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Sefarad

Sefarad trasciende las coordenadas de un mapa. Para el pueblo judío, este nombre identifica a la península ibérica (España y Portugal). Encierra un orgullo inmenso por un pasado brillante y la cicatriz de un exilio forzoso. Hoy es una patria espiritual que viaja en la memoria de miles de familias.


El enigma del origen: de la Biblia a la Península

Sefarad

La palabra aparece por primera vez en las Sagradas Escrituras, en el libro de Abdías (1:20). Menciona a los cautivos de Jerusalén que se encuentran en «Sefarad». Sin embargo, el profeta no se refería a España en ese momento. Los historiadores sugieren que aludía a Saparda, una región en Asia Menor o incluso Media.

La identificación con la península fue un proceso progresivo y medieval. No ocurrió de la noche a la mañana. Las comunidades judías buscaban raíces bíblicas para legitimar su presencia en Hispania. Hacia los siglos VIII y IX, los autores aplicaron el nombre de Sefarad a estas tierras de forma sistemática.

El auge en al-Ándalus: luces y sombras

Bajo el dominio islámico, Sefarad vivió una etapa de enorme vitalidad cultural. Los judíos actuaron como motores de la administración y la ciencia. Al dominar árabe, hebreo y romance, sirvieron de puentes culturales imprescindibles. Tradujeron textos griegos y avances orientales que luego cruzaron hacia la Europa cristiana.

Figuras como Maimónides o Yehuda Ha-Levi dieron a Sefarad un prestigio intelectual inmenso. No obstante, conviene evitar la imagen de una paz total y perfecta. Los judíos tenían el estatus de dimmíes (protegidos), una ciudadanía de segunda clase. Pagaban impuestos específicos y su seguridad dependía del humor del gobernante de turno.

Este equilibrio saltó por los aires con la llegada de los almohades en el siglo XII. Estos invasores impusieron una visión integrista que no dejaba espacio a la diferencia. Los judíos enfrentaron una elección brutal: conversión, muerte o destierro. Este éxodo empujó a miles hacia los reinos cristianos del norte.


La caída: de 1391 al trauma de 1492

En los reinos cristianos, los judíos vivieron un espejismo inicial de prosperidad. Participaron activamente en la repoblación de tierras y en la estructura económica. Pero el clima social se enrareció por la presión de la Iglesia y la nobleza. El antijudaísmo explotó de forma sangrienta en las revueltas de 1391.

Las juderías de Sevilla, Toledo y Barcelona sufrieron asaltos brutales. Hubo miles de muertos y una oleada de conversiones forzadas sin precedentes. Este evento cambió para siempre el mapa social y religioso de España. La tensión entre «cristianos viejos» y «cristianos nuevos» marcó el siglo siguiente.

El golpe definitivo llegó tras la toma de Granada. Los Reyes Católicos firmaron el Edicto de Granada el 31 de marzo de 1492. Los judíos tenían cuatro meses para bautizarse o abandonar sus hogares para siempre. Se les prohibió sacar oro, plata o monedas del reino.

Portugal siguió un camino similar poco después. En 1497, el rey Manuel I ordenó la expulsión o conversión obligatoria de todos los judíos. Aquel acto cerró la última puerta de salida en la península. Sefarad dejó de ser una tierra física para convertirse en un exilio eterno.

[Image showing the routes of the Sephardic exodus from the ports of the Iberian Peninsula to North Africa and the Ottoman Empire]


El exilio y el «sefardismo» como resistencia

La firma de estos decretos no borró a Sefarad de la historia. Los expulsados se llevaron un tesoro inmaterial: el judeoespañol o ladino. Esta lengua conservó la sonoridad del castellano bajomedieval durante cinco siglos. Se enriqueció con préstamos de los países de acogida, pero mantuvo su esencia hispánica.

Las familias guardaron costumbres, recetas y las llaves de sus casas en España. Sefarad se transformó en un estado mental y una patria emocional. El término «sefardí» pasó a designar a quienes mantenían ese rito y esa lengua. Se diferenciaron así de los judíos asquenazíes de Europa central.

El legado arquitectónico también respira en las ciudades actuales. La Sinagoga del Tránsito en Toledo es el máximo ejemplo de esta simbiosis. Sus yeserías mudéjares mezclan salmos hebreos con la heráldica de Castilla. Es el rastro pétreo de una comunidad que se sentía dueña de su destino.

Sefarad es hoy un puente de ida y vuelta. En 2015, España y Portugal ofrecieron la nacionalidad a los descendientes de los expulsados. Fue un acto de justicia histórica tras quinientos años de alejamiento. Sefarad vuelve a abrir sus puertas a quienes nunca la olvidaron.

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