Mamá nunca subió a un avión ni montó en barco. No es que le diera miedo. Más bien andaba siempre apurada de dinero . En realidad, nunca se planteó la posibilidad de viajar. Desde que murió papá, andaba siempre liada con su costura, patrones, hilvanes y bordados. Solo por la noche, cuando la vista ya no le alcanzaba para enhebrar agujas ni se arriesgaba a cortar los retales, se permitía volar.
Volcaba sobre la mesa una caja de zapatos donde guardaba decenas de postales. No sabíamos de dónde las había sacado, pero era el único momento del día en que la veíamos sonreír. En una, nos señalaba las cumbres blancas de los Alpes escandinavos. En otra, aparecía un valle verde donde pastaban vacas. Tal vez, Suiza. Había una muy manoseada con una puesta de sol sobre las playas de Copacabana y otra con rascacielos, quizás de Nueva York. Todas eran de lugares desconocidos para nosotros.
Un día le pregunté, muerto de curiosidad, por el origen de las postales. Las había encontrado en la calle, junto al contenedor de basura. Decía que no entendía cómo alguien podía desprenderse de tantos momentos de felicidad. Cada noche las leía y se adueñaba de las palabras que un tal Henry, desde los lugares más bonitos del mundo, le dedicaba a Anaïs Nin.
María Soledad García Garrido