
Agua, solo agua. Un pequeño hilo que derrama aquella gárgola . Y en ese charco que va formando, el reflejo de un majestuoso edificio que deja admirados a los transeúntes.
Seguir caminando hacia una gran avenida, para cruzar y subir a un bosque fresco en verano y húmedo en invierno. Una puerta emblemática me mira desde casi el final de la subida.
¿Un atardecer inigualable? Claro, en una terraza con un café bombón, desde un edificio que cae hacia el antiguo barrio judío.
Mientras el aroma del café me llena el olfato, los demás sentidos puestos en el sol que va oscureciendo con su marcha la blancura inmaculada de un macizo montañoso. Y entonces las luces iluminan el lugar.
Hora de bajar, Paso por delante de esa “catedral” dominica, que da cobijo a obras de grandes imagineros. Dejo atrás la Qubba en un Cuarto Real, mientras desciendo por la cuesta de la Honesta. Algún gato maúlla a lo lejos, en los jardines de aquella Reina…
Otro día espléndido paseando como cualquier turista por mi ciudad, disfrutando de aquellos lugares que, aun llevando siglos en el mismo lugar, pasan desapercibidos para quien solo ve.
El secreto: Mirar.
Conchi García Garrido