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Mariña

Mariña

“Ella vendrá. ¿Vendrá de nuevo? Ojalá yo no hubiera nacido. Si no existiera no conocería los golpes de la conciencia ni las dentelladas de la vida”. Eso pensaba mientras estaba sumida en el letargo de una camilla de hospital.

Unos días antes me encontraba metida en la cama del departamento de mi tía. El viento no dejaba de aullar y las ventanas, mal cerradas, se movían a trompicones. Con un esfuerzo asténico me levanté y apoyé los pies descalzos sobre la tarima flotante. Estaba helada, e incluso, algo húmeda. Me acerqué a los cristales. El vendaval no se había apaciguado desde la noche anterior. Fui atrancando las ventanas de madera de todo el apartamento: desde la cocina en la esquina del salón al dormitorio con aseo. Desde ese ventanal podía ver la playa de la isla de Sálvora. Las olas se levantaban como manos negras que sangraban espuma contra las rocas afiladas.

Apoyé la frente contra el cristal vibrante y fijé la mirada en ese cielo encapotado, espejo de un mar ceniciento. Hacía varios días que no salía el sol por un instante. Decidí, aunque fuera una hora, salir a dar un paseo para airearme.

Me dejé el chándal de terciopelo gris que llevaba, pero me coloqué encima un anorak plateado. Bajé las escaleras y en dos minutos ya estaba en el paseo de la playa. Aquellos días en Galicia me estaban ayudando, quizá, a cuestionarme qué estaba haciendo con mi vida.

Cuando salí de la clínica vaciada de nuevo, sólo pensaba en marcharme de la meseta. Huir. Huir muy lejos para que Pedro no pudiese encontrarme nunca; para que no pudiese pedirme explicaciones. Ya veía a su madre sobre mí, arañándome palabras por lo que había hecho. ¿Era, acaso, su cuerpo? ¿El cuerpo de su hijo?

Sobre mi cuerpo mando yo.

Aspiré el aire: olía a húmedo, a la tierra mojada por la lluvia y a la sal marina. Recordé un momento en que pensé dejar mi investigación sobre biología marina para casarme con él, formar un hogar… Grité. Grité muy fuerte, pero la naturaleza es sorda a nuestros aullidos.

Corrí por la playa hasta que me dolió el corazón. ¿Por qué no era yo igual que el resto? Al vaciarme, me sentí libre. Libre de nuevo. Nunca hubiera podido soportar un parásito de ese tipo. Nunca. Pero, ¿por qué? Me dejé caer en la arena para recuperar el aliento. Durante esos días

que llevaba en Galicia, apenas había logrado dormir debido a los truenos y el vendaval. Las pastillas tranquilizantes habían sido un fracaso en su intento, pero mi tía me las había dejado sobre la repisa de la cocina para cuando llegara. Había sido muy amable al dejarme su apartamento de la playa, aunque no sabía nada de ella hacía días. Ni de nadie. Desde que llegué, no había encendido el teléfono. Lo había guardado en el último cajón del mueble del salón. Después, me había tomado una botella entera de licor café. Necesitaba olvidar el hedor aséptico del hospital y mis piernas abiertas ante la mascarilla azul del doctor.

En ese momento, con los pies descalzos en la playa blanca, contemplé el paisaje grisáceo y sucio; en cierto modo, salvaje. Iba a volver de nuevo al piso cuando distinguí algún tipo de movimiento serpenteante cerca de mí. De forma innata me aparté. Quizá había sido un efecto óptico, un juego de luces ponientes y espuma, pero, entonces, una silueta confusa emergió unos centímetros por encima del agua. Entre la falta de luz y el movimiento constante, entreví un cuerpo. Recordé que muchos delfines llegaban hasta la arena en busca de comida, pero esos movimientos extraños no parecían corresponderse con ningún cetáceo. Se me habían puesto los pelos de punta y salí corriendo hasta el departamento.

Una vez en casa, intenté poner la calefacción, pero no funcionaba y yo había pasado de comentárselo a mi tía. Fui a la nevera y cogí la botella de licor café. Al destaponarla y oler el aroma dulzón que se había quedado impregnado en las sábanas, tuve una arcada. La dejé sobre la mesa y cogí la bolsa del pan de molde. Me senté sobre el sofá. Mientras mordisqueaba una rebanada, volví a escuchar los truenos a lo lejos. Cuando miré hacia la playa, contemplé de nuevo el combate entre olas que amasaban las rocas como el barro. Ya casi era de noche. Con un resplandor de relámpago, contemplé un contorno conocido. Era esa cola que había serpenteado cerca de mí, en la orilla. Me empezó a doler la cabeza. Me levanté y dejé la bolsa del pan sobre la encimera. Tomé unos tragos de licor café. Aún no podía enfrentarme sobria a la realidad. De repente escuché un ruido en el congelador, como si algo golpease desde dentro. No podía ser. No podía ser que hubiese dentro algo vivo. Me acerqué y abrí la puerta. De los tres cajones, algo golpeaba en el último. Lo abrí y, como una piedra gris, un pescado sumergido en agua, una masa fría y viscosa me saltó en la cara como una bofetada. Resbalé al suelo. Escuchaba los saltos del pez sobre la tarima como palmas fuertes. Me levanté y fui a por la fregona. Intentaba darlo, pero era muy resbaloso y se escurría a cada golpe. El bicho quería volver al cajón del agua. Yo le di una patada al cajón y se derramó por todo el suelo. Error. El pez resbaló hasta debajo de un armario de la cocina. ¿Estaba vivo? ¿Cómo podía ser posible? ¿No llevaba ya varios días en el piso? ¿Quién lo había puesto ahí? Aún seguía escuchando los coletazos del animal cuando me acerqué a los otros dos cajones del congelador. Con mucha precaución abrí la rendija del primero para descubrir que estaba repleto de una masa gelatinosa: huevas. Huevas transparentes por las que se movían pequeños renacuajos con ojos negros, como larvas blancamente vivas encerradas

en esferas de saliva blanda. Cerré el cajón de un portazo. Las arcadas me sabían dulce, al licor café que mi estómago intentaba vomitar y no podía.

Intenté volver a por la fregona, pero me di cuenta de que el suelo del piso se estaba encharcando. ¿Cómo era posible? No salía de los grifos. El agua ya me llegaba por los tobillos y parecía que brotaba por las paredes, como lágrimas finas. Seguía subiendo para amparar al pez de debajo del armario. Escuchaba la voz del agua como si fuera una voz antigua, muy vieja. Como si me resultara familiar.

Aún me palpitaba la cabeza cuando vi cómo el fregadero, el lavabo y la ducha se inundaban: los grifos se habían abierto. Ya me llegaba casi a las rodillas y el pez de debajo del armario se me enroscaba en los tobillos con una caricia de fango. Las huevas estaban eclosionando en renacuajos larváticos y se filtraban de los cajones para extenderse por todo el piso como espermatozoides por el útero femenino.

“Tiene que ser el alcohol, tiene que ser el alcohol”. Una arcada me borbotó hasta la garganta. Vomité sobre un banco de renacuajos que lamían en derredor de mis pantorrillas. Intenté llegar a la puerta, pero por la ventana vi que el mar había ascendido hasta la altura de mi piso: todo estaba inundado. ¿Cómo…? ¿Cómo era posible? Por las ventanas ya se filtraba con regueros finos. Olía fuertemente a sal y marisco. De pronto, vi algo, una sombra oscura que se pegó al cristal con un golpe. Intentaba abrir por fuera.

Me quedé paralizada. La criatura pegó un golpe y abrió. Yo salté hasta el sofá. Era una mujer un poco anciana. Tenía torso humano, aunque cubierto de escamas grises. El resto terminaba en una gigantesca cola de pez. Las clavículas se le clavaban y los pechos le caían flácidos hasta un vientre hueco. Lo que más me impresionó fue su rostro: tenía los mismos ojos perla que mi tía, la misma mirada. Era la criatura. A ella era a quien había visto en la playa hacía unas horas. El mismo olor marino a tormenta y sal.

Se me quedó observando. Estaba sólo a un par de metros de mí. Yo miré hacia la puerta. La criatura se interpuso y pareció sonreír en su oscuridad. Cogió uno de los renacuajos y lo puso en la palma de su mano. Lo hizo crecer hasta convertirlo en un ser monstruoso: una especie de bebé con cola de pescado gelatinosa y hocico de cerdo. Me lo mostró. ¿Tenía cierto aire a Pedro? ¿Los ojos tenían cierto aire a Pedro? La sirena no me dio tiempo a reaccionar: abrió la boca y comenzó a devorar al ser. Yo intenté salir, aunque tuviera que tirarme por las ventanas… ¡Me devoraría a mí también! ¡Ayuda!

***

Eco. Sólo escuchaba mi propio eco. ¿Yo había gritado? Entorné los párpados, pero la luz me dolía. Desenfoqué las formas que me rodeaban. ¿Dónde estaba? No era mi casa. Vi el contorno

de dos bolsas de suero sobre mi cabeza. Había un vaso de agua y una caja de medicamentos sobre la mesita blanca a mi derecha. Sentí una punzada en la frente al intentar incorporarme.

Al instante vino un enfermero con una bata blanca y mascarilla azul. Lo acompañaba otra enfermera rubia y gorda. Él se acercó a mí para examinarme las pupilas. “Todo parece que está bien”, le respondió a su compañera. Esta se acercaba con una bandeja blanca de plástico. Me llegó olor a pescado hervido. Reprimí una arcada.

—¿Cómo estás? ¿Te encuentras mejor?

Yo asentí, aunque no sé por qué. Me dolía todo el cuerpo y no recordaba nada más que a la sirena anciana que entró por el ventanal.

—Un vecino del edificio nos llamó porque te encontraron tirada al final de las escaleras. ¿No lo recuerdas? Tienes un golpe muy fuerte en el vientre. ¿No recuerdas nada?

Negué con la cabeza.

—De todos modos, hemos llamado a la policía para que te hagan algunas preguntas porque te escucharon gritar. ¿De verdad no recuerdas nada?

Seguí negando. El olor de la sopa se me incrustaba en las fosas nasales. Abrí los labios para respirar. La enfermera rubia se guardó las manos en los bolsillos. Sólo mostraba los pulgares. Se me quedó mirando:

—Vamos a dejar que reposes esta noche y mañana podrás marcharte. ¿Tienes algún amigo o familiar que pueda venir a buscarte?

Mi mirada se escapó por la ventana a un cielo de cemento negro. Negué al pensar en Pedro, a seiscientos kilómetros de allí. Los enfermeros se marcharon con pasos suaves enfundados en zapatillas de goma.

El hospital estaba cerca del mar y escuchaba los susurros de las olas. Tenía la sensación de que algo me estaba vigilando, pero no sabía el qué. Observé toda la habitación: paredes asépticamente blancas, una ventana y una mesita. Intenté incorporarme un poco. Me dolía mucho el vientre, como si me lo hubieran rajado en dos. Alargué la mano derecha y destapé la bandeja cuadrada de la comida. La sopa y una porción de filete de pescado me hicieron arrojarlo al suelo. Comencé a gritar y llorar.

Los enfermeros irrumpieron de inmediato y me sujetaron contra la cama. Me administraron un calmante que funcionó como las cuerdas de un mástil. Me mantuvo dormida durante todo el día siguiente, pero no me hizo olvidar a la vieja sirena.

A la tarde siguiente, justo cuando la luz del sol caía, me desperté. Escuché de nuevo la voz del mar y a alguna gaviota. Las pisadas del enfermero se acercaban. Venía acompañado por alguien: un agente. Cerré los ojos y me di la vuelta. Una corazonada me decía que debía evitar esa conversación; ese interrogatorio.

—¿No debería haber despertado ya?

—Anoche tuvimos que administrarle un calmante fuerte debido a un episodio de estrés. Los efectos hace una hora que deberían habérsele pasado. No recuerda nada de lo que le ocurrió. No sabemos qué han podido hacerle o si sólo cayó por las escaleras, pero tiene el vientre dañado.

—¿Qué le han visto?

—No podrá tener hijos. ¿Han encontrado algo en su casa?

—Nada. Todo estaba normal. Sólo había una botella rota de licor en el suelo.

—En los análisis sólo consta que consumió alcohol, ningún tipo de droga más. No obstante, la caída y este tipo de comportamiento…

—Avísenos cuando la evalúen en psiquiatría.

Escuché sus pasos al salir de la habitación y estuve esperando unos diez minutos más sin moverme. No podía dejar de pensar en la vieja sirena con el rostro de mi tía. No podía. Y cómo era que no habían encontrado nada en el piso si todo se estaba inundando, el mar había sumergido al pueblo entero: los renacuajos, el pez congelado… No. Si me sometía al examen psiquiátrico seguramente pensarían que me había vuelto loca. La lluvia me interrumpió los pensamientos con sus golpes en el cristal.

Con mucho cuidado, extraje la vía del brazo. Otra vez volvía a tener esa sensación rara de que algo me estaba vigilando. No sabía dónde habrían dejado los médicos mi ropa. Daba igual, me marcharía con el pijama blanco y esas zapatillas de tela. Abrí la puerta y me asomé: en el pasillo no había nadie. Estaba iluminado por unas luces verdes muy tenues. ¿Por qué sentía que quería que alguien me viese y me volviera a llevar a la cama? Pedro. Podría venir, cuidarme; pero ya no podría tener hijos conmigo. Conmigo no.

Caminé de puntillas. A cada paso sentía más esa sensación de vigilancia, ese olor marino a sal. El corazón no dejaba de latirme. Lo sentía frío. Frío y pesado, como si algún pulpo se hubiera enredado en él.

Bajé las escaleras de la primera planta. La puerta roja de urgencias estaba al final del pasillo. La luz verde era cada vez más oscura. Vi que el piso de abajo estaba vacío. Me asomé a la esquina de la escalera y casi corrí hasta la puerta de urgencias. Por alguna razón, escuché el

mar, sus olas, como un lenguaje que mi corazón sí podía comprender. El sonido del agua me mojaba los tobillos. Abrí la puerta: la lluvia arreciaba y un torrente me llegó hasta la cintura. Apenas podía caminar. Nadé en esa masa gélida de agua. Todo estaba inundado. El mar me quería, me llevaría con él hasta lo más profundo. Algo me acarició los brazos. Una caricia muy tierna, un olor a sal de mi infancia: era ella. La sirena con el rostro de mi tía se acercó a mí. Su cola gris era muy alargada y se enroscaba en torno mis pies. Ella levantó mi barbilla y me miró fijamente. Tenía los ojos como los míos: perla. Perla como el mar cuando está nostálgico y llora. Me atrajo hasta ella y me abrazó. No sé por qué sentí que el mar me pertenecía, que no debía volver a tierra. Allí todo era azul coral; deseaba bajar a las profundidades y su silencio para olvidar el barro de la vida, su ruido, su brutalidad, su carne y sangre…

Al soltarme de su abrazo descubrí que yo también tenía la piel escamada, con ligeras motitas negras. Nadaba ligera sobre las aguas con mi cola grisácea y los dedos de mis manos estaban unidos por una ligera membrana. Unas cuantas sirenas más se asomaron a la superficie del mar. La vieja sirena me guio hacia ella para sumergirnos en sus profundidades hasta desaparecer.

Abrí los ojos cuando sentí una arcada dulzona. Expulsé vómito aguado y me dejé caer sobre la cama. Estaba en mi apartamento. Me dolía mucho el vientre y sentía una nebulosa en la cabeza. Todo había sido una pesadilla. Una pesadilla absurda. Me subí la camiseta del chándal y vi que tenía un morado horrible sobre el ombligo. La caída, fuera donde fuese, no había sido ningún sueño.

Volví a recordar a Pedro sin querer. ¿Y si volvía? Pero no podía, no podía ser como las otras mujeres… No me veía con cochecitos ni… Quería seguir dedicándome a mis investigaciones marinas. Tumbada en la cama y sin moverme, mientras me palpaba el vientre recordé cuando lo conocí: en una conferencia sobre geología marina. Me gustó su pelo del color de la tierra húmeda. Siempre me sonreía, siempre fue bueno conmigo. Y yo le amaba. Le amaba de verdad. Quería que yo formase parte de él, de su vida para siempre; quería formar vida a partir de nuestras sangres, de la mezcla de nuestra carne; pero no pude.

No pude atarme a la tierra. No pude atarme a la vida. No pude atarme a la carne.

Yo no soy como las otras mujeres.

Lo siento, Pedro. Me sequé las lágrimas. Saladas como el mar. Me duché y comí un pedazo de pan para salir a la playa.

Era una mañana grisácea y el mar seguía agitado. Escuchaba cómo rompían las olas que rajaban sus vientres en las rocas de los acantilados negros. No había nadie con ese vendaval tan gélido que cortaba los ojos. Me subí el anorak hasta el cuello y me acerqué a la playa no sin antes quitarme los zapatos. Quería refrescarme, aunque el agua estuviese helada. Lo necesitaba. Mis pies no dejaban de caminar y de adentrarme. La espuma me acariciaba los tobillos. Cerré los ojos. De inmediato volví a abrirlos cuando sentí que algo me había rozado los pies. Sentí que alguien me vigilaba. A lo lejos distinguí un cuerpo gris que surcaba las olas hacia mí. Quise gritar, pero no podía. No podía.

La criatura se detuvo a unos metros de mí. Sí, era ella. La luz blanquecina de las nubes se irisaba en su cola plateada y su piel escamosa. Sentí un latigazo. Al fin comprendí.

—Tía.

—Es hora de que vuelvas a casa. —Me miraba con sus ojos como perlas. El pelo blanco se le agitaba por encima de los hombros.

—Pero…

—Mariña, te di el tiempo que necesitabas para aclararte. No eres una mujer humana. Nunca lo serás. No compartes sus deseos ni sus anhelos. Tú sola lo has comprobado.

—¿Y Pedro?

—Pedro te seguirá amando hasta que quizá encuentre a otra mujer que sí quiera tener hijos con él. Nada bueno hubiera salido de tu unión con un hombre terrestre.

—¿Por qué?

—Sería una criatura híbrida entre algo tan inmóvil como la tierra y lo versátil como el agua. Estaría rota consigo misma, como el alma del que hablan los humanos. Esa que dicen, está encarcelada en su carne. Es mejor que tu niño no haya nacido nunca, cariño. Sólo hubiera sufrido el breve lapso de su existencia.

Mi tía me agarró fuerte de las manos y mi piel de carne se cubrió de escamas. Mis piernas desaparecieron para formar una cola plateada que refulgía sobre la superficie del agua.

—Bienvenida a casa, cariño. —Me abrazó y nos sumergimos en las profundidades. Reconocí los arrecifes de corales tan rojos como la sangre humana. La luz de la superficie se abría en abanico para multiplicarse sobre las conchas nacaradas de las ostras.

Mis hermanas, quienes siempre me comprendieron, me esperaban.

Autora:  Bárbara Muñumer

Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.

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