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La Ermita del Calvario de Loja: cima de la penitencia franciscana

    La Ermita del Calvario de Loja: cima de la penitencia franciscana

    En Loja, donde los montes se deshacen en caliza y la vega reverdece al paso del Genil , se alza el perfil inconfundible del Monte Hacho. En su ladera sur, a casi mil metros de altitud, reposan los restos de la Ermita del Calvario, uno de los testimonios más hondos y conmovedores de la religiosidad popular lojeña.

    Su emplazamiento: un punto elevado, abierto al horizonte, desde el que se domina la ciudad y el valle. Allí culminaba el Vía Crucis, y hasta su puerta subían los fieles en penitencia, acompañados por el sol que iluminaba la fachada blanca de la ermita durante el ascenso.

    Hoy, las ruinas del Calvario se alzan como un eco de piedra, pero en cada muro parece latir aún el pulso de una historia intensa: la que comenzó en la quietud de una cueva franciscana y terminó entre las llamas de la Guerra Civil. Entre esos dos momentos se escribe una de las páginas más singulares del franciscanismo granadino, donde arquitectura, fe y paisaje se entrelazan en un mismo relato espiritual.

    Monte Hacho: la atalaya de Loja

    El Hacho es un macizo kárstico , cuya cima se encuentra a  1.025 metros de altitud, y forma parte del Subbético interno. Alimenta con sus manantiales la red hidrográfica de Loja. Desde su cumbre se domina toda la vega: los olivares, el cauce del Genil y el caserío blanco que se arremolina a sus pies.

    No es casual que los ermitaños eligieran este monte. Su orografía —escabrosa, pero abierta al horizonte— ofrecía la soledad buscada por los devotos y el espectáculo de una naturaleza que invita al recogimiento. Monte Hacho fue, para Loja, lo que el Sacromonte fue para Granada: un paisaje sagrado.

    La cueva del ermitaño: el germen del Calvario

    La Ermita del Calvario de Loja: cima de la penitencia franciscana

    La historia documentada de la ermita comienza en 1536, apenas unas décadas después de la conquista cristiana. Ese año, un ermitaño anónimo pidió permiso al cabildo lojeño para construirse una celda “en la cueva que hay sobre el convento de San Francisco”.

    Aquel refugio excavado en la roca fue el origen del Calvario. Siguiendo el ejemplo de los primeros franciscanos, el ermitaño buscó el retiro y la penitencia en las alturas. En esa época, Loja era un foco vibrante de espiritualidad: los frailes observantes, los descalzos y los terceros seglares habían levantado tres conventos en torno a la ciudad, y desde allí irradiaban devociones, procesiones y estudios. Según recuerda el cronista Rafael Rosal Pauli

    los humildes frailes mendicantes de Asís ya tenían organizada en Loja la Orden Tercera de Penitencia, y subían todos los viernes del año al Calvario para hacer estación en las catorce cruces de piedra que jalonan el camino

    De esa mezcla de soledad y rito nació una pequeña ermita que, con el tiempo, se transformó en un templo de mampostería. Su construcción formal comenzó hacia 1605, y a lo largo de los siglos XVII y XVIII fue ampliada y restaurada.

    Ermita del Calvario de Loja: una arquitectura humilde y simbólica

    La Ermita del Calvario de Loja: cima de la penitencia franciscana

    El edificio respondía al arquetipo de las ermitas andaluzas de montaña. De planta rectangular y nave única, su estructura se remataba con una cabecera cuadrada y un pequeño porche de tres arcos de medio punto, concebido como espacio de acogida y oración al aire libre. La orientación hacia el sur permitía que el sol bañara su fachada durante la subida, creando una atmósfera de luz que acompañaba el recogimiento espiritual de los peregrinos.

    En el interior, la bóveda de medio cañón cubría la nave principal, mientras la capilla mayor se distinguía por una cúpula semiesférica apoyada sobre pechinas. A pesar del deterioro, aún pueden apreciarse restos de decoraciones en escayola, medallones y molduras sencillas que evocan la mano anónima de los artesanos locales. Son, como bien podría decirse, pequeños milagros de yeso que han resistido al paso del tiempo.

    Los muros muestran la técnica constructiva característica del siglo XVII, con cajones de mampostería reforzados por hiladas de ladrillo, un recurso frecuente en la arquitectura popular franciscana y en otras obras rurales de la época. Este método confería solidez al conjunto sin renunciar a la sencillez estética que define su espíritu.

    No faltaba tampoco la espadaña, erguida sobre la fachada como símbolo de llamada y oración, visible desde buena parte del camino. Su campana marcaba las horas del recogimiento y señalaba el final del Vía Crucis, punto culminante de las devociones de Semana Santa en Loja.

    Hoy, la Ermita del Calvario conserva su valor simbólico y patrimonial, no solo como vestigio arquitectónico, sino como memoria viva de una religiosidad que unía paisaje, fe y comunidad. Aunque el paso de los siglos ha despojado al edificio de su esplendor, las piedras y arcos que permanecen en pie siguen contando, silenciosamente, la historia de una devoción profundamente arraigada en el corazón de Loja.

    El Vía Crucis del Hacho: un camino de fe

    La Ermita del Calvario de Loja: cima de la penitencia franciscana

    Durante más de tres siglos, el ascenso al Calvario fue el Vía Crucis más famoso de Loja. Organizado por la Venerable Orden Tercera de Penitencia de Seglares, los fieles recorrían cada viernes las catorce estaciones marcadas por cruces de piedra, muchas de las cuales aún pueden reconocerse entre las zarzas.

    El camino culminaba ante la imagen de Jesús del Calvario, titular de una hermandad vinculada a la Vera Cruz y al patronato de la familia Campos. También se veneraba en la ermita a la Virgen de la Caridad, proclamada protectora de la ciudad en el siglo XVIII.

    El ascenso era tanto físico como espiritual: subir al Hacho suponía revivir la Pasión de Cristo en clave andaluza, con tambores sordos, cirios y oraciones en voz baja. El Calvario era, al mismo tiempo, santuario y teatro del alma.

    El franciscanismo lojeño: tres hábitos y una misma vocación

    La vitalidad religiosa de Loja en la Edad Moderna fue excepcional. Según Rosal Pauli, la ciudad llegó a albergar tres monasterios franciscanos —de observantes, mínimos y descalzos— además del convento de clarisas. En el siglo XVII, “más de setenta religiosos entre profesos, novicios y legos” vivían de la limosna y del cariño popular

    Esa densidad espiritual explica la pujanza del Calvario: los frailes del Convento de San Francisco, situado junto al Genil, promovían las procesiones, predicaban los sermones cuaresmales y acompañaban a los penitentes en el ascenso. Desde allí se extendió una cultura de humildad y estudio que dio a Loja obispos, teólogos y misioneros.

    La ermita del Hacho fue, en ese contexto, una prolongación del espíritu franciscano: el lugar donde el pueblo, sin hábitos ni claustros, podía vivir la experiencia del sacrificio y la esperanza.

    El incendio y el silencio

    La Ermita del Calvario de Loja: cima de la penitencia franciscana

    El siglo XX trajo consigo la ruptura. En 1936, durante los primeros meses de la Guerra Civil, la Ermita del Calvario fue incendiada y destruida casi por completo. La imagen de Jesús del Calvario, tan querida por los lojeños, desapareció entre las llamas. Los muros quedaron desnudos, las bóvedas colapsaron y las cruces del Vía Crucis se dispersaron por la falda del monte.

    Durante décadas, el Calvario permaneció abandonado, como una herida abierta. Solo algunos excursionistas o devotos solitarios subían a contemplar el paisaje y el esqueleto de piedra, envuelto por el viento del Hacho.

    En 1985, la Junta de Andalucía declaró el conjunto Bien de Interés Cultural (BIC), reconociendo su valor histórico, artístico y etnológico. Fue el primer paso hacia la memoria.

    El retorno del Calvario

    El renacer del Calvario comenzó en 2015, cuando la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de las Tres Caídas, heredera espiritual de la antigua devoción, retomó la subida al monte y devolvió la vida al lugar tras casi ochenta años de silencio. Aquella jornada fue recordada en Loja como un símbolo de fe y memoria compartida.

    Años después, en 2024, el Ayuntamiento de Loja dio un nuevo paso decisivo al plantear la restauración de la Ermita del Calvario, con una inversión prevista de 100.000 euros y la colaboración de la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía. El proyecto, centrado en conservar sin reconstruir, incluye la recuperación de la cubierta, los cerramientos y la espadaña, así como un estudio histórico-arquitectónico previo.

    El objetivo municipal es doble: salvaguardar un bien patrimonial incoado como BIC y restaurar su entorno como parte del antiguo Vía Crucis, garantizando que el Calvario vuelva a ser un lugar de identidad, fe y encuentro para los lojeños.

    Descubre la historia de la Ermita del Calvario – Loja

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    La cima de la memoria

    Hoy, quien asciende al Calvario de Loja no encuentra un templo completo, pero sí un lugar vivo. Las ruinas, entre jaras y tomillos, siguen marcando el final del camino del Vía Crucis. Desde allí, la vista abarca la ciudad entera, el curso del Genil y las sierras que cierran el horizonte.

    Pese a su estado ruinoso, la ermita conserva su dignidad. Sus muros son piedras de oración, testigos de cinco siglos de fervor popular, de eremitas y cofrades, de incendios y resurrecciones. El aire del Hacho sigue oliendo a historia, y cada Semana Santa las campanas del pueblo parecen llegar hasta aquí, como un eco de redención.

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