones de lamento, de nostalgia, de amor perdido por su propia cobardía. Cantaba de sus hermanas felices y de su propia soledad. Cantaba del caballero en azul que nunca volvería.

    Murió joven. Según la tradición fue sepultada en una bóveda bajo la torre donde pasó sus últimos años. Su muerte prematura generó leyendas. Decían que su espíritu seguía allí, esperando la redención que no encontró en vida.

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