
El Barro Que Habla: La Marca de LMFF y el Alfar Dispersado de Cartuja
En algún momento del siglo I de nuestra era, un alfarero cuyo nombre nos es desconocido — aunque sus iniciales LMFF quedaron grabadas en numerosas piezas de terra sigillata — se levantaba antes del amanecer en las laderas del Cercado de Cartuja. El río Beiro murmuraba cerca. Sus manos, seguramente ya agrietadas por décadas de trabajo, se sumergían en la arcilla que brotaba del suelo bajo sus pies.
La marca LMFF aparece tanto en los hornos de Cartuja como en el Carmen de la Muralla, junto a la muralla septentrional de Iliberri — la antigua Granada —. Un mismo hombre, un signum único. Una vida tejida en barro que trasciende dos milenios.
La Rutina del fuego y el barro
El trabajo en Cartuja comenzaba al alba. Primero estaban los arcilleros cuya tarea era extraer la arcilla de los bancos superficiales de la ladera. Utilizaban herramientas simples: azadas, picos, palancas de madera. La arcilla se transportaba en cestas hasta las piletas de decantación, donde durante semanas se dejaba reposar, permitiendo que el agua se evaporase lentamente y que las partículas más pesadas se sedimentasen. Este proceso era crucial: una arcilla mal tratada podía arruinar un lote completo de piezas.

Una vez lista la arcilla, llegaba el turno de los alfareros propiamente dichos. Hombres como LMFF, con años de experiencia, trabajaban en el torno. Sus manos, mojadas y ágiles, elevaban el barro en formas cada vez más complejas. Los aprendices observaban desde los lados, absorbiendo cada gesto. La especialización era severa: alguien hacía platos, otro cuencos, otro vasos de boca ancha. Los moldes existían para las piezas decoradas.
Luego venía el secado, quizás el proceso más delicado. Las piezas recién moldeadas se colocaban al sol, bajo techo, protegiéndolas del viento que podía resquebrajarlas. Sólo cuando la cerámica estaba lo suficientemente seca se procedía a la cocción.
La visita de un comerciante
Imaginemos por un momento a Marcus, un comerciante galo de mediados del siglo I. Ha viajado durante meses. En Iliberri, donde llegó hace tres días, ha hecho contactos en el forum principal. Ahora, escoltado por un esclavo que carga dos ánforas de vino, se dirige al Cercado de Cartuja.
Lo que ve lo sorprende. No es una ciudad, pero tampoco es un taller artesanal tradicional. Es algo intermedio: un complejo manufacturero de organización dispersada en expansión, con decenas de obreros moviendo arcilla, con tongas de vasos ya cocidos apilados para el transporte, con áreas de trabajo bajo techo donde esclavos y trabajadores libres moldean las piezas.

Los dueños lo reciben educadamente. Le muestran los estilos recientes, las innovaciones. Una vasija con una figura en relieve que representa una escena mitológica. Cuencos de boca ancha, perfectos para la cocina. Platos para servir pescado, en los que la decoración contrasta contra el fondo rojo. Cuando observa el fondo de un plato, ve las letras LMFF. El comerciante sonríe. Conoce esa marca. La ha visto en otros lugares. Significa consistencia. Significa negocios confiables.
Marcus compra. Cien piezas, quizás doscientas. Las cargará en el carruaje que ha dejado en la ciudad. El cargamento iniciará su distribución por la red comercial del Imperio: una parte hacia centros interiores, otra hacia los puertos fluviales del Guadalquivir.
Y cada una de esas piezas, cada uno de esos vasos que un alfarero cuyo nombre nunca conoceremos marcó con su sigillum personal, contará una historia de comercio, de intercambio, de la sorprendentemente sofisticada red económica del Imperio Romano.
El Polvo del Tiempo

El alfar funcionó así durante aproximadamente ciento cincuenta años. Alcanzó su apogeo entre mediados del siglo I y comienzos del II, cuando la producción era máxima, cuando se documentan los mayores depósitos de cerámica fracturada, cuando la huella de LMFF aparece una y otra vez en diferentes hornos dispersos por la ladera.
Luego, lentamente, las cosas comenzaron a cambiar. Alrededor del 150 d.C., o tal vez un poco después, los hornos se apagaron definitivamente. Alguien rellenó el Horno 4 con cerámica de desecho — el testar cerámico que luego encontrarían los arqueólogos casi 2000 años después —. Tal vez fue un acto de cierre ritual. Los alfareros se fueron. La ladera fue reclamada por el bosque. Fue olvidada.
El Redescubrimiento de un Complejo Dispersado
No fue hasta 1964 cuando el arqueólogo Manuel Sotomayor Muro, explorando los terrenos que comenzaban a transformarse en campus universitario, encontró fragmentos rojos de terra sigillata emergiendo del suelo. Intrigado por aquellos restos, consiguió financiación para iniciar una campaña de excavaciones que se prolongaría durante seis años. Entre 1964 y 1970, su equipo desenterró diez hornos, miles de fragmentos cerámicos y abundantes evidencias de actividad artesanal. Por primera vez se demostraba que Granada había albergado, durante el Alto Imperio, un importante centro productor de cerámica.

Los análisis posteriores confirmaron que las arcillas empleadas procedían de afloramientos locales situados en las mismas laderas de Cartuja. Sin embargo, el hallazgo más revelador tardaría décadas en comprenderse plenamente. Lo que Sotomayor había excavado no era un taller aislado, sino sólo una parte de un complejo productivo mucho más extenso.
La elección del lugar había sido estratégica. El Cercado Alto de Cartuja reunía todos los recursos necesarios para la producción cerámica: abundancia de agua gracias al río Beiro, amplios depósitos de arcilla de excelente calidad y una ubicación cercana a Iliberri, la ciudad romana que demandaba buena parte de la producción. Pero, a diferencia de otros centros alfareros conocidos, la actividad no se concentraba en un único recinto.
Las investigaciones desarrolladas durante las décadas siguientes fueron revelando un alfar suburbano de organización dispersada que ocupaba más de 17 hectáreas de la ladera de Cartuja. Diversos sectores especializados se distribuían por el terreno, formando una auténtica red de producción.

El denominado Sector del Beiro, excavado por Sotomayor, constituía uno de los núcleos principales. Situado junto a la orilla meridional del río, ocupaba unos 1.070 m² y reunía diez hornos, áreas de preparación de arcillas, espacios de almacenamiento, canalizaciones hidráulicas y zonas destinadas al vertido de desechos.
A casi doscientos metros al sur se encontraba el Sector de Teología, donde excavaciones preventivas realizadas entre 2013 y 2015 descubrieron dos nuevos hornos, denominados D3 y D4, junto a una estancia artesanal y extensas áreas de vertido cerámico. Estos hallazgos ampliaron notablemente la extensión conocida del complejo.
Más arriba en la ladera, el Sector Nordeste aportó evidencias de otra fase esencial de la producción. Allí aparecieron importantes bancos de arcilla y varias piletas de decantación destinadas al tratamiento previo de la materia prima antes de su distribución a los talleres.
En el extremo sureste se localizaba el Sector del Colegio Máximo, donde las acumulaciones de residuos cerámicos sugieren la existencia de nuevos hornos aún no excavados completamente. Los materiales recuperados indican una destacada producción de terra sigillata, quizá especializada en cerámica fina.

La diversidad de los hornos confirma además una producción altamente organizada. Algunos alcanzaban dimensiones considerables — como el Horno 7, con más de cinco metros de lado — mientras que otros apenas superaban los sesenta centímetros de anchura. Los mayores estuvieron probablemente destinados a materiales de construcción, como ladrillos y tejas ; los medianos a la producción de vajilla fina; y los más pequeños a encargos específicos o pruebas de cocción.
La dispersión de las instalaciones ayuda también a explicar uno de los hallazgos más significativos: la presencia repetida de la marca LMFF en distintos sectores productivos. El mismo sello aparece asociado a varios hornos separados entre sí por cientos de metros. Ello sugiere que los artesanos, o quizás las familias propietarias de los talleres, participaban en una estructura económica compleja y coordinada, muy alejada de la imagen tradicional del pequeño alfar aislado.
Hoy, más de medio siglo después de las primeras excavaciones de Sotomayor, los trabajos arqueológicos continúan ampliando nuestro conocimiento sobre Cartuja. Cada nueva campaña confirma que bajo las facultades, calles y jardines del campus universitario permanece oculto uno de los mayores complejos alfareros romanos conocidos en el sur de Hispania, una verdadera ciudad del barro cuyo alcance sólo ahora comenzamos a comprender.
El Legado en Arcilla
Si paseas por el campus de Cartuja, casi nadie te dirá que está caminando sobre uno de los complejos alfareros más importantes del Imperio Romano occidental. Las facultades están construidas sobre los restos. Pero bajo el pavimento, bajo los edificios modernos, bajo los detritos de dos mil años, sigue estando allí: la marca de LMFF, las huellas de manos que hace dos milenios amasaban barro.
Bibliografia e infografías basadas en:
- EL COMPLEJO ALFARERO ROMANO DE CARTUJA (GRANADA). NUEVOS DATOS A PARTIR DE LAS ACTUACIONES ARQUEOLÓGICAS DESARROLLADAS ENTRE 2013-2015 – Autores: A. SANTIAGO MORENO PÉREZ* / MARGARITA ORFILA PONS