Era un sábado cargado de jolgorio en el mes donde la ciudad se viste con millones de luces de colores. Mi tío Miguel, un solterón amante del aguardiente, estaba sentado junto a la barra degustando las primeras copas, su intención era calentar su garganta y afinar su voz de polémica. En ese momento, una mujer entró al Salón Málaga. Miguel como hipnotizado únicamente pensó en halagarla y se dirigió al cantinero, un guaro para la dama, yo invito.
El trago llegó a su destinataria con las palabras, de parte de Mijaíl. Ella buscó con la mirada a mi tío, le sonrío y se lo tomó con un solo movimiento. Un minuto después le llegó un segundo trago, así que se levantó con la copa en la mano, Dios le pague, señor Mijaíl. En ese instante mi tío Miguel recordó porque todos lo llamaban Mijaíl Baku.
Disculpe señorita, pero Dios no existe. Luego introdujo la mano al bolsillo, sacó unos billetes de a peso y se dirigió a todos, En este mundo el dinero es el verdadero Dios y los banqueros son sus sacerdotes, ellos saben vender las indulgencias. Y los lanzo al aire.
La mujer miro con desprecio a mi tío, soltó una risa burlona y se fue contoneándose por la calle Bolívar hacia el parque de Berrio. Mientras tanto, él tomaba otra copa sentenciando, otra católica más que se suma a las pérdidas.
Edison Ortiz Toro