
Iglesia de Nuestra Señora de la en Alicún de Ortega
Imagina que dejas atrás el bullicio de la autovía y te adentras en las carreteras que serpentean por los Montes Orientales de Granada. El paisaje cambia, se vuelve más escarpado, dominado por el olivar y el eco de una frontera que ya no existe, pero que dejó su huella en cada piedra. Al fondo aparece Alicún de Ortega. Y allí, en el corazón del pueblo, se alza un superviviente de cinco siglos: la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Anunciación.
Para entender este lugar no hace falta un manual de arquitectura; basta con cruzar el umbral y dejarse llevar por el viaje en el tiempo.
Capas de historia bajo tus zapatos
Cuando te detienes ante el edificio, la estampa actual te atrapa de inmediato, perfectamente integrada en el blanco inmaculado de las calles del pueblo. Sin embargo, lo verdaderamente fascinante de este sitio es lo que no se ve a simple vista: el subsuelo. Estás pisando un auténtico hojaldre de la historia.
Siglos atrás, este rincón de Granada era una frontera caliente, un territorio peligroso donde el Reino Nazarí y la Corona de Castilla se miraban de reojo. Tras la toma de la zona por los Reyes Católicos en 1486, la vida cambió radicalmente. Llegó una potente familia de terratenientes procedentes de Úbeda, los Ortega y Molina, listos para desarrollar el territorio. Fue don Andrés de Ortega, el primer Señor de Alicún, quien en 1549 decidió que el pueblo necesitaba un templo a la altura.
El truco estuvo en el reciclaje: aprovecharon los cimientos de una iglesia medieval que, para rizar el rizo, se había construido sobre una antigua mezquita. Así que, cuando caminas por su nave, estás pisando el mismo suelo sagrado que pisaron musulmanes y cristianos medievales. La fisonomía que hoy conocemos se levantaría a contrarreloj un poco después, entre 1593 y 1595, buscando durabilidad y funcionalidad para la comunidad.
El gran cambio: de la humildad del ladrillo a la majestuosidad de la piedra

Si hubieras visitado Alicún hace unos años, tu primera impresión visual habría sido completamente diferente a la de hoy. La antigua fachada presentaba una apariencia mucho más austera y funcional. Construida con ladrillo visto, mostraba un volumen sencillo que se camuflaba con la arquitectura tradicional del entorno. Aquel paramento de ladrillo definía una composición sumamente sobria, donde la entrada principal quedaba marcada simplemente por un arco de medio punto realizado también en ladrillo, sin grandes adornos. Sobre el acceso se abría un pequeño vano y, en la parte superior, se elevaba el cuerpo de campanas, formando una silueta humilde que respondía a las necesidades prácticas del edificio religioso.
Sin embargo, la profunda intervención realizada hace unos años transformó por completo la percepción exterior del templo, como bien se puede contemplar. La nueva fachada sustituyó la imagen desnuda del ladrillo por una composición revestida, de un blanco deslumbrante y con una carga simbólica mucho mayor, incorporando una imponente portada pétrea de inspiración clásica. El acceso principal quedó enmarcado por un gran arco de medio punto flanqueado por elegantes pilastras , creando una entrada más monumental y señorial.
Esta nueva portada incorpora una hermosa estructura arquitectónica escalonada: sobre el arco principal se dispone un entablamento con la inscripción latina grabada en letras rojizas: “HAEC EST DOMUS DEI ET PORTA CAELI” (Esta es la casa de Dios y la puerta del cielo). Encima se eleva una hornacina rematada por un frontón triangular, mientras que los cuerpos laterales completan una composición simétrica que dota a la fachada de una presencia urbana imponente.
El Renacimiento en el altar

Al cruzar esa gran puerta de madera con herrajes que ahora enmarca la piedra, te envuelve ese aroma inconfundible a cera, madera y tiempo. La planta de la iglesia es rectangular, una nave única y despejada donde la luz entra de manera lateral por ventanas bien dispuestas. Es un espacio diáfano que invita a avanzar, y tus ojos se van directos al fondo, hacia la Capilla Mayor.
El acceso se hace a través de un arco triunfal carpantel rebajado, que actúa como el marco de un cuadro, permitiendo que veas todo el presbiterio con total claridad desde el primer banco.
Si miras hacia el techo de la capilla, te llevarás una sorpresa: una cúpula sobre pechinas. Esta solución técnica del Renacimiento tardío, resuelve un problema geométrico endiablado: ¿cómo encajar un techo redondo sobre unas paredes cuadradas? La respuesta son cuatro triángulos curvos en las esquinas que elevan la mirada hacia el cielo..
Los tesoros de las paredes y las vigas que resistieron

Mientras caminas de regreso hacia la salida, vale la pena detenerse en los muros laterales. Insertadas con precisión en las paredes hay cuatro hornacinas renacentistas que funcionan como pequeños santuarios devocionales. En una de ellas descansa una joya absoluta: el lienzo del Ecce Homo, pintado en 1595. Es emocionante pensar que esa pintura se colgó ahí mismo el año en que se terminaron las obras originales de la iglesia y que ha sobrevivido a terremotos, guerras y modas.
Un poco más allá te encuentras con la imaginería del siglo XVIII. Las hermosas tallas en madera policromada de Jesús Nazareno, la Virgen de los Dolores y San Juan Evangelista te observan con esa expresividad tan típica del barroco, recordando las procesiones y la devoción de tantas familias del municipio. También verás las esculturas devocionales de San Roque, muy ligado a las fiestas locales, y Nuestra Señora de Fátima.

Antes de salir, vuelve a mirar hacia arriba, al techo de la nave principal. Originalmente, todo este espacio estaba cubierto por un espectacular artesonado mudéjar de madera tallada. Lamentablemente, el abandono crónico del pasado y las reformas poco afortunadas destruyeron la mayor parte de esta estructura. Sin embargo, si agudizas la vista, verás las tirantas: unas imponentes vigas maestras transversales que se negaron a caer. Son el testimonio físico de una época en la que la carpintería de tradición islámica y la cantería renacentista convivían en perfecta armonía.
Cicatrices de guerra y un presente radiante
La historia de la Anunciación no ha sido un camino de rosas. Durante siglos, los párrocos locales se quejaron en sus diarios del descuido que sufría la fábrica del edificio. Pero el momento más dramático llegó durante la Guerra Civil Española.

En medio de la tensión del conflicto, corrió el rumor de que sectores de la derecha local habían escondido armas, joyas y dinero en las estructuras altas del templo. Siguiendo esa pista falsa, fuerzas asociadas al bando republicano subieron a los tejados y demolieron parte de las tejas, las paredes y la techumbre buscando depósitos ocultos. Aunque los sacerdotes de la época solían esconder los cálices y la orfebrería para protegerlos de los asaltos la idea de encontrar un arsenal allí arriba era una fantasía. El resultado fue un destrozo patrimonial doloroso que dejó al templo herido durante décadas.
Por fortuna, el patrimonio histórico siempre nos da una segunda oportunidad si sabemos cuidarlo. La intervención de la Diócesis de Guadix no solo le otorgó esa imponente fachada y el nuevo retablo que contemplamos hoy, sino que también incluyó una intervención profunda en el camarín de Nuestra Señora del Rosario de Fátima. Durante los meses que duraron las obras y el templo permaneció cerrado, los vecinos no se quedaron sin sus celebraciones; la comunidad trasladó la Eucaristía a la entrañable ermita de San Roque, esperando con ganas el momento de ver su iglesia completamente rejuvenecida.
Al salir de nuevo a la luz del sol y sentir el aire de los Montes Orientales, entiendes que la Iglesia de la Anunciación es mucho más que un edificio histórico. Es el corazón latente de Alicún de Ortega, un refugio que ha sabido sanar sus cicatrices, cambiar de piel y seguir contando su maravillosa historia a todo el que se detiene a mirarlo.