Alguacil
Alguacil era, básicamente, el que se encargaba de que las órdenes de los jueces y del ayuntamiento no se quedaran en palabras. Si el juez decía que había que detener a alguien o embargar una casa, el alguacil era el que iba allí a hacerlo. Era la cara de la ley en la calle, el que ponía orden en el mercado y el que vigilaba que nadie se saltara las normas del pueblo.
El Alguacil: El que daba la cara por la ley

Para entender quién era este personaje, olvida los despachos. El alguacil vivía en la calle. Su nombre nos viene del árabe al-wazīr, y aunque en otros sitios eso significaba ministro, aquí en Al-Ándalus se acabó quedando para el oficial que ejecutaba la justicia. No era el que pensaba las leyes, sino el que las hacía cumplir, a veces por las buenas y otras por las malas.
Había categorías. El Alguacil Mayor era el jefe, un cargo con mucho peso en el cabildo o el ayuntamiento. Por debajo estaban los que de verdad pateaban las plazas: los alguaciles de vara. Se les llamaba así porque siempre llevaban una vara de madera en la mano. Esa vara era su «placa»; si la llevabas, todo el mundo sabía que hablabas en nombre del Rey o del Concejo. Hubo una época en la que esos cargos de jefe se podían comprar o heredar, lo que hacía que algunas familias con dinero controlaran la seguridad de su zona, pero lo normal era que fuera un oficio de servicio público puro y duro.
Su rastro en las tierras granadinas
En Granada, el papel del alguacil ha sido clave para que el orden llegara a todas partes, desde la ciudad hasta el último pueblo de la sierra:
- La Real Chancillería: Imagina este edificio en Plaza Nueva como el corazón de la justicia del sur. Los alguaciles que trabajaban aquí tenían que viajar por todo el reino para cumplir lo que mandaban los jueces. Si un pleito en las Alpujarras se ponía feo, allí que iba el alguacil de la Chancillería a poner paz y a ejecutar la sentencia.
- La justicia en la Alhambra: El recinto de la Alhambra era como una ciudad aparte. Tenía su propio Alguacil Mayor, que no dependía del de la ciudad de Granada. Su misión era que dentro de las murallas todo fuera como la seda, vigilando quién entraba y quién salía de la fortaleza.
- Santa Fe y el orden militar: En una ciudad que nació como un campamento de guerra, el alguacil fue fundamental desde el minuto uno. Era el que organizaba la convivencia entre tanto soldado y el que se aseguraba de que la nueva ciudad funcionara bajo las ordenanzas de los Reyes Católicos.
El alguacil por las calles de Andalucía
Cada rincón de nuestra tierra ha tenido su forma de ver a esta autoridad:
- Sevilla y el control del puerto: En una ciudad que era la puerta de América, el Alguacil Mayor tenía un trabajo de locos. Tenía que vigilar el Arenal, controlar los mercados llenos de gente de todo el mundo y asegurarse de que una ciudad tan grande no se convirtiera en un caos absoluto.
- Úbeda y Baeza: En las plazas de estas joyas de Jaén todavía se respira ese aire de orden antiguo. Los alguaciles salían de los edificios del concejo para hacer sus rondas nocturnas, vigilando que las tabernas cerraran a su hora y que no hubiera peleas en los barrios.
- Jerez y los tratos de feria: En las ferias de ganado de Cádiz, el alguacil era el que evitaba los timos. Si alguien intentaba vender una vaca enferma o usaba pesas trucadas, el alguacil aparecía con su vara y se acababa la tontería.
- El teatro de la Plaza de Toros: Lo que vemos hoy en los toros, esos «alguacilillos» vestidos de época, es puro teatro. No son los herederos reales del cargo, sino una recreación para que la fiesta mantenga ese aire de autoridad del siglo XVII, pidiendo la llave del toril como se hacía antes.
De la vara al olvido
A medida que el mundo cambió y aparecieron la Guardia Civil o la Policía Local, el alguacil de toda la vida fue perdiendo su sitio. En algunos pueblos pequeños, el nombre aguantó para llamar al empleado del ayuntamiento que hacía un poco de todo, desde pregonar un bando hasta arreglar una farola, pero ya no era aquel oficial de justicia que imponía respeto con solo aparecer.
Al final, el alguacil representa una época en la que la ley se movía a pie y se hablaba a la cara. Su vara no era solo madera; era el símbolo de que, en mitad de la plaza, había alguien encargado de que las cosas se hicieran bien y de que la justicia no fuera solo un papel guardado en un cajón.