
En este relato se narra la experiencia de los protagonistas situada en la isla canaria de Lanzarote. Está basada en una leyenda popular en la que se dice que tras la más reciente erupción del volcán Timanfaya, en 1730, se dio origen al nombre del símbolo del Parque Nacional , el Diablo de Timanfaya y al de la planta de aloe-vera. Dicha erupción sepultó varios núcleos rurales como Tingafa, Mancha Blanca, Testeina, Timanfaya, Rodeo y Mazo, así como tierras de labor de cereales y pastizales para el ganado. Sus habitantes se vieron forzados a desplazarse a diferentes zonas de la isla e incluso a otras vecinas. La población de Playa Blanca en la que tiene lugar parte de la acción, era hasta hace poco una aldea de pescadores.
LAS ESTATUAS VIVIENTES
Desolado pero impresionante, árido pero majestuoso, muerto por fuera pero bullente por dentro. Es difícil describir el paisaje en torno a un volcán, pero en el caso del Timanfaya, todo asume un tamaño desmesurado. Por su importancia geológica pero también por su intensa relación con los hombres, da nombre al Parque Nacional y forma parte de la Reserva de la Biosfera de la isla de Lanzarote.
Las emisiones de lava comenzaron en Lanzarote hace once millones de años. Sin embargo, en época moderna, hace tres siglos, la tierra se abrió cerca de la aldea de Timanfaya y las llamas y los torrentes de lava brotaron del cráter durante muchos días. El primero de ellos, entre las nueve y las diez de la noche, una montaña emergió desde el mismo seno de la tierra y su aparición solo fue el preludio de otras muchas más. Las erupciones continuaron durante un periodo de seis años y escupieron más de mil millones de metros cúbicos de lava, dando origen a un paisaje volcánico único, propio de otro planeta, conformado hoy por lava solidificada y ceniza. En la actualidad, aquella intensa actividad volcánica permanece en forma de ocasionales fumarolas y géiseres. Tras un episodio de lluvia, cosa poco frecuente en Lanzarote, se puede presenciar un espectáculo único, con innumerables columnas de humo de diferentes tamaños que surgen de los orificios del suelo, originadas por la evaporación del agua caída en contacto con el calor que todavía subsiste en la tierra.
A pesar de ello, en la isla nadie teme al Timanfaya. Sometido a la más estricta vigilancia, monitorizado igual que un anciano de salud delicada, los científicos mantienen el mismo discurso que los lanzaroteños: “El volcán destruye y el volcán regala la vida”. Sus cenizas aportan humedad y minerales a los cultivos y sus cráteres atraen a miles de turistas todos los años, ávidos de ver en directo sus exhibiciones, contribuyendo a la economía de la región.
Dediqué la mañana a tan espectacular excursión. Llegué de nuevo de regreso a Playa Blanca, la localidad en la que estaba alojado, poco antes de la hora de comer. Aprovechando la relativa calma tras la excitante experiencia vivida en “Las Montañas de Fuego”, me dispuse a tomar un aperitivo en una terraza de la preciosa Avenida Marítima que bordeaba tramos de rocas y coquetas playas. Pasé un rato absorto contemplando cómo se alejaba el ferry con el contorno oscuro de la isla de Lobos y el más claro de las dunas de Corralejo en Fuerteventura al fondo. En este escenario tan espectacular, no podía faltar la presencia de algunos artistas callejeros que deleitaban a la numerosa concurrencia y de paso se ganaban algunas monedas. Había músicos, pintores, un payaso y algunos retratistas. Pero quien me llamó la atención fue una mimo vestida de muñeca que trabajaba cerca de la terraza en la que me encontraba. Su trabajo consistía en permanecer inmóvil hasta que alguien pasaba cerca de su posición. Entonces, la chica se ponía a caminar junto a la persona, imitando su forma de andar y todos sus movimientos y gestos. Las reacciones de los imitados hacían gracia al resto de espectadores y tras hacerlo con varias personas, ella pasaba un bote pidiendo la propina de los miembros del público, que invariablemente le dejaban algunas monedas.
Tras un buen rato de observar su actuación, vi que la joven miraba en mi dirección y sin pensarlo dos veces, se encaminó derecha hacia mi mesa. Colocó una silla junto a la mía y se sentó adoptando la misma postura que yo tenía. Tomé mi vaso y bebí, haciendo que ella imitase mis movimientos. Pero tras esto, me quedé mirándola fijamente sin mover ni un músculo, tal y como hacía ella. Aunque el maquillaje blanco tapaba toda su cara, pude comprobar que tenía unos grandes ojos negros y rasgos típicamente canarios. Después de varios minutos de inmovilidad, ella me dijo un tanto enfadada:
– ¿Por qué no te mueves? Estás echando a perder mi trabajo.
– Perdona – respondí -. No era mi intención.
Sin decir más, se levantó y se alejó unos metros para acechar a algún nuevo paseante. Como me había parecido que se había molestado un poco por mi actitud, la llamé y le pedí que se acercara. Cuando lo hizo, le enseñé entre mis dedos una moneda de un céntimo ofreciéndosela. Como suponía, su reacción fue la de fruncir el ceño y poner cara de enfado por la miserable propina. Pero enseguida, haciendo un juego de manos, desapareció el céntimo y se convirtió en un billete de diez euros. Como no se lo esperaba, permaneció unos segundos sin reaccionar. Al fin, una sonrisa afloró a sus labios y tomando el billete, me dijo:
– Muchas gracias. Y perdona por el enfado de antes.
– Te podría perdonar si aceptaras comer conmigo – contesté.
La muchacha miró a un lado y otro de la plaza, como dudando, y respondió:
– ¿Por qué no? Pero primero tengo que quitarme esta ropa y todo este maquillaje.
– No hay problema. ¿Dónde te espero?
– Vivo a las afueras de Yaiza. Si quieres, acompáñame y me esperas mientras me cambio. Ya es hora de terminar por esta mañana. ¿Qué te parece?
– Muy bien. Cuando quieras.
Nos dirigimos juntos hacia un callejón para salir de la avenida y en una calle adyacente vi que la chica se agachaba para abrir el candado de la cadena que mantenía unida a una barandilla una vieja Vespa con sidecar de los años ochenta. La moto hacía mucho que había vivido sus mejores años y parecía un tanto destartalada.
– No te preocupes por la pinta de este cacharro – me advirtió- . Nunca me ha dejado tirada. Siéntate detrás de mí, ya que el sidecar está lleno de cachivaches que utilizo para mis “perfomances”. Por cierto, me llamo Fayna.
Me presenté y subí detrás de ella cuando arrancó el motor con el pedal y el aparato comenzó a petardear suavemente. Me agarré de su cintura y aspiré su sutil perfume a almizcle y limón mientras conducía por las calles de Playa Blanca. Poco a poco nos adentramos en la carretera que nos llevaría en poco más de cinco minutos a Yaiza. Al fin llegamos a la encantadora localidad de casas blancas y adornadas con flores, en la última de las cuales vivía Fayna. Yaiza había recibido hacía poco el título del “Pueblo más bonito de España”. La entrada de la casa estaba flanqueada por dos grandes palmeras que daban sombra a todo el frente del edificio. Bajamos del scooter y ella me invitó a entrar en su casa, de una sola planta.
Ya en el interior, pude apreciar los muebles antiguos y la decoración rústica, aunque con un toque moderno que resaltaba su clase.
– ¿No hay nadie en casa? – pregunté.
– No. Vivo aquí yo sola. Mis padres murieron siendo yo muy pequeña. Mi abuelo Marcial vive en la casa de al lado. Ven, que te enseño la casa.
Fue mostrándome las diferentes estancias para al fin terminar en su habitación. Además de una gran cama, un aparador y varias sillas, había allí un robusto armario de buena madera. Una de sus puertas exhibía un gran espejo de cuerpo entero, pero la otra estaba formada por un sólido panel de madera. De inmediato percibí en aquella puerta cuatro pequeños agujeros redondos, como orificios de bala, repartidos irregularmente a la altura de la cabeza y el pecho de una persona normal. La pregunta me vino de inmediato a la boca.
– ¿Y estos agujeros?
– ¡Ah, eso! Es que mi abuelo siempre ha sido muy tradicional y creyó que yo escondía un amante en el armario y disparó su pistola sin preguntar.
Viendo mi cara de estupor, tras unos segundos de mirarme, Fayna prorrumpió en carcajadas y entre risas me dijo:
– Que no, tonto. Ese armario se compró a un anticuario y ya estaba así cuando llegó aquí.
– Pues no sabes cuánto me alivia oír eso. Estaba esperando ver aparecer el cañón del rifle de tu abuelo en cualquier momento.
Todavía entre risas se fue quitando sus ropas de muñeca para entrar en la ducha. Al deshacerse de la peluca vi que tenía una melena negra y ondulada que hacía juego con sus ojos. Cuando entró en el baño, paseé distraídamente por la estancia y al fin me senté en un sillón que había en un rincón. Escuché cómo el ruido de la ducha dejaba de sonar y unos minutos después vi aparecer por la puerta a Fayna envuelta en una toalla y secándose el pelo con otra. Se sentó en la cama frente a mí y me dijo:
– Se te da bien eso de mantenerte inmóvil. He estado pensando…
– ¿Sí?
– Esta tarde voy a hacer de estatua viviente. ¿Te gustaría ayudarme y hacer de pareja conmigo?
– No sé… ¿Qué tendría que hacer?
– Exactamente, nada. Estar un rato sin moverte. Yo te podría vestir y maquillar y haríamos una escultura preciosa entre los dos.
– Bueno, si tú piensas que puedo hacerlo, por mí no hay inconveniente.
– ¡Qué bien! – exclamó contenta – Ahora vamos a salir a comer y después volvemos a maquillarnos. Tenía ganas de hacer esto con alguien.
Subimos de nuevo en la Vespa y en un minuto llegamos al restaurante “El Volcán” frente a la iglesia de Los Remedios y en el que conocían a Fayna. Para abrir boca, el camarero nos recomendó el rancho canario y solomillo a la pimienta de segundo. Durante el postre, degustando un delicioso bienmesabe , Fayna me contó lo que quería hacer conmigo por la tarde.
– Aunque mucha gente asegura que existieron, no se sabe si es cierta la emotiva leyenda de dos enamorados. Se cuenta que a principio de septiembre de 1730, cuando el volcán de Timanfaya entró en erupción, los habitantes del pueblo estaban celebrando el matrimonio de una joven pareja. Él era hijo del hombre más rico de la zona y ella, hija de unos agricultores de plantas curativas. En el momento en que estaban celebrando la fiesta, el volcán explotó. Todos los amigos e invitados al festejo, presos del pánico comenzaron a correr de un sitio para otro. Rocas de grandes dimensiones caían aplastando casas, cultivos y todo lo que encontraban a sus alrededores. La desgracia se abatió sobre la feliz pareja, pues una de aquellas enormes rocas cayó encima de la novia, sepultándola al instante bajo la mirada atónita de su marido. Tal fue la rabia y desesperación del joven que sin pensar cogió del suelo una horquilla de cinco puntas para intentar levantar la roca que había enterrado a su esposa. El muchacho llevado por la desesperación, sacó fuerzas de donde no las tenía y consiguió levantar la roca, recuperando así el cuerpo, ya sin vida de su amada. La cogió en brazos y sin soltar la forja comenzó a correr buscando un refugio.
– Tuvo que ser una experiencia horrible – comenté.
– Sí. No me gustaría pasar por un trance así – contestó Fayna -. Como te decía, el joven desesperado por la pena, gritando y con el cuerpo sin vida de la chica corrió por el valle hasta que sus fuerzas le abandonaron. Desapareció entre el humo de sulfato que salía del suelo y las cenizas que lo cubrían todo. Aquella fue noche de luna llena y en un momento de claridad debido a su resplandor, varias familias lograron ver cómo en lo alto de la colina y gritando con una fuerza descomunal apareció la imagen de aquel joven con la horca de cinco puntas entre sus dos brazos en alto, desapareciendo finalmente entre el humo y las cenizas. En ese momento varios supervivientes del pueblo de Timanfaya dijeron: “Pobre diablo”. De la sangre derramada por ella y por todo el valle nacieron plantas medicinales que con el tiempo los lugareños se dedicaron a cultivar. Los propios habitantes decidieron ponerles el nombre de la joven pareja de enamorados. Él se llamaba Aloe y ella se llamaba Vera. Años después, apareció el cuerpo del chico petrificado por la lava y con la forja de cinco puntas todavía agarrada con fuerza.
Impresionado por la sorprendente historia, me quedé mirando a los ojos a mi compañera unos segundos sin decir nada. Al fin reaccioné diciendo:
– Desde luego, es una leyenda muy bonita, aunque un poco difícil de creer.
– La leyenda cuenta que ese fue el origen del cultivo del aloe-vera y la imagen del diablo de Timanfaya, que hoy en día es el símbolo del Parque Nacional.
– Y a estos dos enamorados es a quienes quieres que representemos esta tarde, ¿no es así?
– Exacto. Son muy queridos en esta región y a buen seguro el público aflojará los bolsillos al verlos. Tú serás el valiente Aloe y yo, la desventurada Vera.
Tras tomar los cafés y un buen rato de charla, volvimos nuevamente a la casa de Fayna para prepararnos para la tarde.
En poco tiempo preparó unos ropajes con unos paños blancos y maquilló la parte expuesta de nuestros cuerpos con una crema y unos polvos también blancos para darnos el aspecto de dos estatuas. Por último, espolvoreó el pelo de ambos con talco para darle aspecto blanquecino, a juego con el resto del conjunto. Poniendo un cajón de madera de medio metro de altura frente al espejo de la puerta del armario, dijo:
– Vamos a ensayar la postura en que tendremos que permanecer.
Me hizo subir al cajón y me indicó que me mantuviera con las piernas un poco separadas.
– Así será más cómodo para ti, que no estás acostumbrado a esto.
Ocupé mi posición siguiendo sus indicaciones y después subió ella dándome la espalda. Apoyándose en una sola pierna, pegó la parte trasera de su cuerpo al mío e inclinó la cintura hacia la izquierda, abriendo los brazos. La pierna derecha la mantuvo un poco levantada, doblándola por la rodilla hacia atrás y sujetándola por detrás de la mía para mantener el equilibrio y permanecer inmóvil. Después de probar varios ángulos, al fin encontró la posición adecuada y me indicó:
– Ahora, pasa tu mano izquierda por abajo y sujétame por debajo del pecho. Muy bien. Y
ahora, con la derecha por fuera, sujétame la cintura por delante, a la altura del estómago. Al mirarnos en el espejo, parecía como si Vera estuviera a punto de caer en la lava y Aloe la sujetara. Fayna se mostró satisfecha de la postura diciendo:
– Recuerda esta posición. Así debemos colocarnos. Estoy deseando ver la reacción del público.
Cuando salimos a la calle y emprendimos el viaje en la moto, los viandantes nos miraban como si hubieran visto a dos fantasmas en un scooter. Y es que no era para menos. No era normal aquella visión fuera de la época del carnaval. Al llegar al centro de Playa Blanca, volvió a encadenar la Vespa en el mismo lugar de la mañana y tomó del sidecar el cajón de madera y una bolsa de tela que yo no había visto antes.
– ¿Para qué es esa bolsa que llevas? – pregunté.
– Cada vez que alguien echa una moneda en el bote, hay que agradecerlo con un leve movimiento. Lo que yo hago es sonreír a la persona que la ha dejado y entregarle un papelito de la bolsa.
– Y ¿qué pone en los papelitos?
– Son predicciones de futuro agradables y frases de personajes famosos. No se trata de lo que dicen, sino del detalle de que lo sientan como algo personal y de que vean que agradecemos su propina.
Nos dirigimos de nuevo a la Avenida Marítima y tras situar el cajón en el lugar que le pareció más adecuado, me invitó a subir en él. En un momento adoptamos la pose que habíamos ensayado en su casa y nos quedamos en completa inmovilidad.
Poco a poco se fueron alternando espectadores de todo tipo. Jubilados ociosos, amas de casa curiosas, niños asombrados y turistas de todo tipo. Las monedas iban cayendo en el bote y Fayna lo premiaba entregando lentamente una papeleta. Muchos de los habitantes del lugar reconocían a los personajes que representábamos y me asombraron las reacciones de algunos de ellos. Un anciano encorvado, al vernos, sujetó su bastón debajo del brazo para juntar las manos en actitud de oración. Sus labios se movían en silencio mientras rezaba. Un rato después, otra señora, también entrada en años, se quedó mirándonos y las lágrimas comenzaron a brotar suavemente de sus ojos. Pensé que era posible que ambos hubieran perdido algún antepasado en relación con el volcán. El caso era que Fayna tenía razón, se notaba que Aloe y Vera eran muy queridos en aquella región.
Tras algo más de una hora en aquella postura, dada mi inexperiencia, empecé a sentir los primeros síntomas de cansancio. No sé si mi compañera se percató de ello, pero pocos minutos después, en un momento en que no teníamos a nadie delante, me preguntó:
– ¿Te apetece descansar un poco?
– Te mentiría si te digo que no. ¿No te importa?
– No, claro. Hay que relajar el cuerpo de vez en cuando.
Bajamos del pedestal y nos sentamos a tomar unos refrescos en la terraza que había ocupado yo por la mañana. Fayna estaba exultante.
– Es increíble. Están dejando más
dinero
que nunca.
– Se ve que los personajes han calado hondo.
– Sí. Cuando he visto a esos viejecitos rezando y llorando, me he emocionado y se me han saltado las lágrimas a mí también.
Después de un breve descanso, “Vera” estaba impaciente por volver a ocupar su lugar. Con fuerzas renovadas subimos de nuevo al cajón y retomamos nuestra postura. Las monedas caían en el bote. Incluso algunos billetes engrosaban la recaudación. Con el paso de los minutos, aquello se fue transformando en una tortura.
Llevaba ya algún tiempo sin prestar atención al público que nos observaba, pero algo me hizo notar que ahora era más numeroso que antes y los espectadores miraban con atención mi cara. En aquel momento, sentí temblar toda mi piel con un repentino debilitamiento y caí en la cuenta de que me miraban por mi cara demudada. A medida que se sacudía mi cuerpo, noté cómo me iba debilitando poco a poco y mis rodillas se fueron doblando lentamente incapaces de sostener mi peso. Probablemente había sido una bajada de tensión por la desacostumbrada actividad. Al fin, no fui capaz de sostener a “Vera” y quedó arrodillada, encogida sobre sí misma y apoyando sus manos en el suelo del pedestal. Yo me vi obligado a inclinarme tras ella y quedar sosteniéndola agachado con las manos aún entre su túnica.
Aquello había resultado un desastre. Me sentí avergonzado por haber provocado aquel espectáculo delante de tanta gente. Pero enseguida me llevé una inmensa sorpresa. Unos segundos después de haber quedado de nuevo inmóviles en el suelo, la concurrencia comenzó a aplaudir, primero tímidamente, después con más ánimo, para al fin llegar a una gran ovación salpicada de exclamaciones de “bravo”, “muy bien” y “bellísimo”. Las monedas comenzaron a llenar el bote hasta que rebosaron por el borde y cayeron a su alrededor. Comprendí entonces que el público había tomado mi involuntario desfallecimiento como el final del espectáculo, en el que Aloe y Vera se despedían de ellos y agradecían sus donaciones. Y ciertamente, esto les había gustado.
Los aplausos de prolongaron durante bastante tiempo, dando lugar a que yo me recuperase y Fayna comenzara a incorporarse. Estuvimos varios minutos saludando y agradeciendo a la concurrencia hasta que esta se fue dispersando poco a poco. Al fin nos quedamos solos y Fayna recogió el bote y el resto de las monedas dispersas e introdujo todo en la bolsa de tela. Tras esto, se quedó mirándome unos segundos y exclamó:
– Pero, ¡qué has hecho!
– Perdóname. No he podido evitarlo. Siento mucho…
– ¿Cómo que perdóname? Ha sido un final increíble. Además, ¡mira el bote! – ¡Huf! ¡Qué alivio! Me alegra ver que no estás enfadada.
– ¿Cómo voy a estar enfadada? Esto no se me olvidará en mi vida.
Y dándome un rápido beso añadió:
– Vamos a casa a contar el dinero.
Introdujimos el cajón y la bolsa en el sidecar y subimos a la moto.
Dejamos la Vespa a la puerta de su casa y cogiendo la bolsa con la recaudación, me guió al interior.
– Entra a ducharte para quitarte todo ese maquillaje – ordenó.
Ciertamente, tenía ganas de quitarme aquellas pinturas. La ducha resultó de gran alivio, tanto por la limpieza del maquillaje como por el calor de la tarde. Me demoré un buen rato bajo el chorro disfrutando del agua y cuando salí cubierto por una toalla, la joven se abrazó a mí con semblante alegre.
– ¡No te lo vas a creer! ¡Hay más de trescientos euros! ¡Es más de diez veces lo que suelo sacar!
– Me alegro mucho por ti – dije, aunque en lo que menos pensaba en aquel momento era en el dinero.
– ¡Es increíble! Ojalá fueras siempre mi compañero.
En aquel momento nos sobresaltaron unos golpes en la puerta de la casa, acompañados de la voz de Don Marcial, el abuelo de Fayna:
– Fayna, mi niña, ¿estás ahí? Abre la puerta a tu abuelo.
Los dos saltamos asustados y yo quedé en medio de la habitación sin saber qué hacer. Por suerte,
ella reaccionó antes que yo. Abrió la puerta del armario y empujándome por la espalda me dijo en voz muy baja:
– Es mi abuelo. Si te encuentra así, te mata. Entra en el armario y no hagas ruido.
Su urgencia y su empujón no me dieron opción de réplica y obedecí al instante. En cuanto entré, contestó a su abuelo:
– Ya voy, abuelito. Estaba duchándome.
Nada más cerrar la puerta del armario vi cómo entraban en su interior varios rayos de luz por los agujeros que había visto por la mañana. La primera imagen que acudió a mi mente fue viéndome allí dentro casi desnudo y al fanático de Don Marcial disparándome a través de la puerta del armario haciendo otros tantos agujeros. Uno de aquellos orificios quedaba a la altura de mi vista. Apliqué un ojo a él y vi aparecer al anciano, que ciertamente tenía la apariencia que yo me había figurado para un miembro de la mafia italiana. Comencé a valorar mis posibilidades de supervivencia e incluso consideré la idea de salir corriendo como estaba hacia la puerta de la casa, pero finalmente se impuso la cordura y esperé acontecimientos en silencio. Después de todo, ¿no me había dicho al final Fayna que su abuelo no era tan peligroso?
Esperé pacientemente observando al hombre a pocos metros de mí mientras preguntaba a su nieta por cómo le había ido el día, mientras ella trataba de disimular su nerviosismo. Tras unos minutos que se me hicieron interminables, ella consiguió que se marchase, pretextando que quería terminar de ducharse. Al fin respiré tranquilo cuando vi cerrarse la puerta de la calle tras él. Fayna se apresuró a abrir el armario y con una gran sonrisa en la cara aseguró:
– Ya sé lo que estabas pensando ahí dentro – y con su mano imitó la forma de una pistola -.
¡Bang! ¡Bang!
– ¡Muy lista! Menudo rato he pasado.
Volví a darme una ducha, esta vez más rápida. Fayna quiso repartir conmigo las ganancias de la tarde, a lo que me negué en redondo.
– Es tu trabajo. Yo sólo te he ayudado. Sólo te pido una cosa.
– Lo que quieras, está hecho.
– Que si algún día vuelvo por aquí, Vera me deje posar con ella en la Avenida Marítima.
– Eso no tienes ni que pedirlo, Aloe.
Autor: José Ramón Ramos Martínez
Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.
