Aquella calle de Santa Catarina era una calle más de los pueblos del
lago Atitlán: polvorienta, con casas humildes de bloque gris. Solo era
especial por una casa pintada de color melocotón, con una inscripción en cachiquel. Según un pequeño indígena, la inscripción de la pared decía «muchacha bonita». Memoricé su pronunciación en el dialecto maya. En el chiringuito, distraído, lo repetí un par de veces. La cerveza se posó sobre la mesa acompañada de un rugido: «¡soy una mujer casada!».
Avergonzado, dejé el dinero en la mesa incluyendo propina y me fui.
Volví a pasar por la casa de la inscripción. Lo repetí en voz baja; no
quería olvidarlo. Ya en casa, llamaron a mi puerta. Era el niño que me
había traducido la inscripción. Me dio una nota en inglés, con la firma
«Muchacha Bonita». La leí. La camarera no estaba casada, solo cuidaba su reputación. Le pregunté al pequeño si la había leído. No sabía inglés.
Permaneció en la puerta. Saqué una moneda que no aceptó. Antes de salir corriendo, dijo: «¡Cuidado con ella, gringo!». Cuando llegué al lugar donde la camarera me había citado, ella me esperaba. Hizo señas para que la siguiera. Nos alejamos del pueblo, ladera arriba, con Luna llena.
Andamos una hora. Cuando se detuvo, se giró. Señaló la Luna, miré y al bajar la vista, tenía ante mí un jaguar. Me preguntó: «¿Todavía te
parezco bonita?». Señalé la Luna. Su mirada se iluminó cuando, al volver a mí, vio un león.
Carlos García González