San José, cuna de mis raíces, te recuerdo con amor
y sueño con tu progreso.
San José, Lambayeque- Perú.

Yo no sé si esto es un sueño que parece realidad, o una realidad que parece un sueño, dadas mis condiciones de imaginación. Durante esa época éramos unos pequeños, y en las calles de des se veían manchas de pintura, polvorosas plazuelas aliadas al tiempo y al recuerdo. Aún no le encuentro sentido a mi vida, pero me encuentro despierto. Al menos, anhelo vivir lo bastante para alcanzar la cima de todo y, al acercarse el final, tener la certeza de que mi paso por este mundo dejé una huella significativa. Quizá suene idealista, pero esa es mi esencia. Unas pirámides truncas y recintos en medio de humedales, un ser de luz con el don de sanar y proteger a todo el legado lambayecano. En medio de las dunas y valles, recorría junto a Luis las antiguas sendas, con un pantalón arremangado, una faja en la cintura y descalzo. —¡Adonis!, sentí la esencia mística y sabía de Llampayec. —oh, Llampayec guardián de nuestra tierra lambayecana, legado de nuestra historia y hermosas tradiciones.
—Adonis, hijo de esta hermosa tierra San Josefina, tierra de grandes pescadores, tierra fértil. No te olvides de tus raíces, honra el pueblo lambayecano— respondió, Llampayec.
—Amado Llampayec, San José emana tus enseñanzas, el pueblo está sumamente olvidado y necesita que tu existencia se entrelace entre las costumbres y sus raíces ancestrales— respondí.
—Ese arco nos dará la bienvenida y despedida, ¿Verdad? — ¡¿Es un roce mochica?! —Son diseños mochicas que dan realce al surgimiento de Naylamp, me dejó encargada una solicitud—respondí. —¡¿Eres tonto o qué?!— respondió, Luis. —No, no soy ningún tonto. Sólo quiero ayudar a mi pueblo— respondí. Me acerqué a un mural arquitectónico y descubrí mi verdadera identidad al conectar con mis raíces, en ese preciso instante supe quién era al comprender plenamente lo que no me representaba y se elogió en exceso mi imaginación.
19 de marzo de 1694
—¡Tierra, tierra fértil! — gritaban los sechuranos. —cuanto marisco— decían.
02 de enero de 1857
Elevación de categoría a distrito.
17 de diciembre de 1984
Mandato del alcalde Isaac Fiestas Millones.
Resalta la bandera símbolo de nuestra peruanidad, un primer cuadro de forma rectangular, que se relaciona con nuestra labor Sanjosefina. Un bote pesquero que a los costados tiene unos tollos , los cuales eran extraído para la venta. El segundo campo, muestra el arte de la rica cultura lambayecana, se observa a Naylamp llegando a las orillas de nuestro litoral. El tercer campo consta de un timón de nuestra gloriosa marina de guerra del Perú.
19 de marzo de 1990
Denominación del gran milagro, “Varazón de peces.”
—¡Esto es un manjar! —
—No eres un Sanjosefino si tus padres no te narraron está historia— decían.
—Ay, cholo se está varando el pescado, vayan a la playa catay, ha varao harto pescao—dijo, la señora Petronila.
No lo podían creer.
—¡Milagro!, ¡Milagro! —decían
Pasaban con baldes, tinas, cubetas, sacos y San Josecito había hecho un milagrito.
Se echaban a llorar, a rezarle al santo patrón. Ese día fue muy memorable para nosotros los Sanjosefinos, llegaban personas de diferentes localidades, nivel nacional, internacional en carros, para el consumo y la venta.
En la varazón se encontraron todo tipo de pescado: Toyo, Chita, sardina, bonito, guitarra, batea, cabría, chula, etc.
En la búsqueda encontraba la fuerza, aquellos que vinieron antes que yo. Escucho susurros del viento y las huellas del tiempo, quizá hallé el camino hacia la transcendencia.
Invítame un pepián de pavo, con un vaso de chicha. —¡¿Y dónde estaban?!—preguntaron.
—Sorpréndeme con esa comida Sanjosefina—
He pensado mil veces que este distrito tendría un final del gran juego. Como cansa todo el tiempo ser el mismo.
El astillero del señor Mateo Llenque era muy conocido en el distrito. Lamentablemente, él falleció, pero su legado trasciende esta cultura. El señor Denis Llenque todavía está allí; todos los días, su chola le llevaba la comida alrededor de las 2 de la tarde. Ella me contó varias anécdotas sobre el señor Mateo. Antes, no existían cocinas; la leña era el elemento fundamental. Al cortar la madera, brotaba una especie de polvo: el serrín, que se utilizaba para limpiar los pisos en aquellos tiempos.
A veces me sorprende reír ante la sombra de la deshonestidad, recordando que mi silencio dejó que las telarañas de la traición se entrelazaran a mi alrededor, como las intrincadas redes de la historia oculta en San José, cargando con una culpa doble.
Aquel verano fuimos temprano a la playa, pasamos por el malecón que tenía la vista del almirante Miguel Grau, con una atarraya en mano nos preguntábamos la valentía de un gran pescador. ¿Qué crees que necesita un buen pescador? — pregunté.
—Mucho valor, aún eres muy pequeño para comprender está labor, pero aquellos son grandes herederos del viento y el fervor—
Frente al mar sonaba dicha canción San José puerto lambayecano, tierra de Elvira García y García y Alfredo Solf y Muro descendientes con orgullo de aguerridos pescadores cantada por Don Fermín Atoche.
Siempre existen realidades diferentes, y aquel verano fue una época totalmente paralela, junto a Luis y unos compañeros más nos divertíamos. Tal vez, lo que necesitaba era algo que deleite nuestro paladar, un chinguirito o una tortilla de raya, quizá. —Es época de carnaval, china—dijo, Luis. —Ay, mira allí va Francisco y María. ¡Ti, vengan sus taitas los están llamando! —dijeron. No te sorprendas así hablamos los san josefinos.
—Vamos por agua de mar y por un poco de fuscina—dijo Francisco.
—¿Y eso para qué? —respondió, Luis.
—Para lanzarle a las reinas al momento que vienen en los carros de los chinchorros— respondió, Francisco.
—Subamos al techo, desde allí lanzaremos la fuscina y el agua de mar— dijo, Francisco.
—Ay, mira ve se están cubriendo las reinas—dije.
—¡Ay, china!, tu tía acaba de morir—le dijeron a María.
Bajamos rápidamente y al llegar al duelo escuchábamos los llantos como si fueran un canto.
—Ayyyy, Manuela porque te has muerto, china.
Estaban cubiertas con mantos todo el rostro, y no las volvimos a ver hasta después de mes.
Entre los relatos se presenta una exquisita y sigilosa costumbre San josefina, los tiempos han cambiado mucho, pero desde entonces la modernidad de las casas de los paisanos dejaron de ser los mismos, pero sin dejar la particularidad de un balcón con la vista principal hacia nuestra majestuosa iglesia matriz San Pedro.
Como no resaltar a grandes artesanas, como Consuelo Fiestas Sánchez, Teresa Balladares, Basilia Galán Pizarro, entre otras.
A Veces, pienso que para ver como quiero ver a San José o como todos soñamos verlo sería necesario cerrar mis ojos, y entonces primero pensar cosas como estrellas del cambio.
Han pasado 330 años y, ante mi inminente paso por este mundo, puedo tener la certeza de que mi existencia tuvo sentido. En todo este tiempo he visto cómo la descendencia de San José a la que intentamos salvar hace tanto tiempo, pobló este fértil valle al que con los años llamaron Lambayeque, la región evocadora, ciudad generosa y benemérita. Solo espero que, a diferencia de mí, los ríos y las dunas vivan por siempre.
Autora: Indira Flores Sánchez
Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.
