
Avanzaba el poeta por el silencioso
claustro
, retumbando en su cabeza las historias escuchadas de los aldeanos en las frías noches acerca de la bruja tía Casca, del castillo de Trasmoz levantado en una sola noche y de tantas otras leyendas sobrenaturales acontecidas en aquel hermoso paraje dominado por el imponente Moncayo. De súbito, sintió una presencia a su espalda. Algo extraño teniendo en cuenta la hora tan intempestiva. Avanzó raudo por la centenaria galería hasta alcanzar la puerta de la iglesia y a volver el rostro, adivinó una presencia escondida tras una laude sepulcral. ¿Quién anda ahí? – acertó a decir. Pero ni un solo sonido más pudo salir de su boca desencajada cuando contempló con total nitidez como aquella figura tras clavarle su pétrea mirada, regresaba a su
capitel
cisterciense bellamente labrado con una sonrisa aviesa dibujada en el rostro.
Raúl Garcés Redondo