
Puerta Real se erige como el auténtico punto neurálgico de la ciudad de Granada. Este espacio conecta pasado y presente. Sus raíces se remontan a la época de la Granada musulmana, cuando en este lugar se hallaba una puerta defensiva, la del Bib al-Masdá., al estilo de la Puerta Elvira.
Esta puerta formaba parte de las murallas que delimitaban los arrabales de Bibarrambla y la Magdalena. En la época nazarí , este enclave era un punto de conexión estratégico entre la medina , centro administrativo y comercial de la ciudad, y los arrabales periféricos, donde se desarrollaban actividades secundarias y residían sectores más populares de la población.
La función de esta puerta de Bib al-Masdá, como la de otras en la ciudad, no se limitaba a la defensa. Bib al-Masdá controlaba el acceso a las áreas de mesones y talleres, además de proteger las entradas a los mercados que animaban esta zona de la Granada medieval. Al sur de la medina, conectaba con el arrabal del Ramla (arenal), un espacio cuyo nombre alude a su proximidad al río Genil y a los depósitos naturales de arena. Este arrabal desempeñaba un papel crucial en el comercio, y era una vía natural para el transporte de mercancías.

En tiempos musulmanes, el arrabal del Ramla se encontraba fuera de las murallas de la medina. Con el paso de los siglos y el crecimiento urbano, especialmente con las expansiones hacia la Carrera del Genil y los barrios de la Virgen, San Antón y la Magdalena, esta zona comenzó a transformarse en un espacio clave para el tránsito y la actividad urbana moderna.
Puerta Real, en su esencia, es mucho más que un espacio geográfico: es un símbolo de la evolución de Granada, una ventana al pasado que sigue marcando el pulso de la ciudad contemporánea.
Derribo de la Puerta Árabe y construcción de la Puerta del Rastro
Entre las medidas adoptadas tras la conquista de Granada para consolidar esta zona estuvo la construcción del puente de la Paja, un viaducto que unía las dos orillas del río Darro justo en este punto estratégico, frente a la calle Mesones. También se restauró la antigua puerta árabe en 1515.

Pocas décadas más tarde, en 1610, la puerta árabe estaba tan deteriorada que amenazaba con derrumbarse por lo que el Consejo de la ciudad ordenó demolerla. En su lugar se levantó una puerta totalmente nueva, conocida como Puerta del Rastro, en referencia al mercado cercano.
Esta puerta cristiana no solo respondía a las necesidades urbanísticas, sino que también tuvo un marcado carácter simbólico, al conmemorar la definitiva expulsión de los moriscos de las tierras españolas.
La Puerta estilo renacentista estaba labrada en piedra con aparejo almohadillado. Contaba, además, con una cartela con la inscripción:
«Granada mandó hacer este ornato, haciendo oficio de Corregidor el doctor Pedro de Antequera, en el qual año mandó su Magestad expeler los moriscos de este reino. Año 1610.»
Esta puerta, al igual que la de Elvira y otras de la ciudad, eran utilizadas para colgar jaulas con cadáveres de los ajusticiados. Entre los ejecutados colgados de la puerta del Rastro estuvo Aben Aboo.
Aben Aboo en la Puerta del Rastro

Las crónicas cuentan que cuando mataron a Aben Aboo durante la Segunda Rebelión de los moriscos su cadáver se llevó a Cádiar y de allí a Granada.
Los encargados de llevar a Aben Aboo hasta la capital fueron Leonardo Rotulo y Francisco Barredo. Como el viaje iba ser largo y para evitar que el cuerpo se descompusiera durante el viaje, lo abrieron y lo llenaron de sal.
La entrada en Granada fue un espectáculo. Mucha gente salió a las calles para ver el cuerpo del hombre que se había proclamado rey en España y que ahora era considerado un traidor. Abrieron la marcha Leonardo Rotulo y Francisco Barredo a caballo, seguidos del Seniz, quien llevaba la escopeta y el alfanje de Aben Aboo. El cadáver, vestido y preparado de manera que pareciera estar vivo, iba montado sobre un animal. A los lados del cortejo estaban los parientes del Seniz armados, y detrás, los moros rendidos, con sus pertenencias y armas inutilizadas.
Acompañando a la comitiva estaban los soldados liderados por Luis de Arroyo y Jerónimo de Oviedo, quien portaba un estandarte. Entraron en la ciudad entre disparos de los arcabuceros y el sonido de la artillería de la Alhambra. Llegaron hasta las casas de la Audiencia, donde los esperaban el duque de Arcos, el presidente don Pedro de Deza, y muchas personas influyentes de la ciudad.
Leonardo Rotulo, Francisco Barredo y el Seniz se bajaron de sus caballos para presentarse ante el duque y el presidente. El Seniz entregó las armas de Aben Aboo, diciendo que, como un buen pastor que no puede llevar a su amo la oveja viva, les traía la piel. El duque aceptó las armas y agradeció a los tres por su buena labor, prometiéndoles que pediría al rey que los recompensara.
Después, ordenaron arrastrar y descuartizar el cuerpo de Aben Aboo. Su cabeza fue colocada en una jaula de hierro y expuesta en el arco de la puerta del Rastro, que daba al camino de las Alpujarras. En la jaula pusieron un cartel que decía:
«ESTA ES LA CABEZA DEL TRAIDOR DE ABENABÓ. NADIE LA QUITE, SO PENA DE MUERTE.»
Cuando se derribó la puerta a finales del siglo XVIII todavía quedaban jaulas de hierro con cabezas de criminales colgadas en sus muros.
En 1624, poco antes de la visita del monarca Felipe IV a Granada, se llevó a cabo la remodelación de la portada. Diego de Vílchez diseñó la nueva estructura, elevando la puerta y añadiendo un tímpano triangular decorado con escudos y granadas.

Visita de Felipe IV a Granada

El 3 de abril de 1624, miércoles santo, Granada vivió uno de los momentos más memorables de su historia con la llegada del rey Felipe IV y su espectacular séquito. Tras recorrer Andújar, Córdoba, Sevilla, Doñana, Cádiz y Málaga, el cortejo real llegó al atardecer a la Ribera del Violón, procedente de Santa Fe.
La ciudad, completamente entregada al acontecimiento, recibió a los ilustres visitantes con entusiasmo. El séquito cruzó el antiguo puente romano sobre el río Genil y fue recibido en las alamedas de la Carrera, donde la multitud se congregó para rendir homenaje al monarca.
El carruaje real ascendió por la Carrera, bordeando el exterior de la muralla de Bibataubín, hasta girar a su izquierda y cruzar el río Darro por el Puente de la Paja, avanzando hacia el corazón de la ciudad.
Liderando la comitiva marchaban el Conde-Duque de Olivares, presidente del Consejo de Castilla y figura clave del reinado, junto al corregidor de Granada, García Bravo de Acuña. Las calles se llenaron de vítores, flores y ornamentos, con balcones adornados en honor al Rey.
Fue una entrada triunfal que reflejó el respeto y la devoción de los granadinos hacia Felipe IV, quien marcó con su presencia un episodio inolvidable en la historia de la ciudad.
La plaza de Bibarrambla , asentada sobre una antigua explanada musulmana, se convirtió en el principal escenario de representaciones para agasajar al monarca. Allí se celebraron juegos de cañas y toros. Y se escenificaban los grandes acontecimientos de la monarquía mediante la arquitectura efímera barroca.
El monarca, junto con el grupo principal de la comitiva que lo acompañaba, se instaló en la Alhambra durante varios días. Para ello fue necesario llevar a cabo una adecuación de los espacios de los palacios y de la ciudad palatina.
La Puerta del Rastro fue oficialmente rebautizada como Puerta Real de Felipe IV en honor a la visita del rey Felipe IV a la ciudad.

En 1640, junto a la jamba izquierda de la Puerta Real el devoto Francisco Fernández de Córdoba mandó construir una pequeña capilla que albergaba un diminuto Cristo. Esta capillita permaneció en su lugar durante varios años. Tras el incendio de la Alhóndiga, la imagen fue trasladada a la fachada del Hospital de San Juan de Dios, donde se conoce como el Cristo Sentadito
En 1.790 se derribó definitivamente la Puerta Real, y se sentaron las bases para la aparición de lo que hoy es el centro neurálgico de la ciudad.