
La iglesia que susurra historias: un encuentro fortuito en el Valle de Lecrín
El encuentro fortuito
El autobús me dejó en Chite casi por accidente. Caminé sin rumbo por sus calles estrechas, donde el silencio es tan evidente que parece casi un sonido en sí mismo. Fue entonces cuando la vi. La iglesia de Chite se presenta modesta, con su torre de tres cuerpos elevándose sobre el caserío. Algo en esa puerta enmarcada en un arco de medio punto , cuyo vano es de ladrillo visto sobre un marco amarillo, me detuvo.
—¿Buscas algo, o simplemente admiras?
Era un señor que llevaba un cubo y un ramo de flores recién cortadas. Se llamaba Manuel. Me sonrió con cordialidad.
—Vengo a cambiar las flores del altar cada viernes. Entra, si quieres. Esta iglesia guarda más historia de la que sus muros pueden contar.
Lo que descubrí dentro fue como abrir un libro cuyas páginas llevan casi quinientos años escritas. La nave se extendía ante mis ojos en toda su amplitud: un espacio de veinticinco metros y medio de largo por siete y medio de ancho, luminoso y acogedor. El suelo ajedrezado en blanco y negro brillaba bajo la luz filtrada. Manuel comenzó a hablar como quien cuenta sus propias memorias.
—Está aquí desde el XVI. La levantaron como iglesia cristiana, de antigua advocación a la Santa Cruz, aunque sobre esta tierra hubo mezquita antes. Lo interesante es que no la derribaron. La transformaron.
La arquitectura oculta

Manuel señaló hacia el techo con veneración.
—Esa armadura de madera es limabordón. Planta rectangular, una sola nave, cabecera plana. Los maestros que la hicieron sabían geometría, sabían cálculo.
Siete tirantes transversales descendían sobre nosotros, cada uno adornado con estrellas talladas. En los rincones, otros más pequeños mantenían su color ocre original. La armadura descendía con la gravedad de un acto de fe técnica.
—¿Quiénes la hicieron?
—Miguel de Morales y Alonso Moreno. Maestros del XVI. Rehicieron la torre, la armadura, la portada. Tardaron casi veinte años. La terminaron alrededor de 1618. En 1621 un informe decía: «El Chite, anejo de Béznar, tiene iglesia de una nave, bien reparada, y torre con campana».

En 1644, apenas veintiséis años después, Juan de Baldivares tuvo que reparar esa armadura nuevamente. La madera necesitaba cuidados constantes en el Valle de Lecrín , donde la humedad conspira contra toda permanencia.
—¿Ves cómo no es uniforme en algunos puntos? No destruyeron. Repararon respetando lo que había sido hecho antes.
Pregunté sobre las dimensiones.
—Veinticinco metros y medio de largo. Siete y medio de ancho. El presbiterio , donde está el altar elevado a dos gradas, mide siete metros y medio por tres y medio. El pequeño coro, en los pies de la iglesia, ocupa siete metros y medio por casi cuatro metros. Todo calculado. Nada es por azar.
El tabernáculo y las tallas

Caminamos hacia el presbiterio. Allí, elevado sobre escalones de piedra, se alzaba lo que quedaba del retablo principal. Manuel señaló un pequeño tabernáculo de plata de apenas veintiuno por dieciséis centímetros que brillaba bajo las lámparas de araña.
—Una puerta de plata repujada y punzonada. Alguien tomó plata, la calentó, la martilló desde atrás para crear relieves. El trabajo es de un maestro llamado Siles, probablemente sevillano del XVIII. Representa el Buen Pastor.
Junto al tabernáculo, un crucifijo tallado en madera. De tres clavos. De la escuela granadina del XVII. Manuel bajó la voz.
—Ese crucificado es de buen modelado. Hay quienes dicen que es de Pablo de Rojas o su escuela. Rojas fue el gran maestro granadino. Ha estado aquí cuatrocientos años.
Otras tallas se alineaban en hornacinas excavadas en los muros laterales. Un San José, una Virgen con el niño con corona de planta, un San Antón y San Juan Evangelista, probablemente del antiguo retablo.
—San Segundo. El patrón de Chite. Esa talla es de finales del XVII de madera policromada. Los pueblos pequeños eligen su patrón y lo honran como si fuera un miembro de la familia. Entre los cuatro hornacinas excavados en los muros laterales, dos en cada lado, la suya destaca por la devoción que inspira.
Los lienzos que cuentan historias
Seis lienzos de aproximadamente colgaban en las paredes. Eran pinturas del XVII, necesitadas de restauración pero aún potentes: una Asunción de María, un Cristo atado a la columna, dos damas mostrando un cuadro de un dominico —tal vez las tentaciones de Santo Tomás de Aquino—, una Soledad siguiendo el tipo de Becerra, la Presentación de Jesús en el Templo. Uno llevaba inscrita la fecha de 1740.
—Alguien donó ese lienzo en 1740 —explicó Manuel—. No sabemos quién. Un devoto llega a Chite, hace que un pintor le pinte un Cristo con faldita, lo trae aquí para honrarlo. La fe no era solo cosa de iglesia. Era cosa de toda la comunidad.
—En 1749, exactamente nueve años después, alguien muy importante donó algo. Un lienzo grande. Muchísimo más grande.
La conexión del Cristo de Cabrilla
Caminamos hacia una zona lateral donde un cuadro de dimensiones extraordinarias colgaba en penumbra. Un Cristo crucificado con faldellín blanco, y en los pies… una oveja pequeñita.
—Debería ser un huevo de avestruz —observó Manuel con sonrisa—, pero no lo es. Es una oveja. Quien mandó pintar esto fue Dionisio Fernández de Aguilar, alcaide de la Alcazaba de la Alhambra de Granada. Miembro de la Hermandad de la Mesta. Decidió donar este Cristo para honrarlo con una oveja.
Este lienzo conectaba a Chite con el Cristo de Cabrilla, una copia del famoso Cristo de Burgos que llegó milagrosamente a Cabra del Santo Cristo en 1637. De allí, la devoción se propagó como fuego sagrado. Cofradías se fundaron. Peregrinaciones se organizaban. Pintores ganaban dinero haciendo copias.
De anejo a parroquia

—En 1501 Chite fue adscrito como anejo a Béznar —explicó Manuel—. Después pasó a serlo de Talará. Durante casi cuatrocientos cincuenta años fue solo una capilla satélite. Pero en 1950, el arzobispo Balbino Santos la erigió en parroquia de entrada, con título de La Inmaculada Concepción de Nuestra Señora. El decreto fue del quince de septiembre. Reconocida por el Ministerio de Justicia, comenzó a funcionar el primero de enero de 1951.
La torre que resiste
—En 1884 un terremoto casi la derriba —explicó Manuel señalando la estructura de tres cuerpos—. Los daños fueron tan graves que la tuvieron que rehacer alrededor de 1885. La torre que ves es del XIX, pero mantiene el espíritu de la del XVI. Tres cuerpos con ochavados en los superiores, ventanas en cuatro caras, vuelo octogonal.
Fue la tercera o cuarta vez que esa torre fue reconstruida. La torre era la encarnación física de la persistencia: cada generación dejaba su marca, y la siguiente decidía que merecía ser salvada.
La verdad que susurra

Nos paramos junto a los dos accesos —uno a los pies con vano de medio punto, otro por el muro del Evangelio—, donde el atardecer entraba de forma dramática.
—¿Sabes qué me gusta más? —preguntó Manuel—. Que nadie destruyó nada. Aquí pasó la Conquista, la Rebelión de los Moriscos, la guerra civil, la modernidad, incluso una rehabilitación en 2006. Y esta iglesia, que pudo haber sido destruida cien veces, fue simplemente… reparada. Cuidada. Respetada.
El crucifijo del XVI seguía clavado en su lugar. El tabernáculo de plata seguía brillando. Las estrellas de la armadura seguían proyectando sus sombras. Y en esa oveja pequeña pintada en 1749, la historia privada de un pueblo seguía susurrando su verdad.
Las iglesias de pueblos pequeños como Chite no aparecen en los grandes libros de historia del arte. Sus maestros no tienen monografías. Pero cada generación decide que lo que fue construido antes merece ser preservado. Eso es lo que guardan: la persistencia silenciosa de gente ordinaria que creyó que lo que hacían valía la pena.
Y tal vez tenían razón.
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Consejos para viajar y transporte
- En vehículo particular:
- Desde Granada capital, el trayecto dura aproximadamente 35-40 minutos.
- Se debe tomar la autovía A-44 en dirección sur (Motril).
- Tomar la salida hacia el Valle de Lecrín (por ejemplo, hacia El Padul / Dúrcal / Lecrín según el desvío óptimo) para enlazar con la carretera A-4058 o vías locales secundarias que conducen directamente a Talará-Chite.
- En autobús:
- Existen líneas regulares de autobuses interurbanos que conectan la Estación de Autobuses de Granada con los diferentes pueblos del Valle de Lecrín (operadas habitualmente por empresas como Alsa).
- Es recomendable comprobar las líneas con parada específica en Talará/Chite o en los núcleos colindantes del municipio de Lecrín, ya que los horarios varían entre laborables y fines de semana.