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CÚTAR

María y Daniela vivían en Cútar, un pueblo en forma de bota de vino, acostado en la ladera más pendiente de la comarca de La Axarquía , Málaga. Sus innatas virtudes artísticas las llevaron a ser conocidas en todos los alrededores como ‘las niñas saltimbanquis’. Su amistad, a prueba de tropiezos y moratones, era el armonioso ejemplo de la diversión y la perseverancia. Sus miembros se engarzaban a poyetes y ventanas con la naturalidad de lo grácil y la confianza de lo que es genuinamente firme y sólido. Sus brazos sinuosos eran lianas de viento y sus piernas inacabables, resistentes y fibrosas como las cuerdas de una guitarra. Cuando bailaban, dibujaban paisajes en el aire sin tocar nunca el suelo. El dúo artístico había hecho de su pueblo natal, Cútar, su zona de recreo y el escenario de sus elaboradas coreografías, un tatami zigzagueante de techumbres, callejuelas, arcos, ventanucos, balcones.

El día en que la alcaldesa decidió poner un hilo musical que recorriese el pueblo, María y Daniela lo inauguraron con una de sus hipnóticas danzas al son del ‘Bolero’ de Ravel. La noche antes, los niños se habían ocupado de engalanar el pueblo cubriendo con pétalos de rosa los poyetes de las ventanas y colgando guirnaldas de hojas de cedro en las cornisas. El dúo Tinkinela, como las llamaban cariñosamente, pronto atrajo la curiosidad de televisiones, programas de radio y medios venidos de todas partes, que pasaban por Cútar para conocer el pueblo donde decían había unas niñas capaces de atravesar la intrincada aldea sin pisar el suelo, dibujando pasos de baile con sus cuerpos al son de piezas de Chopin.

Cútar era a su modo un lugar de cuento en una comarca asolada por la necesidad de crecer y adaptarse perezosamente a los avances tecnológicos y urbanísticos de las grandes urbes. Todos los pueblos tenían supermercados, gasolineras y al menos una sucursal bancaria.

Añil

Cútar había permanecido encapsulada, ajena al progreso, modas y tendencias. Inmutable ante el urbanismo utilitario, el oportunismo y el hormigón armado de las viviendas cárcel, donde una casa es exactamente igual a las diez que tiene encima. No entendía de aglomeraciones ni de semáforos, caminar por sus calles era transitar por un hermoso crisol de moradas enanas a pie de rúa y añejos pasajes, cuya estratégica orientación conminaba a los rayos de sol en el invierno y a los vientos de levante en verano. Y es que Cútar, a su modo primitivo, era lo que llaman hoy en día una ciudad `ecoamigable`. Había sido concebida para la autosuficiencia, al tiempo que su intrincada y peculiar orografía hacía imposible cualquier posibilidad de modernización o ampliación. Su riqueza estaba hecha de noche y de intemperie, de la ausencia de ruidos, de la lentitud de las tareas que no forman parte de una ajustada agenda, ni tienen fecha de entrega. Los años pasaron y fue quedándose ajada, como una perla en medio de la montaña. Zángana, feliz, bruñida por el sol y acicalada por las lluvias, Cútar se desperezaba igual un domingo que un lunes, salvo en los días de misa extraordinaria, en que las campanas doblaban como si se fuesen a romper.

Aquel día los adoquines de la plazoleta, la única calle horizontal del pueblo, habían sido pulimentados para la ocasión y el aire se llenó de ecos preñados de notas azules y pedacitos de ámbar, la resina que en Cútar era tan común y abundante, que ésta se acumulaba en los quicios de las puertas los días de viento. Cuando la gramola del ayuntamiento comenzó a sonar, un rumor almendrado invadió cada rincón y una lluvia glaseada colmó el aire de virutas de arce y caramelo.

Daniela fue la primera en hacer aparición. Asida a una vetusta encina, parecía un insecto palo tocando un violín. La poesía empezaba por las fuentes, se posaba en los balcones y

rozaba las copas de los árboles. El lirismo de María consistía en bordar piruetas por los tejados y en caminar de puntillas por las lustrosas barandillas, cuajadas de geranios. Daniela se contorsionaba hasta confundirse con los objetos… María cortaba una flor con los dedos de los pies… Daniela hacía que rezaba, asida a una veleta … María trepaba a la chimenea más alta, dando una voltereta imposible… Y así fue, hasta que la pieza escogida, Carmina Burana, llegó a su fin y un alud de aplausos hizo temblar las veletas y tiritar a las golondrinas, que huyeron despavoridas.

Dicen que desde aquel día, el cielo se desplomó sobre la ladera, que dos escorpiones de cieno brotaron de las profundidades y que un gusano de humo segó las gargantas de quienes optaron por resistir en sus moradas. Ahora nos quieren convencer de que Cútar nunca existió y, mañana, puede que ni tan siquiera sea una leyenda. La gramola fue sustituida por un equipo Dolby Surround, las sinfonías de Mozart y Vivaldi dieron paso a los trallazos de reggaeton y María y Daniela lograron sobrevivir pasando a la final de un famoso programa televisivo de cazatalentos.

Autora: Añil

Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.

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