
Manuel Carreras
No sé por qué, pero en estos días en los que la vejez ha definido sus marcas tan características en mí, y me ha vuelto un hombre sedentario, no he dejado de pensar en el pasado. En los días aquellos en los que era joven, fuerte y lleno de vida. Pero esas son épocas que se quedaron ya para recuerdo, para no olvidar lo que fui. Son memorias que se mantienen vivas a través de este cuerpo desgastado y agotado por el trabajo.
Yo fui torrero, me lo repito cada día. Lo hago acaso temiendo que, como muchas otras cosas, se me olvide. Tal vez, esta nostalgia, quizás voluntaria, quizás involuntaria (no lo sé), que me ha invadido por estos días, venga del pedido que me hizo mi nieto la otra vez. El pequeño me pidió que le contara un cuento, mas yo le dije que es ese momento no, que, para otro rato, que cuando haya tiempo… sin embargo, la realidad que no quise admitir frente a él, es que efecto, no recordaba siquiera una historia para contarle. Como abuelo no deseaba desilusionar a mi nieto, por eso le dije esas verdades a medias, porque yo como su abuelo tengo el deber de contarles cuentos, y el como mi nieto tiene el derecho a escucharlos.
Ese día, antes de irse, le dije que para la próxima vez que viniera le contaría una historia de pies a cabeza, con lujos y detalles. Después de concretar nuestro pequeño acuerdo, él se fue, y yo me quedé desde esa vez, pensado en que contarle. Y no he parado, siempre, siempre, estoy meditando sobre ello. Pero, aun así, no tengo claro si mi nostalgia vendrá de allí. Aunque a veces sospecho que es esa lucidez mental que solo se hace más clara a medida que uno se acerca a la muerte.
Hace 35 años compré esta casa, pero es solo hace cinco años que pudo decir con propiedad que vivo aquí. Antes, vivía sobre el mar, a decenas de metros sobre el mar, en esas torres que la gente nombró como faros. Según ellos porque el nombre proviene de una isla que pertenecía al antiguo Egipto. Yo nunca lo entendí, ni me intereso entenderlo, para mí los faros son faros, y sirven para lo que sirven.
Ejercer la profesión de farero era difícil, incluso para un joven yo. Había ocasiones en las que tocaba soportar tormentas, que a veces se prolongaban por días y teníamos que utilizar nuestro ingenio para no morir de hambre. Ya que los barcos no podían traernos suministros.
Recuerdo que cuando había tormenta solía estar ansioso, temiendo que algún barco naufrague. Porque no fueron pocas las ocasiones en las que, debido a las circunstancias, me vi obligado a socorrer a las personas que no ayudarlas se hubiesen ahogado. Y cada vez que lo hacía me parecía que el mar era distinto en las tempestades, nada parecido a ese oleaje calmo que induce al sueño. ¡Que fría que era el agua y con qué bravura que golpeaban las olas!… el mar me hizo ver lo pequeño de mi existencia y lo fácil que es morirse. Pero, el trabajo no era difícil solo para mí, también lo era para mi familia, esto se debe a que en ciertas localidades resultaba más ventajoso ir con toda la familia. Y teníamos que mudarnos de un lugar a otro, lugar que a su vez albergaba a una familia diferente, con la cual teníamos que aprender a convivir. En sitios a veces aislados, en ocasiones peligrosos, en donde no enfermar se volvía casi requisito si se quería seguir vivo.
Era difícil… pero no me arrepiento de vivir así. ¿Cómo podría arrepentirme? Si gracias a ello conocí mucha gente, muchos lugares hermosos, y cuando el sol se escondía, recibía la brisa fresca de la noche serena. O el arrullo de las olas durante las horas en las que dormía. También disfruté de la caza y la pesca, contemplé el clima siempre cambiante, y si había algún pueblo cercano, me aseguraba de ir a conocerlo. Y estando ya en estos, me pasaba el día charlando con los niños que se me acercaban, imaginarios, con dudas y sueños, queriendo saber cómo se siente el vivir en una torre con vista al horizonte.
En una ocasión un grupito de niños se me acercó, me decían que les contara una historia de aventuras, el problema consistía en que yo no me acordaba de ninguna. Pero como insistían tanto, les narre la historia de un viejo amigo mío. De cómo él trabaja en un faro ubicado muy lejos de allí, de las pocas veces en las que coincidamos y de nuestras largas conversaciones que finalizaban cuando llegaba la noche. También, les hablé de lo mucho que aprendí de la vida en esas pocas pláticas, a la vez que les admitía que esas palabras me habían servido de mucho y que estaba seguro de que ellos también les serían útiles. «Sin embargo» —les dije—, «no todo me lo enseño él, algunas cosas me tocó aprenderlas por mí mismo». Les expliqué que esto fue así por dos razones: la primera, porque a él le pareció bien que el yo viviera mi propia vida; y la segunda, porque el mar se lo llevó para siempre, junto con todo lo que sabía, más la persona a la que intentó salvar. Cuanto terminé mi historia había lágrimas en los ojos de los niños, ellos empezaron a llorar, no importaba que dijera e hiciera, ellos no se calmaban.
Al final, hizo falta que vinieran sus madres que con mimos y besos los consolaron. Nadie dijo nada, todo el mundo guardaba silencio, incluso yo, que en mis adentros me hacía la promesa de nunca contar un cuento más. Y si lo hice, de mi boca no salió otra historia que no fuera la del periódico de la mañana y no hubo más cuentos hasta el día de hoy. Nunca mi determinación flaqueo; aunque me sorprendió la facilidad con la que cedí al pedido de mi nieto la otra vez, para ser más sincero conmigo mismo, me sentí feliz.
Pienso que una alegría parecida fue la que experimentó mi esposa cuando compre esta casa. Ella no cabía de la emoción, saltaba, se reía y lloraba; abrazaba al niño; luego a mí y lloraba…
Dos de mis hijos nacieron aquí; a excepción del mayor, él ya había nacido, aunque era muy pequeño, por lo que es seguro que para él esta haya sido su casa desde siempre. Fue mi esposa, la mujer a la que, al igual que a mi madre, nuca dejé de amar. Ella se encargó de enseñarles todo lo que necesitaban saber para convertirse en personas de bien, tomando así en muchas ocasiones el lugar de su ausente esposo. Es por eso y más que le llevo un gran agradecimiento, por el duro trabajo que hizo, por soportar la angustia que trae la soledad, y por amar a un hombre de rústicas palabras como yo. Debido a ella, nada malo tengo que decir de mis hijos, todos tres, muchachos amables, cariñosos y poseedores de una gran paciencia conmigo.
Ellos se aseguran de venir a visitarme, uno diferente cada semana, y a final de mes vienen los tres. Se saludan, verifican que cada miembro de la familia este bien, pasan un buen rato y luego se van, cada quien para su casa. Lo hacen a pesar de que cada cual ya tiene familia, a pesar de que tienen que gastar de su dinero para venir, y sin embargo no lo hacen de mala gana, pues sus rostros se ven alegres. Yo no lo dudo, ¡de verdad que son buenos chicos! Si tan solo mi esposa no hubiese muerto hace ya siete años, de seguro que se sentiría orgullosa y satisfecha de los niños que crio. Ellos se llevan muy bien, tanto, que cuando empiezan a charlar entre ellos, suelen dejarme de lado. Entonces yo, mientras ellos hablan, me voy alado de mi nieto y nos podemos a conversar.
Mi nieto es un niño encantador, es tan bueno como su padre, ósea mi hijo mayor. Tiene 10 años y le encanta leer libros sobre aventuras, le agarro un gusto especial a Los viajes de Gulliver, y no para preguntarme en qué sitio está la ciudad de Lilliput. Yo le respondo que estará por «allí» en cualquier parte, más él no se convence con esta explicación y me sigue preguntando hasta que se cansa.
Un día, en una de nuestras usuales conversaciones, él me propuso que jugaremos a quien desviaba la mirada primero y acepté. Entonces, me le quedé viendo un largo rato… fue allí que sucedió algo tan raro que nunca me había sucedido, me vi reflejado en el rostro de él. Y no en el espejo de sus ojos, sino en su presencia misma y por un instante yo también fui un niño. Esa tarde, cuando todos se fueron a sus casas, me quedé en casa pensando en este suceso, en el silencio del atardecer medite. Y llegué a una simple conclusión: el niño es idéntico a mí. Incluso en la forma en la que frunce el ceño, o la forma desafiante en la que mira, su modo de caminar, es como el tiempo de mí yo pasado se hubiese detenido y nunca hubiese crecido. Desde esa vez, me preocupa en gran medida el comportamiento que irá a desarrollar de adulto, pues, no quiero que se vuelva un viejo cascarrabias como yo.
Siento que mi corazón está inquieto porque mañana es domingo y fin de mes. Lo que significa que mañana se reúne toda la familia. Mas mi nieto no lo sabe, él no imagina que de la peseta que a diario me da el estado, he ahorrado y le he comprado un libro. Se llama Platero y yo, sé que le encantará, es un libro perfecto para un niño de alma libre como él.
El domingo llegó sin mayor dificultad. Estoy esperando a mis queridos invitados, aunque he de admitir que espero un poco más a mi nieto, después de todo, quiero ver el rostro que pondrá cuando le entregué el libro y ver la emoción en su semblante cuando le cuente el cuento. Debo admitir que, al principio, temía no recordar todos los detalles de la historia, pero después de pensar y escarbar en mi memoria por más de dos semanas, he encontrado lo que buscaba.
El reloj grande de madera que está pegado a la pared, marca las ocho de la mañana. Me lo quedo viendo, como si a una persona se tratase, luego me sorprendo, ¿cuántos años tendrá? Cuando lo compre ya no era nuevo, lo vi en una tienda que vendía cosas de segunda mano, creo que en ese entonces yo ya tenía 26 años, Y desde allí ha estado en esta casa, no recuerdo que se haya dañado alguna vez o sufrido algún retraso en la hora, se me ocurre que podría morir yo primero, antes de que ese reloj deje de funcionar.
Veo la luz del sol que ingresa por la ventana del comedor, hoy será un día soleado. Alzo la tasa de café tinto y le doy un sorbo, está caliente, no le doy importancia. Parto un pan por la mitad y le unto mantequilla, el médico me dijo que no la comiera, pero que se le va a hacer, a mí me gusta.
Termino de comer, me levanto, tomo el plato y el vaso, me dirijo hasta la cocina, lavo los utensilios. Ahora, camino hacia la sala, me siento en el sillón que está frente al renombrado reloj, me inclino un poco para el frente, tomo el periódico de la pequeña mesa de madera y leo uno de los titulares: «compré faja para la cintura», dice un titular; «la guerra se intensifica», menciona otro. Así, me sumerjo en la lectura y me olvido del paso del tiempo.
Suena la puerta… dejo el periódico a un lado, acelero el paso, pues quien toca lo hace con insistencia, como quien desea despertar al que duerme. Sospecho quien es, diría que estoy seguro, pero como aún no abro, no puedo dar nada por hecho. Llego hasta la puerta, escuchó unas voces que cuchichean, ya con más seguridad abro la puerta y confirmo mis pensamientos, es mi familia. Y los miré, allí estaban, todos juntos, de pie, mirándome, cumpliendo una muda promesa, reunidos como es ya costumbré. Cuando los veo así suelo preguntarme, ¿seguirán ellos reuniéndose incluso después de mi muerte?, esa pregunta se desvanece en silencio, al igual que las veces anteriores.
Los invito a pasar, ellos acceden con una característica sonrisa, que es como mezclar la pena la resignación y la alegría, y que hemos sabido mantenerla como si de una tradición se tratase. Ellos la aprendieron el día en el que su madre murió, yo también la aprendí, y no me molesta. Porque siento que somos todos cómplices de algo sublime, que está más allá de nuestros pensamientos. Es como si fuese una forma discreta de recordar a esa mujer que nos hizo tan felices, es como si también la invitáramos a pasar, y ella pasara, pero creyendo que nadie se ha dado cuenta; mas nosotros, en un gesto cómplice, percatándonos de que ella así lo desea, fingiéramos no verla.
Todos pasan, incluido mi nieto, el cual parece de mal humor, le pregunto qué le pasa, me dice que nada, que no está enojado, solo triste. Insisto, esta vez confiesa todo, me cuenta que me traía un regalo, el cual se le olvidó en casa, y que la casa está lejos, que si va mamá ya no lo dejará regresar… lo escucho y veo cómo crece su frustración. No le digo nada, solo lo tomo de mano, lo conduzco hasta la sala, tomo de la pequeña mesita el regalo, me agacho y se lo entrego, junto con unas palabras de consuelo. Le digo que las cosas pasan por algo, que Dios tiene presente su buena voluntad, que dos regalos en el mismo día no dan tanta alegría como darlos de uno en uno en diferentes oportunidades. Con esas palabras, el niño se calma, revisa el libro que tiene entre sus manos y se pone a leerlo. Yo me siento en el sillón a recuperar aire.
El día fue muy ameno, al igual que siempre. Nos la pasamos compartiendo nuestra propia compañía, haciendo lo que los padres que son viudos hacen cuando sus hijos vienen a visitarlo. En la mañana asistimos a la misa de las nueve, de la cual regresamos cuarto para las once. Revitalizados, contentos de haber cumplido con lo que manda Dios. Luego, vino el almuerzo, el compartir en la mesa, el buen provecho, las gracias, las charlas, las risas y el final de la comida. Después, el lavar los platos, el reposo en los sillones de la sala, y finalmente el silencio.
Un aura de soñolencia nos envuelve, la calidez de la casa nos proporciona el ambiente propicio para el descanso. La luz del sol, con brillo tenue y amarillo, se filtra por entre las rendijas, formando pequeños lunares en la pared. El silencio nos motiva a no hablar, a quedarnos tal y como estamos, ubicados uno al lado del otro, formado así, un círculo familiar.
Al percatarme de nuestra ordena formación, comprendí que no encontraría momento más idóneo, para cumplir con el objetivo que tenía para hoy. De manera, que voltee hacia un lado, en donde se encuentra mi nieto y le pregunté si se acordaba de la promesa que hicimos la otra vez, a lo que él respondió moviendo la cabeza en un gesto afirmativo. Me di por satisfecho con esa respuesta, entonces, miré a cada uno de los que estamos en la sala y me detuve en un punto en específico, en el que se me hace más fácil observas a todos. Una vez que me sentí cómodo, tomé el aire necesario para alzar la voz y empecé a hablar con calma.
«La historia que les voy a contar es una historia que me sucedió de verdad, pero ustedes no la habrán escuchado por dos razones: la primera, porque nunca se las conté, puesto que me había hecho una promesa; y la segunda, porque en ese entonces solo había nacido su hermano mayor, el cual tenía apenas cinco años. Una vez llegados a este punto, es posible que se cuestionen la razón para la que decidí romper mi promesa, justo ahora y no antes. El motivo es simple, y es que creo que no que valga la pena aferrarme al pasado, porque eso implicaría desaprovechar un momento tan agradable como este, además, de que defraudaría a mi querido nieto. Habiendo aclarado la razón, por favor escuchen mi historia:
Esta anécdota es de hace 40 años, estoy hablando de que está situada en el año 1916. Yo andaba alrededor de los 25 años y hace muy poco había empezado a trabajar de torrero aquí en Fuerteventura, en el Faro Punta de Jandía.
Apenas acabamos de comprar esta casa con unos ahorros que teníamos, yo era nuevo por aquí, pero a ella le encantó el clima, las playas y la gente. Así que decidimos que este sería el lugar en donde nuestros hijos crecerían. Si no mal recuerdo… por ese entonces ella estaba en cinta de nuestro segundo hijo, quien resultó ser una sana y bella niña. Empecé mi trabajo a mediados de marzo, lo recuerdo bien. Durante el tiempo que ofrecía mis servicios en el faro, no lo hice de torrero principal, como solía estar acostumbrado. Ese puesto estaba cubierto por Don Miguel Sánchez, y le digo «Don» por el respeto que hoy a mis 65 años aún le tengo.
Él era un hombre de no muy alta estatura, de contextura gruesa, se lo veía entrado en la 40 y tenía partes en la cabeza en donde le hacía falta cabello. Y su rostro no tenía ni el más ligero atisbo de una sonrisa, de su boca casi no salían palabras, a menos que se tratara de un saludo o alguna indicación. Es por eso que me dio la impresión de que era un hombre ensimismado y huraño. Sin embargo, el tiempo, como buen consejero que es, se encargó de mostrarme la verdad de esa persona.
Esa verdad no tardó en volverse evidente, ya que, para mi sorpresa, él no era una persona callada, era reflexiva. Tampoco era huraño, ni mucho menos ensimismado, él solo era el arquetipo de alguien acostumbrado a vivir rodeado de la fría soledad. Y en cuanto a su sonrisa, más tarde, cuando agarré suficiente confianza, me confesó que no le gustaba sonreír porque casi no tenía dientes.
Con el paso del tiempo, fui descubriendo varias cosas interesantes de él, como, por ejemplo, que tenía una muy bonita caligrafía, refinada podría decirse. Aparte de eso, le encantaba ordenar los cuadernos de tal manera, que a mi ver, se parecía más un profesor a punto de impartir una clase; que aún farero que escribe en cuadernos, por la simple necesidad de llevar apuntes. Él también tenía una habilidad: podía predecir el tiempo con tan solo echarle un vistazo al cielo, y lo hacía de tal manera que parecía que era el mismísimo Señor quien se lo decía. Según él, su papá se le enseñó.
Yo no le creí hasta cierto día que me dijo que sacara la ropa del tendero, porque en poco tiempo llovería. Sin embargo, yo veía el cielo tan despejado y el sol tan radiante, que no le presté atención. Tarde fue cuando me percaté del aguacero, pues este cayo de súbito, al final, al otro día me vi obliga a tender la ropa otra vez. A partir de esa experiencia, nunca más volví a dudar de su habilidad.
Cuando le pregunté cómo lo hacía, me contestó que ni el mismo lo sabía, pero que estaba seguro de que con el pasar de los años yo también podría hacer lo mismo. Y lo siguiente lo digo solo para aclarar, pero nunca pude descifrar el clima tan bien como él.
Él también era poseedor de la extraña manía de sobre cuidar las herramientas de trabajo. Las limpiaba a cada momento, las movía de un lugar para el otro, a veces hasta hablaba con ellas, «no vaya a ser que se echen a perder», solía murmurar cuando notaba mi mirada perpleja. Le tenía especial aprecio a su carabina, a la que trataba como parte de su familia… Y ya que tocamos el tema de la familia, les cuento lo que me dijo la vez que nos pusimos a conversar al calor de unas copas. Él me confesó que era viudo, sin hijos, y que su esposa había muerto de tuberculosis. Luego, con una mirada ausente añadió que no sabía por qué él todavía estaba vivo, si su corazón había muerto el día que enterró a su esposa. Yo no me atreví a decir alguna palabra, pues no había palabras para ese momento, aunque hubo algo que aprendí de aquella plática, entendí por fin de dónde provenía esa aura de ausencia que siempre lo rodeaba.
Como resultado de ese descubrimiento empecé a acercarme más él, a buscar temas de conversación, a preguntar cosas relacionadas con el trabajo, a pedirle opiniones sobre diferentes temas. Y así, poco a poco fue cediendo, hasta que se volvió un poco más abierto, casi como un amigo. Esos acercamientos y las distintas charlas, me sirvieron para aprender de él, y comprendí que ser un farero no es solo un sacrificado trabajo, sino un modo de vida. Esa fue la primera vez que me di cuenta del significado de esas palabras, pues, a diario, vi como esas palabras encajaban a la perfección con la manera en la que vivía.
Mis días eran algo solitarios, ese trabajo siempre lo ha exigido, aun así, yo estaba extrañando a mi familia, pero no era mucho lo que podía hacer para quitarme esa pesadumbre del corazón. Estuve triste por un tiempo, sin dejar de pensar en el mismo asunto, hasta que me di cuenta de que la soledad le teme a dos cosas: a una buena taza de café y a la imaginación. Fue así como aprendí convivir con esa eterna compañera. Más tarde encontré que la pesca también era buena forma,
distracción, y así lo hice, pesque, pesque y pesque, eso sí, solo cuando me diera el tiempo.
A los pocos meses, ya estaba adaptado, hasta disfrutaba pasar allí. De manera que estos se me pasaron volando, uno detrás del otro, pronto fueron seis meses de estadía en aquel faro. Don Miguel Sánchez se había vuelto mi amigo, hablamos más que antes y bebíamos de vez en cuando, aunque no conseguí que sonriera más que un par de veces en todo ese tiempo.
Pensaba que las cosas estaban bien de esa manera, pues era la primera vez que disfrutaba tanto de mi trabajo. Fue tanto así, que pasé por alto ciertas cosas, que, pensándolas bien, no eran tan normales. Sin embargo, en mi defensa puedo añadir que eran muy pequeñas como para prestarle suficiente atención. Las ignoré, hasta que se empezaron a volver más obvias. Por ejemplo, a veces escuchaba que mi compañero hablar solo, murmurando entre dientes que no se alcanzaban a entender. Esto, en apariencia, podría no ser tan extraño, y así sería, sino fuera porque este comportamiento vino acompañado de otros comportamientos.
Como el quedarse mirando a la pared con mirada perdida por largo rato, o el olvidarse de cosas tan sencillas como las fechas del día o el descuidar los apuntes. Incluso, hasta su hermosa caligrafía, empeoro y empezó a escribir con prisa, como desesperado, se irritaba por la mínima cosa, ya casi no hablaba y la comunicación se volvió casi imposible. Antes dije que le tenía especial aprecio a su carabina, ¿verdad? Pues, ahora ya no la soltaba, se la llevaba a todos lados y siempre la portaba cargada, «es por seguridad», me dijo uno de los pocos días que estaba de buenas.
Pensaba que mi amigo estaba pasando por una época difícil, que después se le pasaría, que pronto se iba a calmar. Pero estaba equivocado, él fue empeorando poco a poco hasta que se volvió casi intratable, y la única razón por la que permanecía allí era solo por cumplir con mi deber, pues vidas dependía del faro. Lo hice hasta donde pude, creía que podría lograrlo, mas fui ingenuo. Lo comprendí el mes de octubre del mismo año, de una manera que no le deseo a nadie.
Esto que estoy a punto de contar, lo digo rememorando el temor que sentí aquella vez, mismo temor que suele resurgir en mis noches de mal sueño. Las cosas sucedieron así: resulta que ese día me había quedado embobado pescando toda la tarde, me entretuve porque la pesca era buena, y me decía que al siguiente pez me iba, pero al final seguía pescando. Pasé tanto tiempo así, que para cuando me di cuenta, ya eran casi anochecía, mas estaba contento por la buena pesca,
puesto que eso significa una cena abundante.
Así, con esa clase de pensamientos empecé a caminar a paso rápido en dirección al faro. Cada vez me acercaba más, sin embargo, algo se me hizo extraño, el faro no estaba funcionando, es más, ni siquiera un foco estaba encendido. Sentí que el pecho se me encogía, tenía un mal presentimiento. Me imaginaba que le había pasado algo a don Miguel. Me apresuré a buscarlo a tientas en el edificio de abajo, pero nada…
no me di por vencido y esta vez decidí subir a la torre, a toda prisa, con el corazón acelerado y tomando el aire a bocanas, corría por las escaleras en espiral. Llegué jadeando hasta el final de las escaleras, allí la única sala existente me esperaba. Entré a la sala sin más preámbulos, pero me detuve antes de ingresar por completo… estaba oscura, un manto oscuro cubría todo el lugar, apenas podía ver los contornos de los objetos de la habitación, y esto fue posible porque
mis ojos empezaban a adaptarse a la luz.
Me quedé parado en el mismo sitio, solo mi vista
deambulaba por toda la sala, y empezaba a ver con más claridad, fue así como puede ver un sobre inusual arrimada de espalda a la pared. Estaba inmóvil, callada, parecía muerto… «¿Es usted?», pregunté, la sombra no decía nada, volví a preguntar, «¿es usted?», la sombra seguía sin pronunciar una palabra… hasta que envuelta en un velo misterioso, rodeada de su silencio, se movió. Empezó a incorporarse de manera lenta, como si no pudiese o no quisiese levantarse. Ahora estaba de pie, pero seguía inmóvil y sin emitir una sola palabra, yo sospechaba quien era,
pero no entendía le pasaba ni que pensaba.
En ese momento, lo único que sabía era que él me mirara, no podía ver sus ojos, pero lo sabía, su mirada estaba fija en mí. Lo observé por unos
segundos más, y lo vi… vi como sus manos oscurecidas se elevaban hasta llegar hasta cierta posición… al instante comprendí lo que significaba, se me le heló el cuerpo apenas lo supe, sentí un
cosquilleo que me recorrió desde la punta de los pies, hasta el último pelo en mi cabeza. Grité, grité con toda la fuerza que logré reunir y acumulando el aire que se me escapaba por todos lados. «¡Don Miguel!», y luego, el sonido del gatillo… nada… de nuevo el sonido del gatillo… otra
vez nada. La bala se había encasquillado.
Comprendí que el sonido que otras circunstancias me hubiese enfurecido, era más bien una bendición y un regalo del cielo en esta ocasión. De manera que di media vuelta y eché a correr por las escaleras, no me importó tropezar o saltar de un escalón al siguiente, solo sabía que tenía que huir. Esto último quedó más claro al escuchar
un disparo a mis espaldas, «¿me dio?», recuerdo que razoné. Aunque en ese momento a mí daba lo mismo tener un tiro en la espalda o en el pie, lo único que me importaba era que podía seguir corriendo al mismo ritmo. Luego, escuché un segundo disparo, esta vez más cerca de mi espalda, o de mi cabeza, porque los oídos se me quedaron con un agudo zumbido. Ignoré también esta molestia y terminé de bajar las escaleras, ingresé a la planta baja y no paré, seguí
recto por la puerta que, ¡gracias a Dios!, había dejado abierta. Salí, y no sé si por alivio o por miedo (o por ambos), mi velocidad no hizo más que aumentar, corría como loco, al igual esos chivitos que recién conocen el mundo.
Los tiros no pararon, y si lo hicieron, no lo recuerdo, puesto que, para mí, él seguía a mis espaldas persiguiéndome, por lo que no paré de correr hasta Puerto de la cruz, y solo una vez que llegué allí, y me aseguré de voltear para ver detrás de mí, no me eché al suelo a descansar.
Tendido en el piso, con el corazón en la mano, exhausto, empapado en sudor, tembloroso, asustado… Revisé mi cuerpo, lo hice hasta quedarme satisfecho, pero respiré aliviado cuando no encontré nada. Después de eso, pasé
la noche en vela, arrimado en silencio en una pared de una casa.
Al otro día, muy en la mañana, lo primero que hice fue ir a buscar a mi esposa y a mi hijo. Cuando la vi sorprendida abrir la puerta, no pude evitar ceder a las lágrimas. Le conté todo a ella, y después de consolarla, me comuniqué con las oficinas y pedí el cambio, «por circunstancias laborales», donde mencioné con brevedad el asunto.
Pocos días después, ya estaba reubicado en otra torre. Lo siguiente que supe de don Miguel fue por medio del diario, allí mencionaba que había atacado a unos pescadores y después al barco de suministros. Aunque si tengo que destacar algo de lo que leí,
sería que hacían mención sobre mi paradero, aludiendo que temían por mi integridad. Ese fue el comienzo de una serie rumores que crecieron hasta que no tardaron en volverse una leyenda.
Un par de semanas después, me enteré de que habían apresado «al torrero loco» (como le decían en el diario). Esa noticia me llenó de pena, porque él era un buen amigo, tan solo que sufrió la desgracia de volverse loco. Desde la última publicación del periódico, no se escribieron más artículos sobre el tema, de manera, que eso fue lo último que supe de don Miguel.” Dije culminando el relato.
Como ya he terminado el relato, ahora me propongo a observar las
expresiones de mis oyentes, al primero que miro es al menor, el que nació tres años después de su hermana. Él no dice nada, pero se le nota en el semblante que está pensativo, y no es solo él, todos están así, como si estuvieran reviviendo un momento que nunca les pasó. La única excepción es mi nieto, pues parece muy emocionado de escuchar la historia. Me pregunta que si yo sé disparar, a lo que respondo que si sé, pero hace años que no lo hago, cuando escucha mi explicación asiente con la cabeza en señal de que entiende, ¿pero entiende qué?, en fin, él es libre de imaginar su propia historia.
Pronto, todos dejaron para después lo que tenía que pensar, pues el reloj marcaba las 3 de la tarde, era hora de irse a casa. En vista del tiempo, los llamé para que se acercaran, luego, les di la bendición y un abrazo a cada uno. Ellos, comprendiendo
que no pueden darse el lujo de quedarse más tiempo, porque, aunque quisieran, también deben cumplir con sus obligaciones, empieza a caminar hacia la salida.
Los acompaño hasta la puerta, la abro, ellos salen y se despiden con la misma sonrisa cómplice de siempre. Ellos cada vez se alejan más, yo les digo adiós con un movimiento de mano, ellos corresponden, se voltean, siguen su camino, pronto ya no pueden verme, y yo tampoco a ellos. Cierro la puerta, me doy la vuelta, sigo el camino que me conduce a la cocina, me hago un café cargado, me lo tomo y lavo
la taza. Dejo la taza en su sitio, ahora camino de vuelta, me dirijo a la sala, y cuando digo sala, me refiero al sofá de la sala, me siento, cierro los ojos, escucho el silencio, y no hago nada más, salvo pensar y soñar despierto, pensar y soñar, pensar y…
Autor: Adrián Caldas
Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.
