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El rey que no sabía dar las gracias

    El rey que no sabía dar las gracias

    El pirata Dientes Rotos llegó a tierra después de que su barco naufragase en el océano Atlántico y se hundiese con todo su botín. Exploró la isla en la que había encallado de Norte a Sur y al observar que era la única persona se autoproclamó Rey del islote de Los lobos.

    Como necesitaba construirse un castillo, pidió la presencia de las gaviotas patiamarillas. Sus picos las convertían en las mejores arquitectas de la isla y le hicieron un enorme palacio con algas y ramas. Cuando acabaron, el rey les preguntó que cómo podría pagarles siendo que su riqueza se había hundido con su barco. Las gaviotas le contestaron que no querían nada a cambio, y con que les diese las gracias sería suficiente, pero el rey dijo que eso era una ofensa, que el era un rey y no tenía que agradecer nada a nadie. Ordenó a su guardia real que las aprisionaran en los calabozos.

    Cuando la noche estaba cayendo, reparó en que no tendría luz con la que alumbrarse, por lo que hizo llamar a los búhos. La capacidad de ver en la oscuridad les convertía en los mejores electricistas de la isla y le dieron luz a todo su palacio. Cuando finalizaron, el rey les dijo que no tenía dinero para pagarles y les ofreció que pidiesen lo que quisiesen a cambio. Los búhos le contestaron que con un simple gracias sería suficiente, pero el rey se molestó y les respondió que un rey no da las gracias a nadie. Mandó apresarlos y los encerró en las mazmorras.

    A la mañana siguiente sintió hambre y solicitó que le trajesen el desayuno. Las mejores cocineras eran las abejas, que le prepararon la mejor miel que jamás había probado. Cuando terminó de comer, el rey les contó el trágico hundimiento de su barco con su

    fortuna dentro. Las abejas le contestaron que no tenía por qué preocuparse, que con darles las gracias se darían por recompensadas. Esto enfureció tanto al rey que exigió su captura, pero las abejas eran muy rápidas y escurridizas y los guardias no conseguían atraparlas. El rey sacó su trabucó apuntando a una de ellas, que se escapó pasando entre sus piernas, haciendo que el monarca se disparase accidentalmente en el pie.

    El rey cayó tendido en el suelo retorciéndose de dolor. Imploró la presencia de las más hábiles asistencias sanitarias. Los gusanos eran los mejores médicos, pues sus larvas limpiaban las heridas. El rey suplicó su ayuda y éstos corrieron a socorrerle.

    Cuando le hubieron curado, el rey les agradeció fervientemente haberle salvado. Estaba tan agradecido que les anunció que podían pedirle lo que quisiesen a cambio, y que, si tenía que darles las gracias mil veces, lo haría encantado. Los gusanos le contestaron que no era necesario, pero que sí había una cosa que querían que hiciese. El rey preguntó intrigado, y le respondieron que liberase a todos los animales que había arrestado. El rey aceptó la solicitud y entendió que en una sociedad todos somos necesarios y tenemos que ayudarnos los unos a los otros sin exigir siempre algo a cambio.

    Autor: Juan Toscano

    Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.

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