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El Castillo de Torralba: la torre blanca que se disolvió en la vega

    El Castillo de Torralba: la torre blanca que se disolvió en la vega
    Idealización del Castillo de Torralba a partir de una Turres romana

    En la vega norte de Huéscar.  un promontorio discreto guarda un secreto que el tiempo ha querido borrar. Los lugareños lo llaman Torralba, “la torre blanca”, y aunque hoy apenas quedan muros visibles, el nombre conserva el eco de una fortaleza de frontera. Bajo las paredes del actual cortijo, ocultos entre las raíces de los almendros y las terrazas de labor, duermen los cimientos de uno de los enclaves más antiguos y enigmáticos del altiplano granadino : el Castillo de Torralba.

    Un enclave donde las épocas se superponen

    Torralba no es un lugar cualquiera. Situado a 926 metros sobre el nivel del mar, domina una vega que ha sido cultivada y habitada durante más de tres milenios. Allí se han superpuesto civilizaciones, culturas y usos, como si la historia hubiera ido escribiendo una sobre otra sin borrar del todo las anteriores. Los arqueólogos lo definen como un palimpsesto histórico, y los viajeros que llegan hasta el cortijo perciben esa sensación de tiempo estratificado: bajo el suelo agrícola se esconde una villa romana, y sobre ella, los restos de un castillo medieval que daría nombre al lugar.

    El territorio de Huéscar fue desde antiguo una zona de paso y frontera. Las montañas de La Sagra y las sierras del Taibilla y de las Cabras encajonan un corredor natural entre la Bética y la Meseta. Esa posición estratégica, junto a la abundancia de agua, explica que aquí se instalara una villa romana de gran tamaño —quizá incluso un vicus o pequeño centro comarcal— entre los siglos III y IV d.C. De aquella época perduran fragmentos de mosaicos, muros de sillería y restos de pinturas murales con zócalos verdes y filetes negros que imitaban mármoles. El hallazgo de 1929, cuando apareció un magnífico mosaico con figuras humanas y decoraciones geométricas, confirmó que Torralba fue una finca de cierto lujo, tal vez propiedad de un terrateniente que explotaba los fértiles campos de la vega oscense.

    El Castillo de Torralba: la torre blanca que se disolvió en la vega
    Masaico romano Cortijo de Torralba

    La torre blanca: origen de un nombre

    El nombre de Torralba —del latín turris alba, “torre blanca”— es en sí mismo una pista arqueológica. Indica la existencia de una torre o fortificación recubierta de cal, visible desde lejos, que funcionaba como atalaya medieval. Las crónicas del siglo XV ya mencionan el “Castillo de Torralba” como un punto defensivo en la línea de frontera entre el Reino Nazarí de Granada y las avanzadas cristianas de Murcia y Castilla. Era, probablemente, una torre-vigía erguida sobre los restos romanos, dominando la acequia y los caminos rurales que conectaban la vega con el altiplano.

    A diferencia de los grandes castillos señoriales, Torralba no era una fortaleza monumental, sino una posición modesta y funcional: una torre cuadrangular de piedra caliza, quizá de 8 a 10 metros de lado, con un aljibe subterráneo y dependencias agrícolas a su alrededor. Su misión era observar, controlar el agua y proteger a los campesinos de incursiones y saqueos. Durante los siglos XIII y XIV, cuando la frontera se desplazaba constantemente, estas torres formaban una red defensiva —una cadena de puntos de vigilancia— que comunicaban por señales de humo o fuego.

    Un castillo hecho de piedras prestadas

    El Castillo de Torralba: la torre blanca que se disolvió en la vega
    únicos muros visibles del antiguo Castillo de Torralba

    Con el paso del tiempo, el pequeño castillo de Torralba fue decayendo. Los conflictos se desplazaron hacia el sur, y la torre blanca fue quedando fuera del tablero militar. Sus piedras, sin embargo, continuaron su viaje: según numerosos testimonios y estudios locales, los sillares y lápidas romanas del yacimiento fueron trasladados a la Alcazaba de Huéscar, donde aún se pueden ver en la Torre del Homenaje. Algunos bloques presentan inscripciones dedicadas a los dioses manes, como la de Manlia Psique, hija de Lucio, clara evidencia de su origen romano. Así, el castillo de Torralba, al desmoronarse, se convirtió en cantera para levantar la defensa principal de Huéscar. Su espíritu se mudó de lugar.

    Hoy, los visitantes que recorren la alcazaba pueden, sin saberlo, tocar con la mano las piedras que un día formaron parte de la torre blanca. Es una metáfora perfecta de la historia de Torralba: un sitio que se disuelve en otros, que cambia de forma pero nunca desaparece.

    El cortijo que heredó la fortaleza

    El Castillo de Torralba: la torre blanca que se disolvió en la vega
    Idealización del Castillo de Torralba a partir de una Turres romana

    Tras la conquista cristiana de 1492, la vega de Huéscar fue reorganizada en mayorazgos y heredamientos. En 1527, Rodrigo de Balboa fundó un poderoso linaje que poseyó extensas propiedades agrícolas, molinos y cortijos. Torralba pasó a formar parte de ese mayorazgo y se transformó en una gran explotación agropecuaria. Sobre los cimientos del antiguo castillo se levantó un cortijo de vega, alargado, irregular y con múltiples añadidos que fueron apareciendo a lo largo de los siglos. Las bóvedas romanas se convirtieron en aljibes, los muros medievales en establos y los restos del castillo se fundieron en la arquitectura popular.

    El Cortijo de Torralba conserva aún su silueta característica: un conjunto laberíntico de volúmenes adosados, pasillos transversales y patios interiores que hablan de siglos de transformaciones. Desde su azotea, la vista abarca la vega entera, como si la vieja torre aún vigilara discretamente sus dominios. Es fácil imaginar que bajo las capas de cal y yeso late todavía la piedra del castillo original.

    El Castillo de Torralba: la torre blanca que se disolvió en la vega
    Idealización del Castillo de Torralba a partir de una Turres romana

    El agua como poder y símbolo

    Ningún lugar en Torralba se entiende sin hablar del agua. La Acequia de la Virgen, que nace en la Cueva del Agua al pie de La Sagra y desciende durante más de 20 kilómetros hasta la vega, es el verdadero nervio vital de este paisaje. Durante siglos, el control de su caudal fue motivo de disputas. Gaspar Rodrigo de Balboa, heredero del mayorazgo, defendió ferozmente su derecho al riego de Torralba y dejó escrito en su testamento que quien no protegiera esa agua “haría demostración de hombre flojo y fácil”. Esa frase resume la importancia simbólica del agua: no era solo un recurso agrícola, sino un vínculo con la tierra y una herencia moral.

    En torno a esa acequia floreció también la espiritualidad. En 1618 se documenta la existencia de una ermita dedicada a San Onofre, fundada por los Balboa junto al cortijo. Era un pequeño oratorio rural donde se celebraban misas para los trabajadores y moradores del heredamiento. Aunque hoy apenas quedan restos, su memoria se conserva en los archivos parroquiales y en el recuerdo popular.

    Las excavaciones que devolvieron la voz al castillo

    En mayo y junio de 2024, una intervención arqueológica autorizada volvió a poner a Torralba en el mapa científico. Los sondeos practicados junto al cortijo —en una superficie de 8 metros cuadrados— confirmaron que el yacimiento conserva estratos arqueológicos intactos bajo las capas de cultivo. Los arqueólogos encontraron materiales de todas las épocas: fragmentos cerámicos del Calcolítico, piezas romanas, restos tardorromanos-visigodos y fragmentos islámicos de época califal. Uno de los niveles más significativos fue un relleno-basurero del siglo IV al IX d.C., con carbones, huesos y cerámicas, que testimonia la continuidad de vida entre la villa romana y el poblamiento altomedieval.

    No se hallaron muros visibles del castillo medieval, pero sí indicios de su presencia: mamposterías de gran tamaño y alineaciones que corresponden a estructuras cuadrangulares. El estudio concluyó que el enclave fue abandonado hacia el siglo X o XI, coincidiendo con la reconfiguración de la frontera y el desplazamiento de la población hacia núcleos más defendidos, como la actual Huéscar.

    Descubre la historia del Cortijo y el Castillo de Torralba

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    Un castillo sin muros, pero con memoria

    Hoy, quien se acerque al Cortijo de Torralba no encontrará almenas ni torres. Encontrará una ruina viva, una arquitectura agrícola que respira historia por cada rendija. Si uno se detiene frente a sus muros encalados al atardecer, el reflejo dorado del sol hace que el cortijo parezca, de nuevo, una torre blanca emergiendo de la vega. 

    Bibliografia principal:

    • ARQUITECTURA DISPERSA EN ANDALUCÍA ORIENTAL (HUÉSCAR, COGOLLOS VEGA, CONTRAVIESA) TERRITORIO, PAISAJE, LUGAR. Autor: Salvador Ubago Palma
    • EXCAVACIÓN ARQUEOLÓGICA PUNTUAL POR SONDEOS EN EL YACIMIENTO CASTILLO DE TORRALBA (HUESCAR) Autores: Rubén Fernández Tristante y Emilio Sánchez Almansa

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