Había ido a Cuba con poco dinero . Y solo, porque mis amigos aún tenían menos dinero. Así que me alojé en una casa de huéspedes en Centro Habana, la más barata que pude encontrar. Sin ventanas ni aire acondicionado, así de espartano era yo entonces. Hay saunas en Noruega más fresquitas que aquella habitación.
Me enteré por una guía que en un barrio de La Habana había un parque llamado John Lennon con una estatua de Lennon sentado en un banco. Así que para allá fui, caminando el Malecón, que es más famoso que bello, y preguntando a los lugareños.
Sentí que El Vedado era mi barrio a medida que lo recorría. La parada para ver una película en el cine Yara me llevó a los años setenta y los coches que pasaban, a los cincuenta.
Por fin llegué a aquel banco, me senté junto a Lennon. No nos dijimos nada. Entonces vi a una señora mayor acercándose a toda prisa. Pensé que había hecho algo mal, que tal vez no estaba permitido sentarse en el banco. Llevaba algo en la mano que agitaba profusamente.
– Señor, las gafas – dijo.
– No he perdido mis gafas – le dije palpándome las de sol que colgaban en mi camiseta.
– No. Son las de John Lennon. Yo las guardo para que no se las roben – dijo colocando las gafas a John y regalándome una sonrisa.
Acabamos los tres haciéndonos una foto. El más serio era John.
Juan David Vargas Pérez