
En tiempos donde los drones zumban por los cielos y los vuelos comerciales cruzan continentes en cuestión de horas, conviene detenerse y rendir homenaje a aquellos pioneros que, sin GPS ni cabinas presurizadas, se lanzaron al firmamento en frágiles globos de tela, impulsados por el viento y la voluntad. Esta es la historia de una gesta aérea ocurrida hace casi 120 años, cuando un globo aterrizó en Hernán-Valle, un pequeño rincón accitano que tuvo por un día el cielo en sus campos.
Una España que apenas despegaba
A comienzos del siglo XX, España era un país que aún observaba el cielo más con asombro que con ciencia. La aviación era incipiente en Europa, y en nuestro país apenas comenzaban a surgir los primeros entusiastas del aire. Entre ellos, brilló con luz propia Jesús Fernández Duro, un joven asturiano nacido en La Felguera en 1878. Heredero de una prominente familia industrial —su abuelo, Pedro Duro, fundó la siderúrgica Duro-Felguera—, Fernández Duro canalizó su fortuna y espíritu inquieto hacia el automovilismo, la mecánica… y la aventura aérea.
Su amor por la velocidad lo llevó primero al volante. Fue uno de los primeros españoles en conducir un automóvil, y protagonizó un raid legendario de Gijón a Moscú en 1902, de más de 9.000 kilómetros. Pero su destino, como ocurre con los verdaderos visionarios, estaba más arriba. En 1904 se trasladó a París, donde se instruyó en aerostación, una disciplina que combinaba ciencia, riesgo y romanticismo. Ese mismo año realizó su primer vuelo en el globo Phoebe y, poco después, obtuvo el carnet de piloto. Fue entonces cuando adquirió su propio globo: Alcotán, con el que sobrevoló Madrid y realizó observaciones meteorológicas.
Sin embargo, su proeza más ambiciosa no la haría desde el cielo de la capital, sino desde las cumbres heladas del Pirineo.
El desafío de los cielos: la Copa de los Pirineos

La historia del aterrizaje en Hernán-Valle comienza en Francia, más precisamente en Pau, una localidad al pie de los Pirineos. En enero de 1906, el Automóvil-Club de Burdeos convocó la primera edición de la Copa Aerostática de los Pirineos, una competición que ofrecía 5.000 francos en un objeto de arte al aeronauta capaz de sobrevolar por primera vez la cordillera y adentrarse en territorio ibérico. Una hazaña que, por entonces, era vista como suicida.
Jesús Fernández Duro aceptó el reto a bordo del globo El Cierzo, de 1600 metros cúbicos. La tarde del 22 de enero, tras varios retrasos y sin poder encontrar una lámpara portátil que iluminara la noche del viaje, Duro decidió lanzarse igualmente a la aventura. A las 15:45 soltó amarras y el globo comenzó su ascenso desde la fábrica de gas de Pau.
Una noche de hielo y viento
El vuelo pronto se convirtió en una lucha titánica contra los elementos. Al adentrarse en los Pirineos, el globo fue envuelto por una tormenta de nieve y vientos violentos. Fernández Duro ascendió a más de 3.500 metros, sorteando ventisqueros y afilados picos. A esa altura, la temperatura cayó hasta los 18 grados bajo cero. Sin luz eléctrica, el joven piloto se alumbraba con la llama de su cigarro, gracias a una boquilla especial que él mismo había diseñado e incluso patentado en 1905.

Durante más de 14 horas voló sin detenerse, cruzando media península. A medianoche, sobrevoló el Moncayo; a las tres de la madrugada, un tirón violento le advirtió que la cuerda freno del globo se había enganchado en el tejado de alguna casa perdida. Liberado nuevamente, subió hasta los 4.000 metros, cruzando densas nubes y con la preocupación constante de no ser arrastrado al mar o, peor aún, al norte de África.
El amanecer en Guadix
A las seis de la mañana del 24 de enero, la claridad del amanecer le reveló las estribaciones de Sierra Nevada. Entonces supo que era momento de descender. Utilizando la cuerda freno, tocó tierra en el Cortijo Conejo de Hernán-Valle, a pocos kilómetros de Guadix, tras haber recorrido más de 780 kilómetros. Era la primera vez en la historia que un globo cruzaba los Pirineos y aterrizaba en España.
Fue un pastorcillo quien, atónito, se acercó a aquel hombre que descendía del cielo. Más tarde, un carretero lo ayudó a recoger la barquilla y plegar el globo. Con la ayuda de los vecinos —entre la curiosidad, el temor y la admiración—, trasladaron el aerostato al pueblo a lomos de mulos y sobre carros.
Un momento mágico para Hernán-Valle
Para los habitantes de este pequeño núcleo rural granadino, ver emerger del cielo a un hombre suspendido en una cesta fue un espectáculo tan inesperado como fascinante. Algunos relatos orales recogidos décadas después hablan de niños que creyeron ver un ángel, y de mayores que pensaron que se trataba de un artefacto militar o celestial. Fue un episodio que quedó grabado en la memoria colectiva del pueblo.
La humildad y simpatía de Fernández Duro dejaron huella. Aunque cansado y tiritando, jamás perdió el trato afable con los habitantes de Hernán-valle. Almorzó con campesinos, agradeció cada gesto de ayuda y, cuando todo estuvo recogido, tomó el tren hacia Madrid, sin pompas ni medallas.

El relato del propio Duro
Pocos días después del aterrizaje, la revista Gran Vida publicó una entrevista con Fernández Duro. En ella, relató con precisión técnica y asombrosa sangre fría cada una de las etapas del viaje. Describió cómo enfrentó una tormenta de nieve, cómo tuvo que romper con los dientes los sacos de arena helada, y cómo decidió aterrizar al ver que el Mediterráneo no estaba lejos.
“Consulté la brújula a la luz de mi cigarro. Me dirigía al Sudeste. A medianoche pasaba sobre el Moncayo… Y a las seis, al grito de un labrador, supe que estaba en Guadix”, explicó. Su serenidad y espíritu científico contrastaban con la magnitud de la hazaña.
Un legado cortado demasiado pronto
Aquella travesía marcaría la cúspide de su carrera. Pero también uno de sus últimos capítulos. Apenas unos meses después, el 9 de agosto de 1906, Jesús Fernández Duro moría en Saint-Jean-de-Luz (Francia), víctima de fiebre tifoidea, a los 28 años. Su muerte conmocionó al mundo aeronáutico europeo. En la Copa Gordon Bennett de ese año, los globos participantes lucieron crespones negros en su honor.
A pesar de su corta vida, Fernández Duro fue cofundador de la Federación Aeronáutica Internacional, primer español en volar sobre Asturias y pionero absoluto del vuelo técnico y deportivo en España.
Escucha como fue esta aventura
Reconocimientos y memoria
En 2016, el Ayuntamiento de Guadix colocó una escultura en Hernán-Valle para conmemorar aquel momento histórico. En su ciudad natal, Langreo, una calle y un monumento celebran al “Águila del Pirineo”. En la historia de la aviación española, su nombre figura al lado de Blériot, Santos Dumont o los hermanos Wright, no por ser el primero en volar un avión, sino por tener el coraje de enfrentar los cielos con valentía, conocimiento y humildad.
Epílogo: lo que queda en el viento
Tal vez hoy, algún descendiente de aquel pastorcillo aún recuerde la historia del hombre que cayó del cielo. Tal vez, en Hernán-Valle, la memoria popular conserve el eco de una mañana helada en la que el mundo moderno aterrizó en forma de globo, piloteado por un joven valiente que soñó con conquistar el cielo.
Y es que hay momentos que transforman para siempre los lugares pequeños: cuando el cielo se detuvo sobre Hernán-Valle, todo cambió. Y aunque pasen cien inviernos, el viento aún susurra el nombre de El Cierzo entre los campos de Guadix.