
EL RADAR
Era una noche cerrada. Caía una lluvia suave pero incesante y la niebla emblanquecía el camino. Yo iba en mi coche conduciendo tranquilamente cuando, de pronto, en una recta con buena visibilidad, vi a una autoestopista. Me llamó la atención porque era una chica vestida de blanco, sucia de barro, empapada por la lluvia, demacrada, pálida y ojerosa. Decidí parar.
—Hola, ¿puedo ayudarte en algo?
Ella, sin mediar palabra se subió al coche y ocupó el asiento del copiloto.
- ¿Cómo te llamas?—pregunté, para romper el hielo.
—Es una pregunta muy difícil de contestar. —Respondió ella con cierto desparpajo—. Tengo un lío existencial que no te imaginas. Mi vida, o mi muerte, están llenas de profundos cuestionamientos. No sé cómo me llamo, dónde nací o qué edad tengo. Algunos cuentan que me vieron por una carretera perdida de Granada, pero otros dicen que por Canarias. Vivo de noche y, aun estando muerta, me visualizan y escuchan mi voz.
—Claro, ya me sonaba tu aspecto… Tú eres “la niña de la curva”.
—Es verdad, con tanta cháchara se me había olvidado decirte que viene una curva muy pronunciada y que reduzcas la velocidad porque allí es donde yo perdí la vida.
—Perdona, pero ya la curva ha pasado y ahora esta recta se extiende varios kilómetros.
—Tienes razón. Qué despistada soy. Me explico. Yo me maté allí atrás; me he llevado muchos años pasando frio y avisando de la curva, pero con la aparición los GPS ya no tiene sentido y me he reconvertido. Ahora sólo aviso de que bajen de velocidad porque hay un radar fijo que no perdona. Por otra parte y, está feo decirlo pero, debido a mis grandes dotes comunicativas, me han nombrado representante sindical de los espectros y lo tengo claro: o me ponen una caseta con calefacción o me retiro y se acaba esta leyenda.
Autor: M. Rosario Gómez Fernández.
Conoce más de la autora en su blog VERBIGRACIA
Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.
