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EL CONDENADO QUE SE FUE VOLANDO

    EL CONDENADO QUE SE FUE VOLANDO

    Mi abuelo Ignacio Gastelú Cerpa era arpista. Allá por 1950, contaba mi papá, mi abuelo escuchó un mensaje que le enviaba su comadre Rosario desde Radio Huanta donde anunciaba la muerte de su esposo Porfirio Chancasanampa Huaynate y le pedía que fuera a San José de Secce llevando su arpa.

             En la sierra los entierros se hacen con música, comida y tragos como si fuese una fiesta.

             Él estaba en Angaraes, frente a Huanta. Puso su arpa sobre un burro y descendió a la ciudad. En el camino iba recordando los buenos momentos pasados con su compadre, quien era aficionado a las fiestas y a la jarana pues era un diestro ejecutante de la mandolina y trabajo, y diversión, no le faltaba, sobre todo en los carnavales, bautizos, bodas y entierros. Algunas veces habían tocado juntos. ¿De qué habría muerto si la última vez que se vieron lucía saludable? Incluso estaba feliz porque tenía una nueva pareja, una chiquilla que podría ser su hija. Porfirio sentía debilidad por las mujeres jóvenes.

             Mi abuelo cruzó el río Cachi, entró a Huanta, comió algo de prisa y se dirigió a las alturas.

             Llegó a San José de Secce al anochecer. La viuda lo recibió con llanto en los ojos. Era buenamoza.

             -Lo han matado al Porfirio, compadre Ignacio –fue lo único que le dijo.

             Mi abuelo se puso a tocar las canciones favoritas de su compadre, quien yacía sobre una mesa y estaba cubierto con sus mejores galas.

             El trago, la hoja de coca y la comida circulaban de mano en mano.

             -¿Qué le habrá pasado a mi compadre? –preguntó mi abuelo.

             -Lo han matado porque se metió con su cuñada –le dijo alguien, en susurros, señalando a una chiquilla que lloraba a moco tendido al lado de la viuda.

             -Hasta que le dieron su merecido –añadió un borrachito.

             -Por picaflor y no respetar ni a la familia –dijo otro.

             -Pobre mi compadre –fue lo único que dijo mi abuelo, sin dejar de tocar su arpa.

             Al día siguiente, al atardecer, marcharon al cementerio. Mi abuelo seguía tocando su arpa. La gente bailaba, cantaba, algunos lloraban, entre ellas “las viudas”, o sea la esposa y su hermana menor.

             Y siguieron cantando y bailando mientras un grupo de hombres cavaba el hoyo.

             Bajaron al muerto y empezaron a cubrirlo con tierra. Hicieron un túmulo y pusieron una cruz.

             Llegó la noche y la mayoría se retiró del cementerio donde solo quedaron los mejores amigos del difunto. También las hermanas. Mi abuelo seguía tocando el arpa, ahora en un tono bajo. Cantaban, tomaban y chacchaban coca. Las viudas no se quedaban atrás.

             Era una noche de luna llena y todo se veía como si estuviese de día.

             -Pobre Porfirio, ¿no? –dijo alguien.

             -De algo tenemos que morir –dijo otro.

             -La vida es prestada. Papalindo nos la da, Papalindo nos la quita –agregó otro borrachito.

             -Solo se nos adelantó.

             La hermana menor se arrastró hasta la sepultura y se puso a llorar y a llamar al difunto.

             -Porfirio, ¿por qué me has dejado? –gritaba mientras removía la tierra, aún fresca, como queriendo sacar al muerto-. Llévame contigo, Porfirio.

             De pronto, escucharon un grito.

             -¿Qué fue eso?

             Vieron que la tierra empezaba a moverse. Unas manos emergieron y se hundieron en el pecho de la joven mujer y le arrancaron el corazón. Luego vieron que Porfirio salía de la tumba. Estaba cubierto de tierra. Vieron que se tragaba el corazón de la mujer.

             El cielo empezó a cubrirse de nubes negras y un viento fuerte ululaba acercándose al cementerio. Los borrachos estaban paralizados por el miedo.

             El viento llegó al cementerio y se llevó a Porfirio Chancasanampa Huaynate. Parecía que el muerto volaba, que sus brazos se habían convertido en alas.

             Los borrachos se recuperaron del susto y salieron corriendo del camposanto. Mi abuelo dejó su arpa.

             Dicen que Porfirio Chancasanampa Huaynate regresó del más allá porque se había condenado por meterse con su cuñada.

    Autor: Harol Gastelú Palomino

    Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.

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