
En el corazón de la actual provincia de Granada, en el término municipal de Puebla de Don Fadrique, se encuentra un lugar que a simple vista puede parecer solo un cerro rocoso más del paisaje. Sin embargo, bajo sus piedras se esconde una historia fascinante: la del Cerro del Trigo, un fortín romano que nos habla de la conquista de Roma y de cómo el mundo ibérico de la Bastetania fue transformado para siempre.
Este enclave, que hoy podemos visitar como unas ruinas silenciosas, fue en su día un punto estratégico de primer orden. Su importancia no radica solo en sus muros caídos, sino en lo que representa: el choque entre dos mundos, el prerromano y el romano, y la manera en que Roma logró imponer su poder en una tierra acostumbrada a resistirse.
La Bastetania: un pueblo en movimiento
Para entender la relevancia del Cerro del Trigo, hay que viajar mentalmente a la Bastetania, el territorio ocupado por los bastetanos, un pueblo ibérico que habitaba las actuales provincias de Granada, Almería, Jaén, el sur de Albacete y parte de Murcia.
Lo curioso es que la Bastetania no era un país con fronteras claras como los que conocemos hoy. Más bien, era una comunidad de gentes que compartían cultura, costumbres y una forma de vida agrícola y guerrera. No tenían un “estado” en el sentido moderno, sino una red de oppida (ciudades fortificadas) que controlaban el territorio.

Durante mucho tiempo, los bastetanos estuvieron influidos por los cartagineses, que los reclutaban como mercenarios y explotaban los recursos minerales y agrícolas de la región. Pero con la llegada de Roma tras la Segunda Guerra Púnica(218–201 a.C.), todo cambió. Los bastetanos, sospechosos de haber apoyado a Cartago, quedaron en el punto de mira de los romanos.
Lo que siguió fue un periodo de casi veinte años de conflictos (192–180 a.C.), donde Roma sometió con dureza a estas poblaciones. Muchos oppida fueron destruidos o abandonados, y el territorio quedó reorganizado bajo la lógica militar y administrativa romana. Es en ese contexto de violencia y cambio donde aparece el Cerro del Trigo.
Un hallazgo que cambió la historia local

El Cerro del Trigo fue descubierto relativamente tarde, en 1997, durante una investigación arqueológica en las altiplanicies del norte de Granada. En un primer momento, se pensó que podía ser un asentamiento ibérico tardío, pero las excavaciones revelaron algo mucho más interesante: se trataba de un castellum romano, es decir, un pequeño fuerte militar republicano.
Los restos cerámicos hallados —ánforas itálico-republicanas, cerámica campaniense A y fragmentos de terra sigillata sudgálica— permitieron fechar la fortificación entre el 120 a.C. y el 30 a.C.. Más tarde, los especialistas fijaron su construcción alrededor del año 100 a.C., con una breve reocupación en el Alto Imperio como simple puesto de vigilancia.
Este hallazgo fue crucial porque explicaba por qué los grandes oppida ibéricos de la zona habían desaparecido hacia finales del siglo II a.C.: los romanos habían impuesto sus propios centros de control militar, como este castellum.
La arquitectura del Cerro del Trigo: un castellum romano

El Cerro del Trigo es un ejemplo clásico de fortín tardorrepublicano. A diferencia de los campamentos imperiales de los que se suelen ver reconstrucciones (con sus murallas rectilíneas, fosos y calles bien trazadas), estos castella republicanos eran más flexibles y se adaptaban al terreno.
Ubicación estratégica
El fuerte se construyó en un cerro en forma de herradura, dominando visualmente los llanos de Bugéjar y controlando rutas importantes que conectaban el Levante con el interior de Andalucía. Desde allí, los soldados podían vigilar movimientos enemigos y garantizar la seguridad de los caminos.
Murallas
La muralla, hoy casi arrasada, tenía entre 90 cm y 1 metro de grosor. Se levantaba con piedras locales y estaba reforzada con adobes, lo que sugiere que su altura no era excesiva: unos 1,40–1,60 metros, suficiente para protegerse y al mismo tiempo permitir la visibilidad. A diferencia de otros fuertes, aquí no se construyeron fosos ni terraplenes, ya que las pendientes del cerro actuaban como defensa natural.
Torres y edificios internos

El castellum contaba con varias torres y edificios interesantes:
- Torre occidental: protegía el acceso principal y probablemente funcionaba como arsenal.
- Torre central: de planta cuadrada, pudo ser la sede del comandante (praetorium).
- Torre oriental: reforzaba uno de los puntos débiles de la muralla.
- Gran edificio del sureste: rectangular, robusto y protegido, pudo servir como almacén de armas o tributos.
- Barracones: alojamientos para los soldados, construidos con zócalos de piedra y paredes de adobe.
Los techos no usaban tejas de cerámica (tegulae), sino materiales más sencillos como cañizo y madera, lo que encaja con un asentamiento militar pensado para una ocupación práctica y relativamente breve.
Funciones del fuerte: control y pacificación

El Cerro del Trigo no era un asentamiento civil, sino un lugar militar. Su razón de ser estaba directamente ligada al control de un territorio recién conquistado.
- Fundación: hacia el 100 a.C., poco después del abandono de los grandes oppida ibéricos de la zona.
- Abandono: hacia el 30 a.C., cuando la importancia estratégica de la zona decayó al desviarse las principales rutas hacia la Vía Augusta.
- Uso posterior: en el Alto Imperio, pudo funcionar esporádicamente como puesto de vigilancia.
El fortín servía para controlar tanto el camino de Cartagena a Guadix como las poblaciones indígenas, garantizando que los impuestos y tributos llegaran a Roma sin incidentes.
Una hipótesis muy interesante es que el Cerro del Trigo formara parte de un distrito minero controlado por el ejército. Existen pruebas de minas de oro en la zona de Caniles, y los romanos podrían haber establecido fortines como este para supervisar la extracción y transporte del mineral hasta Cartagena. Este modelo de “minas vigiladas por soldados” se repite en otras partes de Hispania.
La vida cotidiana en el castellum
Aunque hoy solo vemos ruinas, los objetos hallados permiten imaginar cómo vivían los soldados que habitaron el Cerro del Trigo.
- Cerámica de importación: ánforas itálicas para vino, cerámicas campanienses y fragmentos de vajilla fina muestran que la guarnición mantenía contacto con redes comerciales mediterráneas.
- Cerámica de cocina: ollas y fuentes de pasta gris, típicamente romanas, revelan sus hábitos alimenticios.
- Cerámica indígena: algunos fragmentos muestran la continuidad de tradiciones locales, aunque adaptadas al mundo romano.
- Hierro: restos metálicos que podrían relacionarse con armas o herramientas.
Todo esto sugiere que los soldados vivían de forma práctica pero no aislada: recibían suministros de otros puntos de Hispania y mantenían una cierta mezcla cultural con la población local.
Escucha la fascinante historia sobre El Fuerte Romano del Cerro del Trigo
El legado del Cerro del Trigo
Aunque estuvo en uso solo unas siete décadas, el Cerro del Trigo tuvo un papel fundamental en la romanización de la Bastetania. Fue un símbolo del poder romano, un recordatorio constante para las poblaciones indígenas de quién mandaba, y un paso clave en la transformación del territorio en un espacio agrícola y minero bajo dominio itálico.
Gracias a este fortín, Roma pudo mantener el orden, explotar los recursos y preparar el terreno para la instalación de villae rurales que darían continuidad al poblamiento en época imperial.
Hoy, su estudio arqueológico nos ayuda a comprender mejor cómo Roma impuso su modelo político y económico, y cómo los pueblos indígenas tuvieron que adaptarse a una nueva realidad.
El Cerro del Trigo no es solo un conjunto de piedras, sino una ventana al pasado: un testimonio de la disciplina militar romana y de los profundos cambios que transformaron Hispania.