Mosqueruela es un pequeño pueblo encaramado en las alturas del Maestrazgo turolense. Está lejos del mundo, pero tal vez esa circunstancia haya protegido su belleza. Entre otros atractivos, como la calle porticada , la iglesia parroquial, los restos de la muralla medieval y sus correspondientes puertas historiadas, hay uno al margen de la visión ordinaria: un archivo de documentos civiles de los siglos XVI y XVII guardados en una estancia reservada de la iglesia. Ese archivo ha dado lugar a un pequeño Museo de Documentos Históricos, abierto al público en la ermita de Santa Engracia.
Recorriendo la villa, encontré un rótulo clavado en una puerta que decía CABEZÓN. Me sorprendió. Estaba escrito con letra gótica sobre una especie de pergamino. Alguien que pasaba por allí, se me quedó mirando y esbozó una sonrisa. Me intrigó su reacción.
Pregunté por aquella casa en el hotel Montenieve, donde iba a comer. Me dijeron que el dueño estaba allí, en el bar del establecimiento. Lo abordé. Era un tipo dicharachero, amable y festivo. Su verdadero nombre era Florencio Martín y le pregunté por el extraño rótulo de su puerta. Me explicó la historia:
“Un día fui al juez para cambiarme de nombre. Le dije que me llamaba Luis Cabezón y que la gente se reía de mí. Me preguntó qué cambio quería hacer. Le respondí que Juan Cabezón”.
Su risotada resonó por las calles del pueblo, tal vez hasta hacer oscilar el pergamino que colgaba a la puerta de su casa.
Francisco Javier Aguirre González