Estoy al pie del valle de Poià, en la sierra de la Marina, que se extiende a lo largo de varias localidades barcelonesas. Es refugio de erizos, zorros y aves migratorias y carroñeras, y de encinas, robles y pinos. Si miro al frente, entre las sombras de colores del último momento del día, puedo contemplar el mar y el municipio de Badalona, fundada por los romanos. Vale, no es la mejor ciudad: está sucia, muchas calles deberían ser arregladas y se producen actos vandálicos; aunque es donde me he criado y he vivido siempre, y me gusta que esté entre el mar y la montaña. Si me giro, puedo ver la silueta del monasterio de Sant Jeroni de la Murtra; de estilo gótico , los Reyes Católicos recibieron a Colón al volver de su primer viaje a América. En esta zona he pasado buenos momentos, ya sea paseando en solitario o acompañado, ya sea de acampada con el Centre Excursionista cuando era pequeña. Todo eso ha hecho que admire y respete la naturaleza. Creo que por ese motivo elegí esta profesión, para protegerla. Pero no siempre sale todo como uno quisiera, y a veces hay que tomar decisiones dolorosas.
Pronto se elevó una espesa columna gris que asfixiaba el horizonte. Después, un tembloroso resplandor anaranjado. Y finalmente, una inmensa y negra solitud. En el aire revoloteaban, mezclados, restos de rastrojos secos y, en forma de trozos de papel carbonizados, de un contrato temporal finalizado de bombero.
Sandra Fernández Jurado