
Entre las nubes que coronan la Sierra de Marmolance, al norte de Huéscar, se levantan los restos de un edificio que guarda siglos de silencio. Son los vestigios de la primera ermita dedicada a la Virgen de la Cabeza en la comarca oscense, un lugar donde la historia se funde con la leyenda y la devoción con el paisaje.
A simple vista, los muros derruidos parecen solo un montón de piedras antiguas, pero cada una de ellas cuenta un fragmento de la memoria de un pueblo que subió hasta lo más alto de la montaña para rendir homenaje a su patrona. Desde allí, se domina un vasto valle agrícola, salpicado de cortijos, olivares y antiguas vías de paso. Un mirador natural que, siglos atrás, debió parecer un espacio sagrado, casi tocando el cielo.
El origen de la devoción y el milagro del pastor
La tradición oscense, transmitida de generación en generación, sitúa el origen de la devoción a mediados del siglo XVII. En el año 1666, según se cuenta, un pastor de la zona fue testigo de una aparición mariana en la cumbre de Marmolance. El suceso fue acompañado de un milagro: el pastor, que tenía el brazo paralizado desde su nacimiento, recuperó el movimiento de manera instantánea.
Aquella noticia, difundida con rapidez entre los vecinos, despertó una enorme conmoción. Los oscenses, profundamente religiosos y atentos a los signos del cielo, decidieron erigir una ermita en el mismo lugar de la aparición, con el apoyo del gremio de labradores, que se comprometió a sufragar los gastos de su construcción y ornamentación.
El arzobispo de Toledo, don Pascual de Aragón, concedió el 15 de septiembre de 1667 la licencia eclesiástica para celebrar misa en el nuevo santuario. Era una pequeña capilla de piedra, de muros gruesos y sencillos, edificada con los materiales del entorno: caliza y roca tosca de la propia sierra.
Su interior, aunque humilde, debía de tener una atmósfera recogida. Las fuentes hablan de un altar presidido por una talla de la Virgen de la Cabeza, posiblemente de pequeñas dimensiones —como era costumbre en las imágenes mozárabes y de devoción pastoril—, protegida por un modesto camarín o nicho. A su alrededor, los romeros y pastores se reunían para orar, en un lugar donde el silencio solo era roto por el viento.
El paisaje sagrado de Marmolance
La ermita se encontraba en un emplazamiento singular: un espolón rocoso desde el que se domina todo el valle de Huéscar y las tierras de Galera y Orce. No lejos del santuario brota una pequeña fuente de agua clara, suficiente para calmar la sed de los peregrinos que ascendían a pie. Ese manantial, aún visible, era considerado un signo de bendición divina, un símbolo de pureza en medio de la aridez de la montaña.

El lugar, además, muestra indicios de haber estado habitado mucho antes. En la planicie donde se levantó la ermita, se conservan restos de muros de piedra sin trabajar y fragmentos cerámicos que sugieren la existencia de antiguas estructuras rectangulares, dispuestas en forma de cuadrícula. Estas evidencias apuntan a una ocupación altomedieval del cerro, quizás con funciones defensivas, agrícolas o religiosas.
El investigador Jesús María García, en un estudio incluido en el libro La Virgen de la Cabeza de Huéscar. Historia y devoción de Gonzalo Pulido Castillo, asocia estas ruinas a un asentamiento anterior, con cerámicas de pastas rojizas y marrones, posiblemente islámicas o incluso prerromanas. Sin embargo, las estructuras visibles no se corresponden con viviendas islámicas típicas, lo que añade un enigma más al lugar.
Destrucción y traslado

Aunque el fervor fue grande, la ermita de la cumbre tuvo una vida breve. En 1672, el vicario Tomás Bueno Barragán, visitador del arzobispado toledano, ordenó que la imagen permaneciera provisionalmente en la ermita de la Victoria, ya que las obras no estaban terminadas. Poco después, el edificio original fue destruido, aunque las causas permanecen desconocidas.
Algunos autores apuntan a un posible derrumbe parcial provocado por los vientos y la dureza del clima, pues Marmolance es una de las sierras más expuestas de la zona. Otros mencionan la posibilidad de abandono debido a la dificultad de acceso y la imposibilidad de mantener cultos regulares en un lugar tan remoto.
Entre 1672 y 1683, la antigua ermita desapareció. Sin embargo, la devoción persistió. En 1683, bajo el arzobispado de don Luis Manuel Fernández Portocarrero, se emprendió la construcción de una nueva ermita en la falda oriental del monte, más accesible para los fieles. El traslado de la imagen tuvo lugar en 1697, y desde entonces el templo de la ladera —aún en pie— acoge cada año la romería de la Virgen de la Cabeza.
Las ruinas de hoy: memoria de piedra
Subir hoy a la cima de Marmolance es recorrer un camino entre historia y devoción. Los restos visibles, construidos con piedra seca y sin argamasa, se confunden con el paisaje rocoso. El conjunto ocupa unas cuatro hectáreas, con muros adosados que dibujan rectángulos irregulares. Entre las grietas, aún se encuentran fragmentos de cerámica y restos de teja , mudos testigos de siglos pasados.

Desde allí, la vista abarca toda la comarca, con los campos de Huéscar extendiéndose como un mosaico de tonos ocres y verdes. En los días despejados, se alcanza a ver incluso la Sierra de María y, en la lejanía, las cumbres nevadas de Baza.
Las ruinas no solo evocan el primer santuario oscense a la Virgen de la Cabeza, sino también la persistencia de una fe que ha sabido adaptarse al paso del tiempo. La cumbre, aunque hoy silenciosa, fue durante décadas un punto de encuentro entre lo terrenal y lo divino.
Cada agosto, cuando los romeros ascienden en procesión hacia la actual ermita, las miradas se dirigen inevitablemente hacia la cima. Allí, entre piedras erosionadas y nubes errantes, descansan las raíces de una devoción que ha sobrevivido más de tres siglos.
La antigua ermita de la Virgen de la Cabeza es un símbolo de los orígenes de Huéscar, un testimonio de la fuerza espiritual de su gente y un recordatorio de que, en lo más alto de Marmolance, la historia y la fe siguen respirando al compás del viento.
Fuentes:
- Pulido Castillo, Gonzalo. La Virgen de la Cabeza de Huéscar. Historia y devoción.
- Estudio de Jesús María García sobre las estructuras altomedievales de Marmolance.
- Tradición oral oscense recogida por la Hermandad de la Virgen de la Cabeza.