
Praga, la perla del sur de Bohemia , patrimonio universal de la Unesco , la ciudad parecía sacada de un cuento de hadas, lleno de fantasía y belleza. Sus calles y pasajes me llevaron siglos atrás, a los días del renacimiento que seguía estando vivo en los hermosos y coloridos relieves esgrafiados que decoraban las fachadas de sus casas, palacetes, torres, castillos e iglesias. La sensación que tenía era la de haber hecho un viaje en el tiempo que me trasladaba a escenarios de cuento, construidos por siglos de historia sobre gruesos muros, altas torres y calles estrechas y empedradas por donde transitaban espíritus de princesas y caballeros andantes, hadas y duendes, brujas y meretrices ilustres. La capital checa vivía una segunda primavera, donde sus majestuosos y antiguos monumentos, el castillo, los puentes, las torres, las iglesias y las sinagogas convivían en perfecta armonía con una arquitectura de vanguardia, restaurantes de diseño, cafés temáticos y barrios revitalizados, convertidos en los nuevos templos de la moda y las últimas tendencias. Ni la presencia de turistas podía deslucir el espectáculo de un puente del siglo XIV, un castillo sobre un cerro y un hermoso río pausado que inspiró una de las piezas más bellas de la música clásica del siglo XIX, “El Moldava”, del compositor Smetana.
No es normal encontrar a una mujer haciendo el trabajo de un payaso en un circo. Y menos normal aún es que el número lo forme un matrimonio como era el caso. Se trataba de una pareja de centroamericanos que rondaría la treintena de años, formada por Mayra y Celestino, a quien todo el mundo conocía como Tino. La gira del circo en el que trabajaba Iván le había llevado hasta la ciudad de las cien torres.
Con Tino, Iván tenía bastante relación desde que comenzó en el circo, pues era una persona muy abierta y congeniaron desde el principio. Con el paso de las semanas se fueron haciendo buenos amigos y mantuvieron una buena camaradería. A su mujer, Mayra, la veía mucho menos fuera de las horas de trabajo, pero siempre le pareció más reservada que su marido. Cuando actuaban, él salía a la pista vestido con la clásica chaqueta grande y los zapatones del payaso tonto, mientras que Mayra lucía la cara pintada de blanco y un traje brillante ajustado a su cuello y a sus tobillos, con un aro por el interior a la altura de la cintura, dándole volumen y disimulando así sus formas femeninas.
Una noche, después de cenar en el comedor del circo, Tino le dijo:
- Iván, me gustaría hablar un momento contigo. ¿Te importaría venir a nuestra caravana?
Quiero contarte algo.
Esto le desconcertó, pero, aunque no sabía por dónde iba a salir, aceptó acompañarle. Mayra se unió a ellos poco después y entró con Tino e Iván en el vehículo. El hombre le invitó a sentarme con él en unos cómodos sillones frente a una cama y sirvió copas de licor para los tres. A Iván le llamó la atención algo que había colgado de la pared, como si fuera un cuadro, pero completamente envuelto y embalado.
- Ya sé que lo que te voy a contar te va a parecer muy extraño y estoy seguro de que no te lo esperarías – comenzó hablando.
- Bueno, pues tú dirás.
- Mayra y yo siempre nos hemos llevado muy bien. Desde que llevamos juntos nos hemoscompenetrado a la perfección. Pero hubo un hecho que lo cambió todo.
- Somos conscientes de que todo esto te sonará muy extraño – siguió diciendo ella -, pero tiene una explicación. Necesitamos contarle a alguien lo que pasa. Todo tiene que ver con ese cuadro que ves colgado ahí tan tapado.
- Sí – continuó Tino -, aunque, para que lo entiendas, déjame que te cuente una leyenda de mi país, Guatemala, que tiene que ver con nuestra profesión. Es una historia muy popular en toda Centroamérica. Se trata de la leyenda del payaso diabólico. – Todavía un poco extrañado, Iván escuchó el relato de Tino-.
El doctor Muñoz era médico de profesión y amigo del ministro de Sanidad de Guatemala. Durante muchos años había trabajado en el hospital de Quetzaltenango hasta que fue llamado a la capital para ocupar un puesto importante en el Ministerio. Toda la familia estaba muy contenta, todos excepto Alberto, el hijo mayor, que tendría que dejar a su novia y a sus amigos en su ciudad natal. Al llegar a Guatemala capital, la familia fue conducida a la casa que había preparado el Ministro para ellos. Se trataba de una casa muy grande y bonita, junto a la iglesia, en uno de los mejores barrios de la ciudad. La familia estaba entusiasmada, los más pequeños entraron corriendo para explorarla, los padres entraron abrazados sintiendo que el futuro les deparaba cosas muy buenas, mientras que Alberto no estaba muy convencido y entró con un sentimiento de frustración.
Los dos niños pequeños correteaban por toda la casa y ya habían elegido cuáles serían sus habitaciones en el piso superior, mientras que los esposos inspeccionaban el salón, el comedor y la cocina antes de subir a la que sería su habitación. Todos los muebles estaban cubiertos con sábanas para preservarlos del polvo. Después de dejar sus maletas cada cual en su cuarto, se reunieron en el salón para ir destapando todo el mobiliario. Descubrieron un cómodo sofá de tres piezas, dos mesas auxiliares, un mueble con un viejo televisor, dos cuadros de paisajes y otro pequeño cuadro de un horrible payaso.
El cuadro del payaso causó escalofríos en toda la familia. Lucía una mirada penetrante, una sádica sonrisa y un puño cerrado. Todos querían deshacerse del cuadro, todos menos Alberto, que veía la oportunidad de fastidiar a sus padres por haberle hecho mudarse a Guatemala. Ellos le dieron permiso para quedarse con el cuadro, pero con la condición de que lo colgase en su habitación, para no tener que verlo. Esto calmó un poco a Alberto, que les llamó miedosos y todos terminaron bromeando. Caída la noche, todos estaban exhaustos por el largo viaje y la limpieza de la casa y celebraron entre risas una alegre cena. El futuro parecía muy alentador.
El día siguiente amaneció muy distinto. El doctor Muñoz se levantó temprano, pero decidió no despertar a su mujer ni a los niños. Pasada una hora, estos se fueron despertando. Decidieron preparar un delicioso desayuno familiar y enviaron a Marcela, la más pequeña, a despertar a su madre. Pasados unos minutos, Marcela volvió diciendo que su mamá no despertaba, por lo que el doctor Muñoz subió a ver qué sucedía. Pero lo único que volvió fue su grito al ver que su compañera de hace más de veinte años yacía inerte en la cama. Los niños lloraron abrazando a su madre fallecida y Alberto corrió a su habitación a llorar y a maldecir al mundo por la pérdida. En esos momentos de dolor, no se percató de que el cuadro del payaso había cambiado. Ahora su puño ya no estaba totalmente cerrado, sino que había extendido un dedo.
Unos días después del entierro, Francisco, el hijo mediano, enfermó de una extraña afección respiratoria. Su padre intentó ayudarlo, pero los síntomas lo tenían confundido y decidió llevarlo al hospital, donde le realizaron todo tipo de análisis, pero todo fue en vano. La condición del pequeño Francisco se deterioraba y falleció dos días después. El padre llamó a casa para darle la noticia a su hijo mayor y le indicó que volvería más tarde. El pobre Alberto no podía creer lo que sucedía con su familia y subió a su cuarto para lamentar la pérdida de su hermano. No se percató de que ahora el repelente payaso levantaba dos dedos. Se tiró en la cama y lloró hasta quedarse dormido, olvidándose de que había dejado a la pequeña Marcela sola en la bañera. Horas después el teléfono lo despertó. Lo primero que miró fue el cuadro del payaso, que ahora tenía tres dedos levantados. Le pareció extraño, pero no recordaba cómo era la pintura originalmente, así que no le prestó mucha atención y corrió a contestar el teléfono. Era su padre, que llamaba desde el hospital para ver cómo estaban sus hijos. Alberto recordó que la primera vez que llamó su padre estaba cuidando de Marcela en la bañera, por lo que corrió a verla. Al entrar al baño se encontró con el cuerpecito de la niña flotando boca abajo. La hermanita de Alberto estaba fría y no respiraba. Alberto se apresuró de vuelta al teléfono para decirle a su padre lo que había ocurrido.
El doctor Muñoz salió del hospital y se dirigió en su coche a toda velocidad hacia su casa por si podía hacer algo por salvar a su pequeña. Cuando llegó a la plaza delante de su casa, perdió el control del vehículo y se estrelló contra una pared. Alberto escuchó el fuerte impacto y corrió del baño a su habitación, cuya ventana daba a la plaza. Ahí vio el coche de su padre destrozado. Una puerta se abrió y el cuerpo del doctor Muñoz, ya sin vida, se deslizó hasta el asfalto. Horrorizado, Alberto se giró con las manos en la cabeza, esperando que todo fuera un sueño, que no fuera realidad. Frente a él, el cuadro del payaso cobró vida. Y esta vez, Alberto se convirtió en el único testigo al observar cómo el payaso levantaba un cuarto dedo y con una leve sonrisa dijo: “Solo falta uno”.
La locura se apoderó del joven y salió corriendo de la casa. Entró en la iglesia de enfrente, se arrodilló frente a un banco y rezó, y rezó, y rezó. En la calle escuchó sirenas y el murmullo de los curiosos que se juntaban alrededor del coche para ver qué había ocurrido. Alberto al fin salió lentamente de la iglesia con la mirada perdida y se dirigió hacia su casa. Todo su cuerpo temblaba y repetía continuamente la misma frase: “Solo faltas tú, maldito payaso”. Cuando llegó a su casa, la policía tenía acordonada la zona e intentaron detenerlo, pero él salió corriendo y se dirigió velozmente a su habitación. Tres policías le persiguieron. Alberto logró alcanzar el cuadro del payaso e intentó romperlo, pero antes de conseguirlo fue aprehendido por los agentes que pensaban que podría estar involucrado en las muertes de su familia.
Un grupo de médicos evaluó a Alberto y determinaron su locura, por lo que fue llevado a un psiquiátrico en otra zona de la ciudad. Nadie creyó en su historia del payaso y tres días después su cuerpo apareció ahorcado en su celda. Alberto se había suicidado. El payaso levantaba ahora los cinco dedos.
Tino continuó relatando su historia.
Pero lo más preocupante de la historia es que no termina ahí. Los tíos de Alberto llegaron a la capital desde Quetzaltenango para recoger los bienes de la familia. Al regresar a su ciudad, desempaquetaron todo y encontraron el cuadro del payaso con los cinco dedos levantados. Recordaron la historia de Alberto y que debiera tener únicamente cuatro dedos en alto. La familia entró en pánico. Intentaron romper el cuadro, pero no se rasgaba. Intentaron quemarlo, pero no ardía. Al final decidieron sacarlo a la calle para que no afectara a su familia.
Unas horas después, alguien llamó a la puerta. Tras ella se encontraba un hombre de edad avanzada y ropa de religioso. Preguntó si el cuadro que tenían fuera estaba en venta. Le dijeron que no estaba en venta, pero que si quería llevárselo podía hacerlo libremente. El cura lo agradeció y se retiró, observado por la familia que vio cómo se alejaba el cuadro con el payaso que ahora tenía nuevamente el puño cerrado, como si la cuenta se hubiera reiniciado.
Semanas después, las noticias anunciaron el asesinato del Arzobispo. El tío de Alberto reconoció el rostro y le dijo a su esposa que ese era el religioso a quien habían regalado el cuadro.
Desde entonces no volvieron a saber nada del cuadro del diabólico payaso.
Llegado a este punto, Tino dio por terminado el relato e Iván le dijo:
- No me digas que ese cuadro que tenéis ahí tapado es el del payaso de la leyenda.
- Aunque te parezca increíble, ese es el cuadro del payaso diabólico.
- ¿Y cómo llegó a vuestras manos?
- Esa es otra historia que ya te contaré algún día.
- ¿Pero vosotros creéis en esos cuentos?
- Pues sí. Por eso lo tenemos tapado, para que no nos afecte otra vez.
- ¿Cómo que otra vez? Si os hubiera afectado, ya teníais que estar muertos, ¿no?
- Yo no me creía nada de esto, pero un día descubrí que a mí el payaso solo me levantó lamitad del dedo, por lo que mi desgracia no fue la muerte, sino otra cosa. Desde entonces, me resulta imposible llevarme bien con mi mujer y eso es algo terrible para los dos. Temo que esto vaya a más y termine mal. Lo mantenemos con nosotros para que no lleve la desgracia a nadie más.
Totalmente asombrado Iván preguntó:
- ¿Pero cuál es el motivo de que me hayáis traído aquí?
- El motivo es que queremos pedirte que te deshagas del cuadro por nosotros.
Mayra siguió con la explicación:
- Tino te considera un amigo y por eso me habló de ti y pensamos que…
Tino la interrumpió diciendo:
- Estamos seguros de que cuando el payaso desaparezca de nuestras vidas, todo volverá a ser como antes, pero nosotros no podemos deshacernos de él.
Realmente aturdido por el desarrollo de la conversación, miró alternativamente a aquella pareja de chiflados sin poder creer del todo lo que había escuchado. Al comprobar su silencio y sus dudas, Mayra descolgó el cuadro de la pared y se lo entregó con mirada suplicante. Aquel ruego en sus ojos y la amistad que le unía a Tino le llevaron a alargar la mano y tomar el paquete. Ya pensaría más tarde cómo efectuaría su encargo.
Aquella noche no pudo pegar ojo. Posiblemente la presencia del cuadro encima de la mesa influyó en ello. A punto de amanecer decidió que amarraría un peso al paquete y lo arrojaría al río desde la orilla. Se dirigió temprano al lugar con aquella intención y para su sorpresa, la suerte estuvo de su parte. En una zona del muelle en el que atracaban los barcos para los turistas se estaban llevando a cabo labores de construcción con unos grandes bloques para la escollera destinada a protegerlo de las riadas del Moldava. Los camiones de cemento descargaban su contenido en inmensos moldes que los operarios dejaban fraguar varios días hasta que su contenido se endurecía y el bloque era depositado en la escollera. Uno de aquellos moldes estaba lleno hasta la mitad de cemento y vio la ocasión de hacer desaparecer el cuadro del payaso diabólico para siempre. Lo arrojó al centro del bloque poco antes de que un camión descargase su contenido haciéndolo desaparecer bajo la masa de cemento. Ahora solo bastaba que este se endureciera y fuera arrojado al río.
Volvió al circo satisfecho de la solución que había encontrado y le parecía definitiva. Poco podía sospechar entonces que, unos días más tarde, cuando el bloque fue elevado por una grúa para ser colocado en la escollera, un cable se rompiera dejándolo caer al muelle. La mala fortuna quiso que un trozo del bloque rebotase alcanzando a un operario causándole la muerte al instante. Durante las labores de desescombro, un compañero del fallecido observó que un paquete sobresalía de entre los cascotes y la curiosidad le llevó a recuperarlo. La historia podría volver a repetirse.
Autor: José Ramón Ramos Martínez
Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.
