
Un fin de semana que cabe en una provincia
Cuando un amigo de fuera me escribe diciendo que viene a Granada «un par de días», siempre le contesto lo mismo: «Te van a sobrar ganas y te van a faltar horas». Aquí las distancias engañan. En una sola mañana puedes pasear entre palacios nazaríes y, antes de que acabe la tarde, tener los pies en una playa o la cara pegada a un viento que huele a nieve.
Llevo años haciendo de guía improvisado para primos, compañeros de trabajo y amigos de amigos, y con el tiempo he ido afinando una ruta. No es la más completa ni la más rápida, pero es la que mejor funciona: primero la ciudad, despacio; luego el mar; y al final la montaña, que siempre está ahí, esperando.
Granada: subir despacio

Empiezo siempre por la Carrera del Darro , con el río al lado, y la recorro sin mirar el reloj. Es de esos paseos que no se explican bien: las casas se pegan unas a otras, los puentes de piedra cruzan sobre el agua y, de repente, al final, en el Paseo de los Tristes, la Alhambra aparece en lo alto de la colina como si alguien la hubiera colocado ahí para que no te olvides de dónde estás.
Desde allí se sube al Albayzín por callejas que no están pensadas para ir deprisa. Cada cuesta acaba en una plaza, un carmen escondido tras una tapia o una vista inesperada. Mi consejo es el contrario al de casi todas las rutas: no vayas directo al mirador de San Nicolás. Llega a él al final, cuando ya te hayas perdido un rato, y si hay demasiada gente, sube un poco más hasta San Miguel Alto , donde el ruido baja y la ciudad se ve entera, con la Alhambra a un lado y Sierra Nevada al fondo.
El Sacromonte pide otro ritmo. Sus cuevas encaladas siguen siendo casa y escenario de zambra, y el barrio tiene un carácter distinto al del Albayzín: más abierto, más empinado, con el sol cayendo sobre la ladera. Camina hasta allí a media tarde y no te vayas sin ver un espectáculo de flamenco en una cueva: es una de las pocas veces en que lo que ves está exactamente donde nació.

El centro histórico merece una mañana aparte. La Catedral y la Capilla Real, donde descansan los Reyes Católicos, están pegadas la una a la otra, y a pocos pasos queda la Alcaicería, el antiguo mercado de la seda, hoy convertido en callejones de tiendas. Si te sobra tiempo, acércate al Corral del Carbón, un edificio nazarí que sobrevivió a casi todo y que casi nadie incluye en su lista. Después, siéntate en Bib-Rambla, pide algo fresco y deja que la ciudad pase.

Para comer, esta es la zona donde Granada demuestra su fama: la tapa que llega gratis con cada bebida. Calle Navas, Plaza Nueva, el Realejo… elige una zona, quédate y pide una segunda ronda, que es donde cada bar demuestra de qué es capaz. Y para quien tenga dos días justos, mi orden es este: Alhambra por la mañana del primer día, Albayzín y Sacromonte por la tarde y centro histórico el segundo día.
Un consejo práctico que repito sin cansarme: las entradas de la Alhambra se agotan con antelación, así que consíguelas antes de reservar nada más. Y para dormir, a mí me gusta quedarme en el centro o al pie del Albayzín, donde todo queda a pie y no hace falta coche. En Destinia se pueden comparar hoteles en Granada según zona y presupuesto, que es justo lo que conviene mirar antes de decidir el resto del viaje.
Giro al mar: la Costa Tropical

Si dispones de un tercer día, haz lo que no esperan los que vienen por primera vez: coge la autovía y baja al mar. En poco más de una hora, la montaña se abre y aparece la Costa Tropical, con ese microclima suave que permite cultivar chirimoyas, aguacates y mangos a pocos kilómetros de las cumbres nevadas. La primera vez que lo vi de pequeño me pareció un truco, y todavía hoy me sigue pareciendo un poco de magia.

Almuñécar es mi parada habitual. Su castillo de San Miguel domina el pueblo, el paseo marítimo se hace sin esfuerzo y el casco antiguo guarda restos romanos que casi nadie espera encontrar. Un buen plan es subir al castillo por la mañana, cuando todavía hace fresco, y bajar luego al parque del Majuelo, donde el jardín y las ruinas conviven sin que nadie se lo tome demasiado en serio.
Desde allí, La Herradura queda a un paso, con su bahía recogida y sus chiringuitos de pescado. Pide lo que te recomienden ese día, que en la costa la carta se escribe con lo que ha entrado en el puerto: sardinas, boquerones, un buen arroz. Y si te apetece algo más tranquilo, el entorno de Cerro Gordo guarda calas que se ganan caminando y que, fuera de temporada, son casi privadas.
Lo mejor de este tramo es que no hace falta madrugar ni correr. Funciona como un respiro: un paseo, una comida larga frente al mar y la sensación de haber cambiado de país sin cambiar de provincia. Si prefieres quedarte a dormir en lugar de hacer ida y vuelta, hay buenas opciones de hoteles en Almuñécar, y despertarse con el mar delante es un lujo que se agradece al día siguiente, sobre todo si vienes de tres jornadas de cuestas.
Sierra Nevada: mirar hacia arriba
Cierro la ruta donde la empecé, mirando hacia arriba. Desde casi cualquier rincón de Granada se ve Sierra Nevada, y en otoño, con las primeras nubes cargadas sobre las cumbres, se nota que algo está a punto de cambiar. Los granadinos lo sabemos: hay un día, siempre inesperado, en que alguien mira por la ventana y dice «ya ha cuajado en el Veleta», y a partir de ahí la conversación en cualquier bar gira hacia la nieve.

Es una época magnífica para el turismo de naturaleza. Los senderos están más tranquilos, las temperaturas dan tregua y los bosques cambian de color. Un buen plan es acercarse a Güéjar Sierra por el valle del Genil: la carretera ya es un paseo en sí misma, con el río abajo y el arbolado cada vez más cerrado. Allí se camina con calma, se come bien y se vuelve a la ciudad antes de que anochezca, con las piernas cansadas y la cabeza despejada.
Luego llega el momento que muchos esperamos: la preparación de la temporada de esquí y nieve. Quien ha subido alguna vez desde la capital sabe que es una de las grandes ventajas de esta provincia: en menos de una hora estás en Pradollano, con el equipo en la mano y la ciudad todavía a la vista. Por eso, si quieres aprovechar de verdad el día, lo cómodo es alojarse a pie de pista o en los accesos desde la capital: te ahorras la carretera de madrugada y llegas a la primera telesilla sin prisas. Esta selección de hoteles en Sierra Nevada ayuda a organizarlo, y conviene hacerlo con tiempo porque los mejores sitios se llenan pronto en cuanto cae la primera nevada.

Lo que queda del viaje
Cuando mis amigos se van, siempre me cuentan lo mismo: que pensaban ver una ciudad y se han llevado tres. Una de piedra y agua, con la Alhambra mirando desde arriba. Otra de sal y sol, con el mar a la puerta de casa. Y una tercera de montaña, que espera, blanca, a que llegue el invierno.
La última vez, una prima que venía «solo a ver la Alhambra» se fue con las zapatillas llenas de arena de La Herradura y un forfait reservado para enero. Eso es Granada: un fin de semana que se queda corto y una provincia que lo compensa.