
Granada, con su fusión de historia, espiritualidad y arte, guarda entre sus calles un monumento que pasa desapercibido para algunos, pero que para muchos representa un símbolo de gratitud y de memoria colectiva: la escultura de Don Bosco, situada en el corazón del barrio del Zaidín, frente al colegio salesiano. No se trata de una obra más dentro del paisaje urbano, sino de un homenaje cargado de significado, levantado para recordar al “Padre y Maestro de la Juventud”, San Juan Bosco.
Esta pieza escultórica, realizada por el artista onubense Martín Lagares, fue inaugurada el 31 de enero de 2009, día de la festividad del santo. Desde entonces el lugar se ha convertido en un referente tanto para la comunidad educativa como para la ciudadanía granadina.
Un monumento con alma pedagógica
El conjunto escultórico impresiona desde la distancia. Se eleva hasta los 6 metros de altura, con la figura central de Don Bosco, de 2,5 metros, que parece contemplar con serenidad y firmeza el colegio que lleva su nombre. A su lado, dos jóvenes completan la escena: un niño con un rollo de película, que alude a la enseñanza técnica y al fuerte vínculo de las escuelas salesianas con el mundo audiovisual, y una niña con un libro, símbolo de la educación humanista y del saber universal.
La composición refleja el ideario salesiano de formar a los jóvenes no solo en lo académico, sino también en lo profesional y espiritual. La escultura se ubica, además, en la avenida Don Bosco, reforzando la identidad de un barrio en el que la obra salesiana se consolidó en 1977 y que sigue siendo hoy motor educativo y social.
La inauguración, hace casi dos décadas, congregó a vecinos, alumnos, antiguos alumnos y autoridades locales, que vieron en esta obra un gesto de reconocimiento a la labor salesiana en la ciudad, presente desde 1916 y distinguida en varias ocasiones con honores como la “Medalla de Oro de la Ciudad” o la “Granada de Oro”.
Uno de los momentos más emotivos que ha vivido este monumento llegó en septiembre de 2012, cuando Granada recibió las reliquias de San Juan Bosco. Más de dos mil personas se reunieron en torno a la escultura, donde se descubrió una placa conmemorativa. Fue un acto cargado de simbolismo que reforzó la devoción hacia el santo y subrayó la importancia de la obra escultórica como punto de encuentro espiritual y comunitario.
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Martín Lagares: el escultor de las emociones

Detrás de la fuerza expresiva de este monumento está Martín Lagares, nacido en La Palma del Condado (Huelva) en 1976. Su historia con el arte empezó casi por azar, cuando a los 14 años “tropezó con un trozo de barro”. Bajo la guía de su maestro Joaquín Moreno Daza, descubrió que aquel material maleable podía convertirse en una extensión de sus emociones.
Su formación académica se repartió entre la Universidad de Sevilla y la de Cuenca. Esta última marcó un antes y un después en su trayectoria: allí encontró un ambiente que respiraba renovación y contemporaneidad, donde el arte se concebía como un lenguaje en tensión constante entre forma y materia, razón y corazón. De esa síntesis nació su estilo personal: expresionista, directo, vital.
Lagares prefiere trabajar con barro, terracota, resina o bronce, materiales que él denomina de “inmanencia”, frente a la solemnidad distante del mármol. En sus manos, estas materias cobran vida en un proceso casi improvisado, como un músico de jazz que deja fluir las notas sin partitura. Él mismo lo define como un intento de capturar “la belleza de la imperfección” y la fuerza de lo inacabado.
No busca el detalle minucioso, sino la intensidad de un gesto, la vibración de un rostro, la huella emocional. Cada obra nace de la energía de sus manos, con lo que él llama “violencia expresiva”, dejando una impronta vital que no se esconde, sino que se muestra con honestidad.
Su capacidad de trabajo es asombrosa: puede modelar varias esculturas en una sola tarde y atender proyectos muy distintos de forma simultánea. Eso le ha permitido llenar plazas y rincones de España —y de los cinco continentes— con monumentos dedicados a figuras históricas, literarias y religiosas: desde Washington Irving en La Rábida, hasta García Lorca, Blas Infante o la Virgen del Carmen.
El propio Lagares confiesa sentirse un privilegiado por vivir de lo que ama, y defiende la libertad creativa como su motor esencial: “el arte es una búsqueda de uno mismo”, afirma. Sus redes sociales, donde comparte su proceso creativo, han acercado su obra a un público más amplio, convencido de que estas plataformas han “democratizado el arte”. Actualmente, combina encargos monumentales con exposiciones internacionales en diferentes países.
Un gran escultura