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RONGO Y LA HERRAMIENTA MÁGICA

    Es un domingo más del mes de diciembre en Bahía Maitai, en la ciudad neozelandesa de Northland donde vivimos. Por suerte tengo libre y puedo llevar a mi hijo Rongo Jr. a que se entretenga en la playa cerca de donde vivimos. Tiene siete años y nadie puede negar que es hijo mío, soy un orgulloso padre que tiene una fotocopia de sí mismo en pequeño. Es un niño activo, cariñoso, curioso, buen maorí como el resto de su familia, pero últimamente anda muy malhumorado y pensé que ir a la playa le vendría bien, siempre se divierte aquí jugando con la arena, molestando a los cangrejos y haciendo unos pases conmigo con el balón de rugby. Hoy no, está serio y callado y yo, que respeto mucho sus silencios, simplemente le acompaño en el paseo por la orilla, la playa es una preciosa bahía con forma de herradura, inmensa a la vista con olas siempre muy altas y arena blanca y fina, de esa que se mete entre los dedos y lo ensucia todo pero que, con suerte, se va fácil cuando te la quitas de encima. Las vistas son impresionantes, océano Pacífico a un lado y unos gigantes acantilados al otro. El día está un poco nublado, pero hace buena temperatura, nada de viento por lo que podemos ir con el pelo suelto y no tener que recogérnoslo en moño detrás de la nuca, Rongo odia ese moño, dice que es de abuela, a mi me parece una manera cómoda de llevar la cabellera recogida. Como el sol, a pesar de ser verano, no está muy fuerte vamos sólo con pantalón corto, le he dejado que vaya sin camiseta para ver si se pone de mejor humor, sin esperármelo y rompiendo su silencio me dice:

    – Papá, ¿por qué no nieva en Northland?

    – ¿Cómo? —le contesté ridículamente como si no hubiera odio la pregunta mientras me pensaba una respuesta que él pudiera entender 

    – ¿Qué porqué no nieva aquí? 

    – ¿Y para qué quieres nieve hijo? ¿Mira toda la arena que tienes alrededor? La nieve es agua, tienes un océano delante. 

    – Los niños pakehas del colegio en época de Año Nuevo se van a esquiar a la nieve a Europa. Y me enseñan fotos de muñecos de nieve y van con abrigos. 

    – Los niños ingleses de tu colegio se van a ver a sus familiares y celebrar la Navidad con ellos. 

    – No me gustan estas fechas, me quedo solo. Mamá y tú trabajáis en el taller de artesanía y Samara os ayuda y nadie quiere jugar conmigo. 

    – Eso no es cierto Rongo, los niños de Omahuri son maoríes como nosotros y no se van a ningún sitio por Navidad. ¿Porqué ya no quieres jugar con ellos?

    – ¡La Navidad es un asco! ¡Quiero esquiar y llevar jerséis de cuello alto! 

    Me sorprendió ese vocabulario y el tono tan pesado con el que se expresó. Realmente estaba disgustado y conociéndolo, no era ni por la nieve ni por los jerséis de cuello alto que no se ha puesto en la vida, era porque se sentía solo. Para consolarle le hice sentarnos en un tronco grande que había traído la marea hasta la orilla y estaba anclado a la arena y le dije:

    —Te voy a contar algo que no he contado nunca a nadie, atiéndeme que es un secreto de familia.

    Me miró con los ojos abiertos y una sonrisa enorme que dejaba ver sus dientes pequeños y blancos. Contrastaban con su tez morena y cuando se ríe las aletas de su nariz chata se elevaban hacia los mofletes dándole una expresión entrañable.

    —¡Cuéntame, padre! Prometo guardar el secreto.

    Y le conté la siguiente historia:

    —Cuando yo tenía tu edad andaba justo por esta playa sólo pensando en que los abuelos trabajaban en el taller, mis hermanos les echaban una mano por ser Navidad y tener más faena que el resto del año. Ya sabes que vivimos de la artesanía y las cosas que tallamos con maderas es en estas fechas cuando más se compran para regalar o los extranjeros que vienen de vacaciones se llevan como recuerdo. El caso es, como te digo, que yo estaba sólo en la playa, un día parecido al de hoy, pero hace ya treintaicinco años. Llevaba el pelo largo y sujeto a la cabeza con una cinta roja, como las que te pongo a veces a ti para ir al colegio y que no se te ponga el pelo en la cara. Se me ocurrió que como hacen los pakehas yo también iba a hacer un muñeco de nieve, pero en vez de nieve sería de arena. Hice dos bolas grandes de arena y puse una encima de la otra. Me faltaba darle un poco de forma así que usé lo que encontré por los alrededores para ponerle cara. Usé algas de las rojas como pelo, trozos de coral como boca, manitas y pies y tres trozos de carbón que había llegado a la orilla como ojos y botón en la pechera. Con un palo largo y un esqueleto de coral blanco le hice un bastón como los que llevan los Tohunga y mientras lo miraba concentrado pensando qué le faltaba algo el Tohunga de nuestro pueblo apareció a mi lado. Me dio un susto de muerte porque yo pensaba que estaba solo. Este anciano, que tú no has llegado a conocer, era uno de los más respetados sabios de la comarca. Tenía el pelo muy largo, blanco, suelto con unas plumas enganchadas con nudos en la parte trasera izquierda de su cabeza, ya lo había visto antes pero no de tan cerca y me fascinó su Ta Moko, tenía toda la cara tatuada y de cerca se podían ver las formas y dibujos de aquellos maravillosos tatuajes que tantas historias contaban. Tenía los ojos hundidos y pequeños igual que la boca, pero de repente la abrió para hablarme y su voz retumbó como si de un gigante se tratara. Me dijo en Te Reo: Rongo, ¿qué te falta para estar completo? Y yo al principio no supe que decirle, luego miré mi muñeco de arena y le contesté una nariz para el muñeco. El Tohunga miró su bastón y partió un trocito de una de las ramitas que crecían en la parte superior del mismo. La cogió, encorvó su viejo cuerpo hacía mí y me la ofreció con sus manos también tatuadas con Ta Moko y me dijo con la misma voz de trueno: con esto encontrarás lo que te falta.

    Cogí la ramita y se la clavé a mi muñeco de arena en medio de la cara. Ya tenía nariz. Sentí una enorme satisfacción. Cuando me giré para darle las gracias ¡ya nos estaba! Me levanté, giré la cabeza para un lado y para otro como un ventilador, ¿donde se había metido aquel anciano?, si era más viejo que el océano ¿cómo había podido correr tanto como para perderlo de vista en segundos? Pensé en que todo era parte de la magia de los sacerdotes. Suspiré y cuando me giré a ver a mi muñeco de arena ¿sabes qué?, pues ¡que tampoco estaba! En cambio, me encontré un niño idéntico a mí, bueno igual que yo pero hecho de arena, coral, el pelo rojo y no negro como el mío, lo que era negra era la cinta del pelo que se lo sujetaba. Me miró y sonrió, era como estar viéndome en un espejo pero viéndome a mí mismo de arena y sal. Era todo muy extraño, pero curiosamente ante aquel fenómeno no sentía ningún miedo. Hola soy Areno, ¿me has llamado? Dijo.

    —Espera, espera, espera— Interrumpió Rongo Jr. mientras se levantaba del tronco estupefacto moviendo las manos haciendo gestos de alto — ¿El muñeco de arena cobró vida?

    —Sí hijo, deja que siga con la historia. Lo mejor está por llegar. Vuelve a sentarte.

    El caso es que yo no me creía lo que estaba viendo, pensé que igual me había dado mucho el sol y que estaba teniendo visiones, volví a girar la cabeza como un ventilador en busca de más gente, pero seguía sólo en la playa. Bueno sólo no, con Areno. Hola, soy Areno, me repitió. Su voz sonaba como la mía, se rascaba la mejilla como lo hacía yo cuando estaba impaciente pero al rascarse le caían granitos de arena. Que milagrosamente volvían a crecerle de la cara. Lo miraba extrañado y él me miraba girando la cabeza como la giran los perros cuando oyen algo con curiosidad. Hola soy Rongo, le pude decir al fin. Hola Rongo, soy Areno, me has llamado por algo, ¿qué es lo que te falta? La pregunta me dejó un poco descolocado, era lo mismo que me había dicho el Tohunga y no supe qué contestarle al principio. No lo sé, le dije, dime tú que es lo que me falta porque pensaba que era tu nariz. Areno se río, nos reímos juntos, él soltaba unas carcajadas muy grandes y a mi se me contagiaba su risa. Cuando ya pudimos parar de reírnos de nosotros mismos Areno me dijo, Rongo salgo de la Tierra, del mar y de la sal cuando alguien necesita algo y me llama, si tu sacerdote te ha dado la herramienta para llamarme es porque necesitas respuestas. Cuéntame qué haces aquí y qué es lo que buscas estando solo.  Entonces me di cuenta que la herramienta era el palito que había usado de nariz. Me quedé callado un momento pensando en las respuestas a sus preguntas, mientras lo pensaba el se acercó a la orilla, seguía nublado y hacía algo de viento lo que provocaba que su pelo rojo le moviera con suavidad, sus pies de deshacían con cada ola que llegaba a la orilla y se volvían a formar con la arena cuando las olas se marchaban, era asombroso. Los cangrejos se le acercaban y ¡se le metían por dentro del cuerpo! Y él solo se reía, y extendía los brazos para sentir el viento y las olas, entonces ví que Areno era feliz y que, sin duda, el océano, el viento, la arena, los cangrejos y las olas eran su familia y supe qué era lo que me faltaba y supe qué era lo que no me gustaba de la Navidad. ¡Amigo! Le grité desde la playa, ¡ya sé que me falta ahora! Areno dejó salir a los cangrejos de sus piernas, les dijo adiós con la mano mientras se acercaba de nuevo al lugar donde me había quedado pensando y me preguntó de nuevo ¿ya lo sabes? Sí, le dije, me falta tiempo con mi familia Areno. En Navidad todos trabajan y nadie quiere jugar conmigo porque soy pequeño para trabajar y ellos grandes para jugar. Areno volvió a torcer la cabeza como un perro curioso, de un soplido se apartó un trozo de alga-pelo rojo que le tapaba un ojo, me miró y me dijo con voz baja

    —Querido amigo, las fiestas de fin de año son para estar con la familia. Algunos tienen que trabajar para que otros disfruten, coman exquisitos guisos, compren regalos y esas cosas que hacen los mayores. ¿Por qué si los echas de menos en vez de venirte a la playa solo no vas a ayudarles? Somos maoríes Rongo, tenemos una conexión mágica con la madre Tierra. Tenemos que celebrar el Solsticio de Invierno en familia, eso que los pakehas llaman también Navidad. No hay porqué enfadarse o tenerles envidia de sus costumbres, tenemos las nuestras que son más antiguas y mágicas. ¿Si no, de qué iba a estar yo aquí? Llevo siglos entre vosotros y me da pena ver como a veces no disfrutáis de vuestra familia.

    Tenía ganas de llorar, Areno me había dado una lección muy importante. Diciembre es un mes para celebrar y para estar en familia, hay tiempo de jugar el resto del año. ¡Vivimos en Nueva Zelanda! Le abracé y le di las gracias por su consejo. Él me cogió de los hombros, acercó su cara a la mía y juntó nuestras narices para realizar el saludo hongi tan propio de nuestra cultura. Sonrió y antes de convertirse en arena con el viento me dijo, siempre que me necesites me podrás llamar con la herramienta. Y si a algún niño de tu familia le falta algo que me venga a preguntar. Y desapareció convirtiéndose de nuevo en playa. 

    Después de unos segundos disfrutando del viento que había levantado me quité la arena del pelo, recogí mis cosas y me fui corriendo a casa de los abuelos para estar con ellos y con los tíos. 

    ¿Has entendido?

    —Papá, ¿tienes la herramienta?

    —Sí hijo. A pesar de que me hubiera gustado volver a ver a Areno nunca la volví a usar porque ¿sabes qué? Desde entonces supe que lo que nunca me faltaría sería el amor de mi familia, el calor de mi hogar y el cariño de mi gente y mi pueblo maorí.

    ¿Todavía quieres irte a esquiar y esos jerséis que deben picar un horror?

    —No padre, soy maorí y orgulloso de serlo —Se golpeaba los brazos a haciendo una haka mientras lo decía—. ¿Heredaré la herramienta?

    —Sí hijo, pero sólo podrás usarla con las condiciones mágicas. Sólo si un niño de tu familia la necesita.

    —Lo prometo. ¿Volvemos a casa? 

    —Volvamos, hagamos la cena para mamá y tu hermana que cuando acaben de trabajar estarán hambrientas. ¿Qué te parece que preparemos para cenar tuatua y una pavlova de postre?

    —¡Sí! ¡Sorprendámosles a todos¡

    Me alegré mucho de ver como Rongo volvía a ser el niño alegre de siempre después de contarle aquella historia. ¡Niños¡, se lo creen todo. A ver de donde saco un palo de camino a casa.

    FIN.

    Autora: Gema Comes Marín

    Biografía de la autora:

    Ella nació en Valencia en 1980, siendo la mediana de tres hermanos y la más inquieta. Los libros y los cómics la acompañaron durante toda su vida, gracias a la influencia de unos padres que le inculcaron el amor por la lectura. Amante del arte, el pragmatismo la llevó en sus estudios por el camino de la sanidad y las industrias de alimentación. Actualmente, ejerce como mando intermedio en una empresa de platos preparados durante el día, mientras que por las noches y en sus ratos libres se dedica apasionadamente a la lectura, al dibujo y a la escritura.

    Otros cuentos publicados:

    La historia de Eva – Adquirir en Amazon

    Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.

    Bases para participar en este concurso

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