
En el corazón histórico de Granada, a espaldas de la calle Navas, floreció uno de los barrios más singulares y oscuros de la ciudad: La Manigua. Su nombre, exótico y caribeño, no aparece en documentos ni crónicas hasta bien entrado el siglo XX. Sin embargo, detrás de esa palabra sonora se esconde una historia cargada de juerga, sexo, pobreza, reformas frustradas y una figura femenina clave: Gracia Figueras Pérez, conocida por todos como «La Cubana».
A finales del siglo XIX, Granada experimentaba una transición urbanística e higienista que buscaba modernizar la ciudad sin saber muy bien cómo lidiar con sus márgenes.
La vida en La Manigua no era fácil. A pesar del bullicio las condiciones de salubridad eran precarias. Los suelos eran de tierra apisonada, los patios interiores hedían a humedad y no existía un sistema efectivo de recogida de basuras. Las prostitutas vivían hacinadas en corralas que funcionaban como prostíbulos encubiertos, y eran frecuentes las peleas, robos y enfermedades de transmisión venérea. Los informes médicos de la época no dejaban lugar a dudas: el barrio era un foco de infección tanto física como moral, según la doble vara de medir de las élites de entonces.
En medio de ese caos, La Manigua se convirtió en el epicentro del alterne y la prostitución. El antiguo barrio de San Matías, con sus callejones estrechos y sombríos, fue invadido por más de treinta prostíbulos y una fauna humana tan variada como desordenada: soldados, agricultores de la Vega, artesanos, y sobre todo, prostitutas.
Fue precisamente una de ellas, Gracia Figueras Pérez, quien bautizó con ese nombre al barrio.
La mujer que bautizó La Manigua

Fue Gracia Figueras Pérez —conocida popularmente como “La Cubana”— quien dejó una huella imborrable en la historia de Granada al bautizar, casi sin querer, uno de sus barrios más controvertidos: La Manigua.
Gracia Figueras era natural de Cuba. Llegó a Granada entre 1897 y 1898 acompañando a un militar, repatriado tras la guerra de independencia cubana. Nadie imaginaba entonces que esta mujer caribeña, enérgica y parlanchina, acabaría dando nombre al epicentro granadino del sexo de pago.
Instalada en el entorno de la Placeta del Gozo, Gracia abrió una tasca que ofrecía una mezcla singular de gastronomía criolla y compañía femenina. El negocio pronto prosperó. No solo por el exotismo de sus platos y servicios, sino también por el ambiente festivo, libérrimo y carnal que cultivó con talento. En la puerta colgó una sencilla tablilla que rezaba: “Manigua la Cubana”. El nombre no era casual.
Desconcertada por el dédalo de callejas, adarves y rincones insalubres que componían el antiguo barrio de San Matías, Gracia decía que caminar por el barrio era como “meterse en la manigua”.

En su imaginario caribeño, “manigua” era sinónimo de selva espesa, terreno indómito, enmarañado, difícil de transitar, laberinto vegetal en el que se perdían los independentistas cubanos cuando se “echaban a la manigua”, escapando de las tropas españolas. Esa metáfora militar y tropical cobró nueva vida en el urbanismo enrevesado de su nueva ciudad de acogida.
Los soldados repatriados, también marcados por aquella guerra, reforzaban la asociación. Y pronto, el término prendió. Decir “voy a la Manigua” se volvió más fino —y más clandestino— que anunciar abiertamente que uno se dirigía a un burdel. Lo que empezó como una exclamación caribeña terminó en un nombre de barrio, y después, en un símbolo cultural de la Granada canalla.
Pero el destino de Gracia daría otro giro insólito. En febrero de 1901, una epidemia de tifus exantemático obligó a las autoridades sanitarias a clausurar varios establecimientos del barrio, incluida su tasca. Las meretrices fueron trasladadas al Hospital de San Lázaro para su curación. Entre ellas, por supuesto, La Cubana.
Entonces ocurrió lo impensable: el 6 de marzo de 1901, la prensa local publicó una escueta pero impactante noticia bajo el título “Fuga de asiladas”. Aquella mañana desaparecieron del hospital tres mujeres: Blanca Segura López, alias La Caleta; Adela López Carmona, alias África la Sevillana; y la mismísima Gracia Figueras Pérez, alias La Cubana. La nota concluía con una frase cargada de tensión: “La policía hace gestiones para su captura”.

La fuga fue audaz, hasta cinematográfica. En plena epidemia, desafiando tanto al sistema sanitario como a las autoridades, estas mujeres escaparon de su encierro para seguir ejerciendo en otras provincias. Algunas, según las crónicas, propagaron con ellas la enfermedad.
La fuga de Gracia Figueras Pérez “La Cubana” marcó un antes y un después. Su rastro se pierde entre rumores y leyendas, pero su apodo quedó ligado para siempre al barrio de las 5 P’s: pobres, parados, putas, piojos y pulgas. Desde ese momento, ir a «La Manigua» fue sinónimo de buscar placer. Su figura, su voz y hasta su particular uso del idioma caribeño dejaron una marca profunda en el habla popular granadino. El nombre La Manigua trascendió el ámbito local. A partir de 1904 comenzó a aparecer impreso en periódicos y crónicas locales como denominación geográfica de la zona de alterne. A mitad de la década, escritores como Luis Morell y Terry ya se referían a “escándalos en La Manigua” en sus columnas. Incluso el joven Francisco Ayala, en sus memorias, aludió a aquel rincón “prohibido” donde los adolescentes del Instituto aprendían —aunque solo fuera en teoría— las primeras lecciones de sexualidad.
Escucha esta fascinante historia sobre La Manigua de Granada
Lo que nunca lograron ni escritores, ni políticos, ni urbanistas, lo consiguió una mujer caribeña con acento exótico y negocios clandestinos. Gracia Figueras, con una sola palabra, resignificó un barrio entero. Elevó su marginalidad a categoría cultural. Y aunque las reformas urbanísticas posteriores se encargaron de demoler su geografía física, el nombre sobrevivió. La Manigua se convirtió en mito.
Una selva urbana de deseo, jaleo, peligro, caricias por encargo y canciones a media voz. Todo eso, y más, en el corazón de Granada. Y todo comenzó con una cubana que un día se atrevió a nombrar lo innombrable.