
Hay lugares que exigen un esfuerzo de imaginación. Sitios que, a primera vista, parecen no querer contarnos nada y, sin embargo, guardan una larga historia bajo un puñado de piedras. Hoy nos adentramos en uno de esos enclaves discretos, casi inadvertidos si uno pasa sin saber lo que busca: la Torre de Jorbas, también conocida como Jorvás.
Esta torre se encuentra en la vertiente norte de la Sierra de Parapanda, en el actual término de Íllora. De ella apenas queda un montículo desordenado de piedras, un aspecto que podría confundir a cualquier caminante, pues recuerda más a los típicos amontonamientos de limpieza agrícola —esas pilas de rocas que los labradores apartan para poder arar la tierra— que a los restos de una torre medieval que una vez vigiló las tensiones fronterizas entre musulmanes y cristianos.
Y, sin embargo, este montón de ruinas, perdido a 1.244 metros de altitud, formó parte de uno de los sistemas defensivos más complejos y refinados del Reino Nazarí de Granada . Su historia es la de una frontera dura, de estrategias minuciosas, de luces en la noche y señales de humo cruzando montañas.
Un vigía en la soledad de Parapanda
Llegar a Jorbas. Desde la carretera que une Íllora y Montefrío, el paisaje se abre en suaves ondulaciones de olivos y lomas ásperas. A la altura del Cortijo de los Arbitrios, una pista conduce hacia la cima, donde el viento suele soplar con fuerza. Allí, sobre el terreno, se encuentra lo que parece un cúmulo erosionado de piedras sin forma.

Este tipo de derrumbes son habituales en las antiguas torres-atalayas, especialmente cuando han perdido su revestimiento o su argamasa. El tiempo, la gravedad, los animales y también los agricultores —que durante siglos han removido los alrededores de la torre— han ido deshaciendo su volumen original hasta darle ese aspecto de piedra suelta.
No obstante, las descripciones antiguas y los estudios de arquitectura militar permiten reconstruir, al menos mentalmente, la silueta antigua de Jorbas. Las primeras referencias hablaban de una torre de base cuadrada y apenas 1,70 metros de alzado conservado. Pero estudios posteriores —especialmente el Inventario de arquitectura militar de la provincia de Granada— han sido más precisos: se trataría de una torre de planta circular, de unos 5 metros de diámetro, construida con mampostería. Su estructura, hoy casi enterrada en sus propios escombros, debería haber alcanzado originalmente entre 8 y 10 metros de altura, como era habitual en estas atalayas fronterizas.
Su entrada, como en la mayoría de las torres de vigilancia nazaríes, no estaría al nivel del suelo, sino a cierta altura —una especie de puerta-ventana en alto— para dificultar el acceso en caso de ataque.
La puerta-ventana daba paso a un pequeño habitáculo cubierto con bóveda de medio cañón , realizada de mampostería. El habitáculo tendría otra ventana que daba hacia la zona de vigilancia. Desde la estancia se subía a la terraza, mediante una estrecha escalera, construida de la misma mampostería que la torre. La azotea dispondría de un peto perimetral y una garita o trampilla que cubría la salida de la escalera y el cañón de la chimenea. Desde la terraza se podía vigilar una extensa área, teniendo comunicación visual con otras torres del entorno. En caso de peligro, los atalayeros daban la voz de alarma a otros baluartes, mediante señales de humo durante el día y con hogueras por la noche.
La frontera del Poniente Granadino: un paisaje en tensión
Para entender la razón de ser de la Torre de Jorbas es imprescindible viajar atrás en el tiempo. No basta con imaginar soldados oteando el horizonte: hay que comprender el contexto político y militar del Poniente Granadino , el sector noroccidental del Reino Nazarí.
Durante los siglos XIV y XV, esta zona se convirtió en un auténtico tablero estratégico. Sus montes, hoy tranquilos, fueron frontera viva y cicatriz histórica. Por un lado, el emirato de Granada; por otro, los reinos cristianos de Castilla, con plazas como Alcalá la Real y Priego como puntas de lanza.
Tras la pérdida de Alcalá la Real en 1341, los nazaríes entendieron que debían reforzar urgentemente su defensa occidental. Fue entonces cuando se construyeron o remodelaron numerosas torres:
Este esfuerzo corresponde al reinado de Muḥammad V, uno de los sultanes más activos en la reorganización militar. Y continuaría durante el siglo XV ante los ataques de figuras como el Condestable Álvaro de Luna (1430) o Lucas de Iranzo (1458), que pusieron a prueba una y otra vez la resistencia nazarí.
Fue una época de constante tensión: cabalgadas, asaltos rápidos, contraataques, incursiones para quemar cosechas, secuestros de ganado y personas… Una guerra de baja intensidad, pero implacable. Y frente a este escenario, el Reino Nazarí desarrolló un sistema defensivo altamente sofisticado en el que cada torre, cada atalaya, cada castillo, jugaba un papel.
Una torre para ver, avisar y proteger
La función principal de la Torre de Jorbas era la vigilancia visual. Desde su posición privilegiada en Parapanda podía controlar uno de los caminos más importantes: la ruta que unía Íllora y Montefrío. No era un detalle menor: Montefrío, Íllora y Moclín formaban un triángulo defensivo esencial para frenar los avances castellanos.
Los estudios de visibilidad han confirmado que Jorbas tenía línea visual directa con:
- La fortaleza de Moclín, uno de los bastiones más poderosos del reino.
- La fortaleza de Alcalá la Real, ya en manos castellanas tras 1341.
- Hasta nueve torres adicionales, formando una cadena de comunicación óptica extremadamente eficiente.
- Las torres de Anillos y Quebrada, con las que defendía el paso del arroyo de los Molinos.
- La Torre de los Guzmanes, que permitía conectar hacia la Vega de Granada a través de la Loma de la Torrecilla.
Un paisaje habitado: alquerías y necrópolis
Aunque hoy el paraje parezca desierto, diversos hallazgos arqueológicos demuestran que Jorbas no estaba sola. La aparición de cerámica nazarí (siglos XIV-XV) y la existencia de una necrópolis parcialmente destruida por la agricultura moderna indican que en torno a la torre habría existido una pequeña alquería.
Las alquerías eran comunidades rurales musulmanas dispersas, dedicadas al cultivo y a la ganadería. Las torres situadas junto a ellas cumplían una doble función: por un lado, vigilancia militar; por otro, protección de la población civil. En caso de alarma, los habitantes podían refugiarse temporalmente en las torres o huir hacia fortalezas mayores.
Jorbas hoy: imaginación y memoria
Quien visite hoy la Torre de Jorbas encontrará es un mirador excepcional, un lugar donde el horizonte se abre hacia casi todos los puntos cardinales. Allí, entre las piedras desperdigadas y la vegetación que empieza a cubrirlo todo, uno puede reconstruir mentalmente la importancia de aquel estribo defensivo.