
Me encuentro en la iglesia del Sagrado Corazón, rezando, a mis 58 años, pidiendo perdón por Vera y por mí. Soy Juan, os contaré lo que aconteció.
Mi Vida transcurría en Granada puesto que me había criado allí . En el barrio del Albaicín, cuyo nombre
árabe
significa “barrio de los halconeros”.
Cuando contaba con 15 años tenía pocos amigos, era un niño “ raro “ y contaba con pocas relaciones sociales en el instituto.
Era listo y sacaba buenas notas, pero sólo recibía collejas de mis compañeros y lloraba en casa por ello.
Así que mis padre Ana y Jaime decidieron apuntarme al grupo de la iglesia, del Sagrado Corazón de los padres Jesuitas, en la calle Colón.
Ana y Jaime siempre habían sido muy devotos y llevaban en el corazón a Jesús y la Santa Madre. Todos los domingos me llevaban a misa en esa misma iglesia y mientras paseábamos por el barrio del Albaycín, con sus calles empedradas, la blancura de las casas y sus antiguas calles, lo que me ayudaba a olvidar mi vida en el instituto.
Mi madre era de ir todos los días a misa, confesarse una vez por semana y comulgar a diario. Mientras mi padre, Jaime , me animaba a leer la Biblia y me hablaba de ella .Decía que en ocasiones la Biblia era muy divertida y muy “ verde “,sus pasajes favoritos eran los de Adán y Eva y el de Salomé.
En el grupo conocí a Moisés y a Vera. Moisés tenía 15 años, igual que yo y Vera la monitora, 16 años.
Moisés y yo nos convertimos en inseparables nos gustaba vernos y ir a contemplar La Alhambra, aunque no pudiéramos entrar y tuviéramos que conformarnos en verla desde fuera.El amanecer allí era maravilloso.
Pronto Vera nos animó para que nos hiciéramos monaguillos y le ayudáramos al Padre Ricardo, el Jesuita de la mencionada iglesia, en la omilia.
Moisés y yo íbamos muy a gusto a ayudar al padre Ricardo y le contábamos todo lo que había acontecido al día. Y nuestros pensamientos más íntimos.
Moisés y yo nos lo pasábamos bomba juntos .Moisés sabia imitar voces y nos divertíamos mucho imitando al cura y a los feligreses.
Vera, en cambio, era otra cosa. Creo que sentí el despertar de la carne viéndola a ella. Era una chica que con 16 años era toda una mujer .Era alta, delgada, castaña ,ojos marrones,labios sensuales…
Se movía con mucha sensualidad y tenia unas manos muy bonitas.
Ella nos enseñaba la palabra de Dios en la catequesis.
Moisés y yo empezamos a quedar con Vera fuera de la iglesia, pero Moisés pronto se dió cuenta de que 3 son multitud.
Vera sentía predilección por mí y no lo escondía. Me pasaba las manos por la cara cuando estábamos solos en el parque, me rozaba con sus senos y charlábamos de escaparnos un día a la Alhambra y pasear por los jardines del
Generalife
, con su colorido de flores, su espesura, su romanticismo.
Pronto ocurrió lo que tenía que pasar, nos dimos un beso en los labios. Empecé a estar todo el día pensando en ella, cuando comía, estudiaba o me duchaba. Vera empezó aocupar todo mi pensamiento y todo mi ser. Ella en cambio se dejaba querer, en las clases de catequesis y en el parque, a solas conmigo.
Un día me armé de valor y le dije:
– Vera a mi me gustaría perder la virginidad contigo. Y ella me contestó:
– a mi también Juan.
No teníamos ni coche ni
dinero
para una habitación, así que ideamos un plan.
– Mira Juan el jueves cuando acabe la misa a las 20,30 te escondes en la iglesia, yo acudiré, me abres desde dentro y estaremos juntos en el campanario, cariño.
El jueves acudí a ayudar al Jesuita, el padre Ricardo, en la omilía. Estaba absorto, ni tan sólo, escuché el sermón del cura, al que siempre prestaba atención.
Cuando acabó, me escondí en la alcoba que había al lado de la
sacristía
y oí al padre Ricardo marcharse. A los diez minutos llamaron a la puerta, y era ella, le abrí. Nos besamos y pasamos dentro. Cerramos la puerta y nos dirigimos al campanario.
Este estaba compuesto por una enorme escalera de caracol que se caía a trozos. Las paredes estaban por pintar y tenían desconchados. El techo estaba agrietado. La escalera subía el espiral hasta el campanario, mientras nos besábamos y nos agarrábamos las manos. Cuando llegamos arriba estábamos muy cansados. Allí no había nada más que un suelo y un muro con campanas en lo alto.
Y en ese lugar, en un frío día de otoño perdimos la virginidad en el suelo. Cuando habíamos acabado después de estar un buen rato abrazándonos y besándonos tuve una idea. Me Vestí y le dije:
- – Vera, voy a comprobar una cosa, ahora vengo.
- – No tardes cariño.
- – Enseguida estoy aquí, amor.Cerré una pesada puerta y bajé unas cuantas escaleras. Allí estaba Moisés escondido. – Oye como ha ido, me dijo.
- – Ya está Moisés, ya no soy virgen.
- – Pues vamos, me dijo este.
Subimos hasta la puerta que había cerrado y empezamos a llamar. Yo golpeaba la puerta con los nudillos y mi amigo imitaba la voz del padre Ricardo, que le salía a la perfección,y decía:
– Abre Vera, abre Vera
Abrimos la puerta para reírnos de todo esto con Vera y allí no había nadie. Vera se había lanzado por el campanario.
– Que Dios nos perdone, Moisés.
Autor: José Ramón Mora Moreno.
Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.
