
Quien recorre La Alpujarra con la curiosidad despierta descubre, tarde o temprano, que aquí el agua es algo más que un recurso: es un hilo conductor de historias, batallas, cultivos, migraciones y asentamientos humanos. La Alpujarra no se entiende sin sus acequias , sin su trama de fuentes, sin sus barrancos de agua helada que bajan desde las nieves de Sierra Nevada como venas abiertas en la montaña. En medio de este entramado hidráulico y cultural aparece el Aljibe Campuzano, un pequeño gigante de piedra que lleva siglos acompañando a pastores, viajeros, soldados, agricultores y senderistas.
Situado en las inmediaciones de Fondales, uno de los núcleos que conforman La Tahá , este aljibe parece esconder, bajo su diseño sobrio y su mampostería oscura, un compendio de la memoria de la comarca. No destaca por su tamaño, ni por su ornamentación, ni por la abundancia de agua que alberga. Destaca por su perseverancia y por la singular manera en que sintetiza el espíritu de la Alpujarra: ingenio, adaptación, sencillez y una profunda relación entre el ser humano y el paisaje.
Acompáñenos a descubrirlo.
Un vestigio medieval en un paisaje sin tiempo
De todos los elementos que pueblan el paisaje cultural de La Alpujarra, el Aljibe Campuzano es uno de esos que pasan desapercibidos hasta que uno se detiene a observar. Y es entonces cuando surge la magia: bajo la aparente humildad de su estructura rectangular y su bóveda de medio cañón , se encuentra una pieza hidráulica que podría remontarse a entre los siglos XII y XIV, un periodo marcado por el florecimiento de los sistemas de irrigación islámicos.

Esa datación lo ubica en una época en la que la arquitectura y la ingeniería hidráulica estaban profundamente vinculadas a la necesidad de domesticar el agua en un medio duro y escarpado. La Alpujarra medieval era un complejo puzle de acequias, albercas, molinos y aljibes que permitían convertir laderas imposibles en bancales fértiles, y aldeas aparentemente inaccesibles en lugares prósperos.
El Aljibe Campuzano formaba parte de ese puzle. Su función era clara y vital: suministrar agua a personas y animales en una zona donde las lluvias son escasas y la pendiente del terreno evita retenciones naturales. De ahí que la construcción fuera robusta y su diseño, impecable: muros de piedra pizarra —el material metamórfico de la zona— unidos con mortero de cal y arena, un vano lateral para el acceso, y una bóveda de medio cañón que permitía proteger el agua de la evaporación y de la contaminación externa.

El aljibe tiene 7 metros de largo, 3 de ancho y 3 de alto: proporciones modestas que responden a su función y al carácter itinerante del uso pecuario y humano que tuvo. Cuenta con un sistema de captación de escorrentías desde media ladera y desde un barranco cercano del Cerro Corona.
De ese sistema todavía se pueden seguir rastros sobre el terreno: canales, pequeñas zanjas erosionadas, restos de conducción. Son huellas discretas, pero hablan de un paisaje que fue trabajado con paciencia y sabiduría durante generaciones.
Junto al aljibe principal, casi escondido y parcialmente enterrado, se encuentra otro más pequeño y deteriorado. Su presencia sugiere que el lugar funcionó históricamente como un conjunto hidráulico, reforzando la importancia de este punto estratégico en rutas de pastoreo y tránsito.
Un escenario inesperado de batallas
Pocos viajeros sospechan que este aljibe, silencioso y apartado, presenció algunos de los episodios más tensos de la Rebelión de los Moriscos (1568-1571), el prolongado conflicto que enfrentó a la población morisca del Reino de Granada con la Corona de España.
Aunque hoy lo rodea un ambiente sereno —el murmullo del Trevélez, el perfume del castañar, la soledad de los antiguos caminos—, en el siglo XVI este enclave fue un campamento militar, un punto de acopio de tropas y un recurso logístico de primer orden.

En 1568, las tropas cristianas que perseguían a los moriscos rebeldes establecieron aquí un área de acampada, y el aljibe se convirtió en un verdadero salvavidas para hombres y animales. Su utilidad quedó marcada para siempre en la historia local, pero no sería esta su única aparición en las crónicas bélicas.
En 1570, durante una maniobra arriesgada del Duque de Sesa, el ejército cristiano volvió a utilizar el aljibe como punto de alojamiento y descanso. El Duque había decidido evitar los pasos fortificados y tomar un camino inesperado desde Órgiva, avanzando hacia Ferreira por la zona de Juviles. Su destino: el Aljibe Campuzano, ubicado en una ladera estratégica que controla visualmente Pórtugos y gran parte del valle del Trevélez.
Esa noche, el lugar se convirtió en un verdadero infierno.
Aben Aboo, líder morisco, consciente de la importancia de controlar los pasos y los puntos de agua, lanzó un ataque feroz contra el campamento:
- Escopeteros rodearon la zona, disparando desde las laderas durante más de dos horas.
- La retaguardia cristiana fue acometida desde varios frentes simultáneamente.
- La caballería tuvo que defender la subida al cerro que domina el aljibe para evitar que cayera en manos moriscas.
- El propio Duque de Sesa tuvo que intervenir con artillería.
Era imposible avanzar o mantener la posición sin asegurar el aljibe. Al final, pese a los repetidos asaltos y al fuego cruzado que asoló la ladera, el Duque logró mantener la posición: la artillería, la caballería y la decisión de sus capitanes impidieron que el aljibe cayese en manos enemigas. Los moriscos, a pesar de su arrojo, se retiraron al amanecer, y el depósito continuó cumpliendo su función vital para el campamento.
Ayer estuvimos de excursión por este parece y es muy bonito