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El nacimiento

    El nacimiento

    El nacimiento

    Irene Liberty

    Atziri sabía lo que era respirar de la muerte. Lo que es ser ceniza y despertar en un instante, como un fósforo encendido. Lo descubrió aquel día. Tocaban a la puerta: era don Fernando, llamando a mamá Itzae. Las manecillas del reloj se movían lentas para Atziri mientras la esperaba, pero pronto tuvo que acostumbrarse, pues su madre lo obedecía sin replicar y se ausentaba por horas. 

    Su Miis era más celoso que ella. Rasguñaba la puerta de madera hasta quedarse sin uñas o hasta que Atziri lo sostenía entre sus brazos. 

    —Ya, gatito, pronto volverá. Ya lo sabes. Mira, mira…

    Atziri señaló un trueno que alumbró la tierra del campo como una linterna . De unas semanas para acá llovía tanto como si se exprimieran nubes preñadas. Muchos árboles resucitaron con el agua, pero el ruido de la tormeta inquietaba a Atziri. ‘Lluvia y espíritus, lluvia y espíritus’, repetía en su cabeza. Se encerraba en su recámara a dormir e invocaba el nombre de Itzae en sueños para que regresara sana y salva. 

    Aun así, una idea no dejaba de sucitar en su mente. Era parte de esa tendencia que tienen las personas imaginativas. Seguiría a don Fernando y a mamá Itzae sin que lo noten y averiguaría cuál era su secreto. Pero a Itzae no se le escapaba nada, mucho menos los deseos de su hija.

    —Qué fastidio que eres, Atziri. Vámonos.

    Partieron una noche de abril. La figura huesuda de don Fernando avanzó por una senda empedrada y Atziri e Itzae formaron una fila detrás de él. Se dirigían a la casa de la señora Hilda, quien vivía con sus dos hermanas menores, Juana y Antonia. 

    Atziri estaba temblando, con las sandalias sangrando lodo y los pies hechos callos. Aferraba la gorda cara de Miis hacia su estómago, acariciando sus orejas y bigotes para tranquilizarlo. El pobre no sabía ni por dónde esconderse.

    La cortina del cielo se hundió en una penumbra, y el viento se quejaba y soplaba con violencia, pero mamá Itzae no le tenía miedo a la oscuridad. Estaban decididos a traspasar los paisajes de naturaleza rota y caminos gusanientos, hogar de las criaturas ahorcadas que cuelgan de los árboles con espinas encarnadas en su piel marchita. 

    Poco o nada tenía sentido para Atziri, pero había elegido acompañarlos. Juana y Antonia estaban sentadas en el patio, jugando con una baraja española en la tierra. Parecía que el interior de la casa estaba vacía, pero al poco tiempo salió Hilda cargando una jaula de mimbre. Estaba toda vestida de negra, lo que resaltaba la gran piedra de plata que colgaba de su cuello.

    —¿Traes los útiles de trabajo? —preguntó mirando a mamá Itzae.

    Ella se limitó a asentir y retomaron el paso. Marchaban hacia el bosque Tsipil, que se encontraba del otro lado del riachuelo. Las hermanas, que andaban de glotonas, recogían y arrancaban todo tipo de hierbas en el camino. Fueron todo el rato cuchicheando, haciendo conjeturas:

    —Te apuesto a que es el conejo.

    —Te apuesto a que es el venado. 

    Los minutos se alargaban, pero Atziri sabía que faltarían muchos más metros de marcha. Sus pies perdían agilidad, tiritaban de frío y se paralizaban en los charcos de estiercol. Miis jugó a ser una figura de cartón y se quedó tiezo, con la cabeza apoyada en el pecho de Atziri. 

    Debieron ser cerca de las tres cuando llegaron a la arboleda. La corneta de aire soplaba las sombras en el pasto y conversaba con los árboles y sus frutos. Infló y soltó, apagando las velas que cargaba don Fernando, advirtiendo a Atziri.

    El impulso de voltear a sus espaldas le quemaba, pero siguió a su madre, tirando de su huípil. Se detuvieron en un sendero que se dividía en pequeños caminitos de piedra. Querían separarse, enfriar la curiosidad cada uno por su cuenta, pero Atziri la volvió a coger y apretó su mano. 

    —Mamá Itzae.

    —Atziri, tú busca el zorro rojo —dijo don Fernando a secas.

    Se diviedieron en tres bandos y Atziri se quedó sola. Miis se le repegaba en las piernas, alzando la barbilla en un ronroneo. 

    —No creas, si no fuera por ti, me estaría muriendo de miedo. 

    Atziri se puso abusada. Los animales no podían ocultar su esencia. Sabía que en cualquier momento la figura del zorro iba a brotar como un destello en la oscuridad del bosque. El sonido filoso de sus movimientos se escondía entre los arbustos, guiando a Atziri hacia su guarida. Miis se mantuvo a su lado, pintando el suelo con sus huellas. Aunque el señor Zorro no lo había invitado a su casa, pensó que lo perdonaría por compasión.

    Ahí estaba, entre una arboladura floreada. Oreja de ratón, chuchupate, dientes de león. Atziri los apartó todos y se metió entre la hierba. Se abalanzó sobre el animal y lo envolvió en una fina manta de algodón que estaba usando como rebozo. Ella no sabía lo que estaba haciendo, y el zorro podía adivinar sus pensamientos. Sus chillidos le arañaban la cabeza y picaban sus oídos, pero no podía soltarlo, don Fernando le había dado una orden. 

    La cacería se acabó en un relámpago. En menos de un minuto se juntaron los demás al sitio donde se encontraba Atziri con la jaula de mimbre y toda suerte de artilugios en mano. Hilda alzó su piedra hacia la luna, y como espejo, reflejó una luz celeste en las gotas que bañaban el césped. 

    —Arumatzin, protégenos en tu velo y guía su espíritu —murmuró. 

    Las tres hermanas le abrieron el hocico al zorro y llenaron su lengua de alfileres. El pelo se les pegaba como baba en las manos, con las uñas alambradas de mugre. Atziri había escuchado cómo se realizaban los rituales funerarios, pero era la primera vez en su vida que era testigo de uno. No lo soportó. 

    El cuerpo del zorro se retorcía con movimientos convulsivos, pero lo inmovilizaron hasta que sus patas se volvieron ramas quebradas. Mamá Itzae lo colocó boca abajo y con unas tijeras de cobre abrió su panza. El animal expulsó lentejuelas gaseosas, descubriendo sus jugos y entrañas. Revolvieron los húmedos tentáculos de la criatura hasta que sacaron un trozo de carne de su interior. Era una bebé. 

    Los ojos del animal se convirtieron en dos bolitas de vidrio y sus pestañas, como púas, se cerraron para jamás volver a abrirse. Su cuerpo un manto de sangre que se derramó en las manos de don Fernando. Lo colocaron a los pies de un árbol y bordaron su tumba con flores, piedrecitas y plumas. 

    Por unos segundos, ni un alma se atrevió a hacer ruido, hasta que el viento comenzó a sisear como el casbacel de una serpiente mientras se asomaban los primeros rayos del sol. Toda la belleza del pueblo iluminaba poco a poco, comenzando por las faldas de la montaña y sus caminos pedregosos de tierra, serpenteando por los campos de cultivo y sus venas de agua. 

    —¿Qué le sucederá al señor Zorro?

    —Él sólo era la piel que cubría a esta bebé. 

    Atziri dirigió su mirada al bulto amarillento que sostenía su madre.

    —¿Qué monstruosidad es esa?

    —No es un monstruo, Atziri. Es quien va a protegernos. La nueva jefa del pueblo, una nahual. 

    Autora: Irene Liberty

    Este relato participa en el Concurso literario de cuentos y leyendas del Mundo. Es una interpretación libre del autor.

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