Él se tomó la revancha en mí. Había sido vencido por aquella muchacha y, para resarcirse, me eligió como su victima.
Pasaba unos días en Olvena. Se me apareció cuando miraba el viejo puente que cruza el río Ésera. La leyenda dice que una muchacha engañó al diablo diciéndole que, si construía el puente antes de que cantara el gallo, le daría su alma. Poco antes del amanecer, cuando vio que al puente le faltaba una sola piedra, la muchacha encendió un candil frente al gallo y éste cantó. El diablo resultó humillado. No obtuvo la deseada alma. La ingeniosa muchacha, en cambio, consiguió su botín, el puente.
Conmigo utilizó pocas palabras.
-Te daré lo que quieras a cambio de tu alma.
Me alejé unos pasos.
-¿Todo el dinero que quiera?
-Todo
Bajé la mirada.
-Déme el contrato para firmarlo.
Sonrió.
-Conmigo no se firma con tinta, se firma con un acto.
-¿Cuál?
Me susurró en el oído lo que tenía que hacer. Algo que prefiero no contar. Algo cruel, horrible.
Me senté en una roca. El sol brillaba.
-Necesito pensarlo ¿Me da un plazo para responder?- finalmente le dije.
-Ahora da lo mismo.
El diablo miró irónico al cielo.
-Ya he conseguido tu firma. Cualquiera que dude, aunque sea por un instante, de que no se puede hacer cualquier cosa por dinero, ya ha vendido su alma. ¿No crees?
Vicente Pérez Masedo