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Obelisco de Olivares: El monumento que tardó 74 años en llegar

    Obelisco de Olivares: El monumento que tardó 74 años en llegar

    Rafael Sierra nos lo comentó por Facebook: en la localidad granadina de Olivares, en el término de Moclín, hay un obelisco.

     Es sencillo, modesto. Una gran pieza de mármol gris de Sierra Elvira , de unos dos metros y medio de altura, con forma de pirámide. En la parte superior de la cara principal aparece grabado un triángulo invertido con la letra “S” en su interior. 

    El triángulo invertido reproduce el distintivo utilizado por los deportados republicanos españoles en los campos nazis. En los uniformes originales el triángulo era azul, color reservado a los apátridas, y la letra ‘S’ identificaba a los españoles (Spanier en alemán). 

    El monumento se alza sobre un pedestal de la misma piedra, anclado en una acera desgastada, rodeado de jóvenes árboles, con una ladera de montaña al fondo. Es, sin duda, un hito que clama justicia en el paisaje.

    En la cartela superior se puede leer:

    «En memoria de Francisco Molina Olmos y Juan Jiménez Herrera, combatientes en las filas republicanas, asesinados por la barbarie nazi en el campo de exterminio de Gusen-Mauthausen en enero de 1942. 

    Honor, memoria y reconocimiento».

    En la inferior:

    «Nos arrebataron la vida pero no pudieron quitarnos la dignidad

    FRANCISCO MOLINA OLMOS

    JUAN JIMÉNEZ HERRERA”

    El monumento se levantó en 2016. Pero la historia que cuenta comenzó mucho antes.

    Obelisco de Olivares: El monumento que tardó 74 años en llegar

    En 1917 nació en Olivares un niño llamado Francisco Molina Olmos. Era el menor de ocho hermanos, y creció en esa Andalucía de los olivares del río Frailes, donde los hijos aprenden a trabajar la tierra antes de aprender sus propios nombres. Con diecisiete años se afilió al sindicato. Con diecinueve se alistó en las filas republicanas. Con veinticuatro años fue deportado a un campo de concentración nazi.

    A los veinticinco, estaba muerto.

    Lo que vamos a contarte ahora no es una historia de héroes. Es la historia de cómo un pueblo decidió, en 2016, que ya era hora de recordar a quienes el silencio había querido borrar para siempre.

    El viaje sin retorno

    Obelisco de Olivares: El monumento que tardó 74 años en llegar

    En 1936, cuando España se partió en dos, él se alineó con la República. Combatió en la 93ª Brigada Mixta. Fue sargento en la Batalla del Ebro. Trabajó. Luchó. Creyó en algo.

    Cuando la República cayó en 1939, como miles de republicanos españoles, cruzó la frontera hacia Francia buscando salvarse. Su hermano Juan fue con él.

    En Argelès-sur-Mer, un campo de internamiento francés, permanecieron hacinados. Después, Francisco fue asignado a una compañía de trabajadores españoles en el ejército francés. Abrió trincheras en los Alpes. Trabajó en Verdún, en Colmar. Volvía a sobrevivir. Volvía a trabajar para vivir.

    En junio de 1940, Hitler invadió Francia. Los alemanes llegaron. Y entonces el ciclo se repitió, pero peor.

    Francisco fue capturado. Lo llevaron primero al stalag VIII-C, un campo de prisioneros llamado Sagan, donde pasó casi un año muriéndose de hambre como tantos otros. Después —y esto es lo importante— lo metieron en un transporte. Junto con otros doce republicanos españoles.

    El 17 de septiembre de 1941 llegó a Mauthausen. Le asignaron el número 5.910.

    Un mes después, lo trasladaron al subcampo de Gusen. La distancia era de cinco kilómetros a pie. Enrique Calcerrada, un superviviente que hizo ese camino, lo describió así: los gritos de los perros, los culatazos, los hombres que caían porque no podían seguir, los camaradas que tenían que arrastrar sus cuerpos inertes. «Para muchos infelices era el comienzo de su fin”.

    En Gusen, Francisco recibió un nuevo número: 14.071.

    Lo asignaron a las canteras. Era lo que los nazis hacían con los españoles: utilizaban su experiencia en construcción. Les ordenaban extraer granito bajo el sol abrasador del verano o bajo el frío brutal del invierno. Las jornadas duraban hasta dieciséis horas. La comida era insuficiente. La esperanza de vida en Gusen no superaba los tres meses.

    La mentira en el registro

    El 14 de enero de 1942, Francisco murió. Un día después de cumplir veinticinco años.

    El registro oficial: pulmonía.

    Su hermano Juan, que también fue deportado y sobrevivió, supo después la verdad de un testigo: lo habían gaseado. En el «camión fantasma» o en alguna otra cámara de la que no hay registro. Su cuerpo nunca volvió a Olivares. Sin funeral. Sin tumba. Simplemente un número en un libro de muertos, una anotación que podía ser verdad o mentira, una mentira burocrática más en el océano de mentiras del sistema.

    Setenta y cuatro años de silencio

    Después vino lo más terrible: el olvido.

    Olivares continuó siendo Olivares. Sus habitantes sembraban, cosechaban, celebraban. Pero varios de sus hijos no volvieron jamás de los campos nazis. El régimen de Franco se negó incluso a reconocer su nacionalidad. Los aliados no podían hacer nada. Estaban abandonados por todos.

    Sesenta y cuatro años pasaron. Una generación entera creció sin saber realmente qué había sucedido a sus abuelos. En otros pueblos de Granada ocurría lo mismo: En Pinos Puente, Zujaira, Albolote… perdieron otros tantos  vecinos más en Gusen. Para comunidades donde todos se conocen, donde los apellidos son patrimonio común, esto no era una estadística. Era un vacío que dolía todos los días.

    La piedra que volvió a hablar

    Obelisco de Olivares: El monumento que tardó 74 años en llegar

    El 1 de mayo de 2016, algo cambió en Olivares.

    Los vecinos decidieron levantar un homenaje similar al de Albolote o Zujaira. No fue una iniciativa gubernamental. No vinieron fondos de instituciones grandilocuentes. Fue dinero de la propia comunidad. Euro a euro. Una suscripción popular en un pueblo pequeño que decidió que el silencio había durado suficiente.

    El monolito es sencillo, modesto. Pero grabado en él están dos nombres: Francisco Molina Olmos y Juan Jiménez Herrera. 

    Cada año, cuando llega el aniversario de la muerte de Francisco, esa piedra se llena de flores.

    Lo que la piedra dice ahora

    Es fácil olvidar. El olvido es cómo los sistemas totalitarios ganan: convirtiéndose en historia antigua, en estadísticas, en «cosas que pasaron hace mucho». Pero hay algo poderoso en el acto de nombrar. En levantar piedra. En poner un nombre en un monumento que dice: «Aquí hubo un joven llamado Francisco. Mereció ser recordado».

    Francisco Molina no tiene tumba. Su cuerpo se perdió en Gusen. Pero tiene un nombre en una piedra en Olivares, el pueblo donde nació, donde sus hermanos crecieron. Donde sus vecinos decidieron que la injusticia no iba a tener la última palabra.

    Eso es lo que significa el monumento: que hay cosas que no pueden olvidarse, aunque tarden setenta y cuatro años. Que los pueblos pequeños pueden resistir. Que la memoria, cuando decide actuar, vence el silencio.

    Mientras los olivares del río Frailes continúan dando frutos como hace un siglo, la piedra vela. En mayo, cuando llegan las flores, recuerda al mundo que aquí vivió un joven. Que fue perseguido. Que luchó. Que fue asesinado. Que fue olvidado.

    Pero que ahora es recordado.

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