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El felino de jade

    El felino de jade

    El felino de jade

    A Tony y su hermanita Lety, les encanta visitar a sus abuelos. Las dos cosas que más los emocionan al llegar: la comida de la abuelita Sarah y los artefactos de los viajes del abuelito Juan, que siempre tienen una historia emocionante y fabulosa.

    El último domingo el abuelito Juan había sacado del gran baúl, que nadie puede tocar, un broche de la cultura Tolteca, que en su momento fueron conocidos como los más sabios y poderosos de la época precolombina. El broche era de oro con incrustaciones de jade que daban la forma de un Jaguar. Bajaron los tres al estudio y, colocándose una frazada en las piernas, el abuelo empezó a contar:

    —Este broche perteneció a la doncella de la historia que estoy por contarles, con la llegada de los españoles llegó a España; después, en las guerras napoleónicas fue llevado a Versalles y en la Segunda Guerra Mundial a Berlín, donde se perdió entre los escombros de los bombardeos aliados. 

    —¿Cómo lo conseguiste, abuelo? —preguntó Lety, que había colocado el broche entre sus cabellos rizados. 

    —En una venta de garaje, me lo vendieron por algunos euros.

    —Pero debe valer mucho más —afirmó Tony tomando el broche de su hermana y acariciando al felino incrustado.

    —Claro, pero muchas veces la gente no valora lo que tienen, venden sus reliquias para comprar cosas efímeras y mundanas.

    —Ya no lo distraigas, Tony, deja que el abuelo cuente la historia —dijo Lety, que había reconquistado el broche.

    —Siglos antes de que Shakespeare concibiera a Romeo y Julieta, en el reino de Tlaxcallan, nació la leyenda de dos enamorados con un destino parecido. Es la historia de Popocatépetl e Iztaccíhuatl, las dos montañas que custodian el valle de México. Ella es un volcán dormido; él un volcán que despierta de vez en cuando para custodiar el profundo sueño de su amada. Esta historia la contaron los tlaxcaltecas a Cortés cuando cruzaron entre los dos enamorados en su camino a Tenochtitlan. Doña Marina la tradujo para él y a ese lugar lo conocen los mexicanos como el Paso de Cortés. 

    En el reinado del bisabuelo de Huehue Xicohténcatl; el aliado más poderoso de los españoles contra los mexicas. Existió un hábil guerrero, diestro con la lanza y la honda. Era el único temido por sus acérrimos rivales. Los mexicas cansados de él enviaron a tres guerreros jaguar, ritualizados en nombre de Huitzilopochtli, para acabar con él. Pero no pudieron, Popocatépetl los derrotó por la pirámide de Tizatlán. En la ceremonia de la victoria notó a una bella doncella entre los sacerdotes, era la princesa Iztaccíhuatl. Nunca se ha visto mujer más bella en Tlaxcallan, llena de talentos y de virtudes. Ella ya había rechazado al señor de Ocotelulco y al señor de Quiahuiztlán, los cuales después de su padre eran los hombres más importantes del reino. 

    En un banquete llevado a cabo en el palacio, se sirvieron grandes delicadezas culinarias: pavo real horneado, armadillo sazonado con chiles, calabazas rellenas, maíz en todas sus presentaciones, y para tomar, pulque y agua de chocolate. 

    —¿Cómo el que comemos nosotros con la rosca de reyes?

    —No, nada que ver, Lety. Ellos no tenían azúcar por lo que era más amargo, pero también más natural y sano. El cacao, que es con lo que hacen el chocolate, era tan valioso que se utilizaba como dinero . 

    —¿Y estaba Iztaccíhuatl en el banquete? —preguntó la niña.

    —Sí, Popocatépetl se sentó junto a ella, era el invitado de honor y todos lo admiraban. El cacique, que era padre de la doncella, dio algunas palabras antes del festín: «En todos nuestros años de historia nunca hemos podido dar batalla a los mexicas, nos han humillado incansables veces, han esclavizado a nuestras hijas y sacrificado en la gran pirámide a nuestros hijos. Pero con Popocatépetl al mando de los ejércitos hemos, por primera vez, sido capaces de derrotarlos en batalla: no una, sino en tres ocasiones. Los cobardes han puesto el grito en el cielo y han querido matar a nuestro gran guerrero por la espalda, pero él está cuidado por el manto de Camaxtli y ningún hombre es capaz de hacerle daño».

    Las ovaciones y gritos de alegría llenaron el recinto real. Popocatépetl se levantó y tomó la palabra: «Les agradezco a todos por colocar su confianza en mí. Les juro que de ser necesario moriré por Tlaxcallan y por mi amada que he conocido en este día». Giró su mirada hacia el cacique. «Por lo que en presencia de todos pido en matrimonio a su hija, la hermosa Iztaccíhuatl». Después dirigió la mirada a Iztaccíhuatl. «Solo si soy de su agrado, princesa». El cacique, feliz, dijo: «Para mí no habría mejor unión por lo que te doy mi bendición, Popocatépetl, pero ella es libre y la última palabra le pertenece». 

    El palacio enmudeció, todos esperaban la respuesta de Iztaccíhuatl. Después de reflexionar unos momentos dijo: «Gran guerrero, has expuesto tu fuerza y valentía, pero aún no me has demostrado tu inteligencia y sentimientos. Por lo que te daré el siguiente acertijo y si eres capaz de resolverlo, seré tuya: “Por tres lunas el guerrero viajó por terrenos desconocidos, su corazón era alegre, pero se perdió en la inmensidad de la selva. Solo el conocimiento de las plantas, de los habitantes de la selva y de sí mismo provocó que la naturaleza lo abrazara. Al salir se dirigió a donde habita el jaguar y tomó tres de sus manchas, después a donde anida el águila y tomó tres de sus plumas, regresó y las regaló a la selva. La madre naturaleza complacida le dio un lugar junto a ella y vivieron el resto de su vida en unidad…. Tienes hasta mañana para descifrarlo, Popocatépetl”.

    Todos los presentes quedaron maravillados con las palabras de la princesa, pero nadie había podido entender lo que significaban. Ella se retiró a sus aposentos y la fiesta continuó sin el guerrero pues él solo podía pensar en el acertijo. 

    A la mañana siguiente, Popocatépetl fue a la casa de su amigo Kante, le informó del acertijo y de su frustración al no poder resolverlo. Kante, queriendo ayudar, preparó el temazcal para un viaje al mundo de los muertos.

    —¿Qué es eso abuelo? —preguntaron ambos niños.

    —Como un baño de vapor, con hierbas y se toma antes de entrar una bebida con néctar de cactus. 

    Entonces medio día pasó sin que Popocatépetl saliera, Kante se empezó a preocupar; sin embargo, era más peligroso interrumpir el viaje. Antes de que el sol se ocultara por completo, Popocatépetl salió. Le dio un abrazo a Kante y corrió al recinto de Iztaccíhuatl. Ella se encontraba esperándolo, sentada cepillando su negro cabello. Le dijo: «Creí que no llegarías. Ahora se encuentra en ti nuestro futuro, dime, Popocatépetl, ¿serás mi esposo?»

    Él contestó: «Hermosa Iztaccíhuatl, no solo tu padre y el pueblo han visto con buen ojo nuestra unión, el dios Camaxtli también; me he encontrado con él y me ha ayudado. Tú representas a la selva y por tres lunas debemos conocernos para llegar a amarnos. Las tres manchas del felino: las vidas de tres guerreros jaguar; las tres plumas: las vidas de tres guerreros águila. En la próxima batalla te las debo de traer para convertirnos en uno solo».

    » La princesa se arrojó a sus brazos, se dieron su primer beso y durante las siguientes tres lunas conocieron su pasado, sus almas y sus seres.

    —Vengan a comer —interrumpió la abuelita Sarah—, ¿es ese mi bro…

    —Sí, es tu broche de la princesa Tlaxcalteca —afirmó Juan.

    —Bueno, si quieren conocer el fin de la historia acaben todo su plato, niños.

    La abuela había hecho milanesas de res acompañadas de ensaladilla rusa y un agua de sandía. Mientras se preparaba el café para el postre, el abuelo acabó con la historia:

    —Llegó el día de partir a la batalla, en el consejo de guerra los líderes de Tlaxcallan junto a los generales se pusieron de acuerdo del siguiente golpe a los mexicas. Se decidió que sería Iztacalco, aliado y pueblo subordinado a Tenochtitlan. Se preparó todo para partir a la mañana siguiente. Popocatépetl, antes de visitar a Iztaccíhuatl, le encargó a Kante que la cuidara y protegiera hasta su regreso. Al llegar a sus aposentos, la encontró llorando; las tres lunas habían sido tiempo suficiente para que naciera un amor verdadero, ya no era necesario que se le entregaran a la princesa las seis vidas, pues ambos habían roto el pacto descrito en el acertijo y ya eran un mismo ser. La princesa le dijo: «Me odio por haberte exigido las seis vidas para poder casarnos, si pudiera cambiaría el acertijo y pediría solo tu amor. ¿Qué será de nosotros si mueres?» A lo que él contestó: «Eso no pasará. Kante te protegerá en mi ausencia, sin su ayuda no hubiese sido posible nuestro encuentro. Con mi regreso celebraremos la victoria con nuestra nueva vida». Entonces la princesa suplicó en rodillas: «No vayas, Popocatépetl, hablaré con mi padre y permitirá que te quedes conmigo». Y el levantándola por los hombros le dijo: «Sabes que no puedo hacer eso. La vida de Tlaxcallan y de nuestra descendencia depende de la derrota de los mexicas. Solo de esa forma Camaxtli nos seguirá bendiciendo».

    Pasaron la noche juntos y en la madrugada Popocatépetl se reunió con los otros guerreros. Nunca se habían acercado de esa forma al gran imperio, era un viaje largo y duro. 

    Iztaccíhuatl esperó el regreso de su amado en lo más alto de la pirámide; haciendo y desasiendo trenzas en su frondosa cabellera. Su padre le decía que no se preocupara; que nunca se ha visto guerrero igual por lo que su regreso era inevitable. Un quetzal enjaulado le hacía compañía, cantaba una melodía para atraer al otro de su especie. Como ella, la bella ave esperaba que su amante lo encontrara. 

    Pasó una luna, el ave y ella se encontraban en una melancolía inmensurable. Ella se reflejó en su plumaje verde y en su cántico que cada día se volvió más frenético. Esa noche Iztaccíhuatl decidió por fin liberar a su amigo en desamores; si su compañera no venía a él, él iría por ella. Pensó en hacer lo mismo, pero Kante siempre la perseguía y la obligaba a regresar a la pirámide. 

    En el día trigésimo tercero, llegaron las primeras noticias de la ofensiva: había sido un fracaso y muchos habían caído en las calzadas, en el gran lago y sus alrededores. Todos se mortificaron y ese día, Iztaccíhuatl se ocultó; no quería que nadie la viera sufrir. Después se adentró a sus aposentos donde cayó dormida. Soñó que se convertía en quetzal, volaba sobre su ciudad y en la cima de la pirámide se veía a sí misma: jugando con su pelo y con el ave que liberó; se sintió mal de no haberlo hecho antes. Entonces Kante la despertó. «¿Ha vuelto?», exclamó la princesa con esperanza. Kanté contestó derrotado: «Lo lamento tanto, princesa, Popocatépetl ha muerto. Nos acabamos de enterar por algunos sobrevivientes que regresaron». La princesa se convirtió en tormenta, destruyó su habitación y gritó: «¡No, no es posible, él nunca ha sido vencido en batalla! ¡Mientes!». El silencio y resignación de Kante la obligó a creerle. Iztaccíhuatl se derrumbó, el abismo la consumió y en su sufrimiento durmió para nunca más despertar. Kante trató de resucitarla, pero era inútil. En su plan para quedarse con Iztaccíhuatl nunca contempló que ella muriera de tristeza, temió por su vida y abandonó la ciudad hacia otras tierras.

    Popocatépetl regresó dos días después. El cacique lo recibió y lo dirigió a los aposentos, donde se encontraba el cuerpo de su amada. Al principio creyó que solo dormía, pero al acariciar su piel, ya no sintió el calor que antes le transmitía. El cacique le prometió que le cumpliría lo que quisiera, pues entendió el amor que se habían guardado ambos y el recuerdo de su hija lo atormentaba. Popocatépetl pidió que juntaran los cerros al sur del reino para formar uno solo. Cuando fue concluida la obra faraónica colocó a Iztaccíhuatl en la cima; para él solo dormía y era cuestión de tiempo para que despertara.

    Se quedó junto a ella y con una antorcha esperará hasta el fin de los tiempos a que su amada despierte. A veces Popocatépetl se levanta del sueño compartido, agita su antorcha demostrándonos que aún vive y que no quiere que nadie se acerque a Iztaccíhuatl.

    —Qué bonita historia, abuelo. ¿Nos puedes contar otra? —preguntó Lety. El café había llegado, cucharitas cafeteras de diferentes diseños se colocaron sobre la mesa, Juan tomó la que tenía más desgaste y dijo:

    —¿A qué no adivinan a quién perteneció esta pequeña cucharita?

    —No, abuelo. Dinos —dijeron sus nietos al unísono. 

    —A María Antonieta, la última reina de Francia. Antes de que Napoleón se convirtiera en emperador…

    Autor: David Barcena

    Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.

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